Opinión

Esa niña no te va a llegar a los quince

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REFLEXIONES 2021
Esa niña no te va a llegar a los quince
Mtra. Emilia Vela González
Esa frase la escuchó mi madre en boca de una de sus más queridas comadres. Sentadas en la terraza tomando café observaban que yo, de seis años, jugaba beisbol o al menos trataba de hacerlo, con mis hermanos y vecinos, todos hombres, en el terreno baldío localizado frente a la casa.
En aquel entonces estaba muy lejos los quince, esa mágica edad, a la que cualquier niña le corría prisa por alcanzar. Era la representación simbólica de que la niñez quedaba atrás y te habías convertido en mujer. Cumplir los quince implicaba un permiso tácito para maquillarte, usar medias transparente, salir sola con las amigas y hasta tener novio.
En una época en la cual el honor familiar, seguía recayendo la integridad de las mujeres, era motivo de preocupación que alguna de ellas no llegara, con la pureza esperada, a la llamada edad de las ilusiones o de color rosa.
Pero regreso a aquella lejana infancia, poco antes de que la comadre mostrara su preocupación. En septiembre de 1958 poco antes de cumplir cinco años, había ingresado a primero de primaria en el colegio Tamaulipas de la colonia Rodríguez, tuve en suerte que mi primera maestra lo fuera la inolvidable Lilia Varela.
Al finalizar el año escolar, en 1959, a los padres de familia se les informó que los hijos de petroleros, como era mi caso, ingresaríamos a la recién construida escuela Artículo 123 Melchor Ocampo, localizada en la colonia petrolera. Ahí entré al segundo año con turnos de mañana y tarde. La escuela contaba con autobuses escolares para los que vivíamos lejos, el chofer que nos correspondía era Don Fidencio.
Cierta ocasión, y ya con 6 años, concluido el turno de la mañana, a Aída, una compañera y a mí se nos fue el autobús. Ambas vivíamos en la colonia Rodríguez, así que nos venimos caminando a nuestras casas, al cruzar, frente al edificio de Petróleos el ahora Boulevard Morelos, creo que entonces seguía siendo carretera Matamoros, viniendo por el que hoy conocemos como Lázaro Cárdenas, ella dio vuelta a la izquierda por el propio Boulevard y yo seguí derecho por la calle Monterrey, faltaban tres cuadras para mi casa a la cual llegué sin mayor problema.
Por la tarde, de regreso a clases, hubo cierto alboroto en el salón, ya que ahí andaba la mamá de Aída, asustada porque esta no había llegado a su casa. Después todo volvería a la normalidad, al parecer se había entretenido en una casa vecina.
Con el anterior precedente y la imagen observada, el comentario con el cual inicio estos recuerdos, surgieron habiendo concluido mi segundo año escolar. La comadre logró convencer a mamá, para que me metiera al Instituto Colón, escuela de monjas.
Al realizar los trámites para mi ingreso a esa escuela, la Sor que fungía como directora, convenció a mamá que yo estaba muy chica para tercero de primaria, ya que los 7 los cumpliría en noviembre, asegurándole que lo más conveniente era que cursara el segundo año nuevamente, así que en este grado fui inscrita.
No me fue muy bien ahí, el primer regaño lo tuve por la queja de una compañera, que al preguntarme que estaba haciendo, le contesté – Que te importa – , pero el que afectó mi sensibilidad fue el segundo. Tocaron para el recreo, yo abrí una puerta del portón que daba a la calle, creo que a la Escobedo, y me fui a una tiendita de la esquina a comprar tamarindos que vendían en unas bolsitas de papel, cuando regresé a la escuela, resulta que las alumnas estaban formadas con vista al portón, así que el regaño fue frente a todas.
Esa fue la gota que derramó el vaso, así que aprovechando un descuido me vine caminando desde el centro a la casa. Fue un largo trayecto, lo que más tengo presente que al caminar sobre la banqueta que daba al Canal Anzaldúas, sentía el aire muy fuerte y me atemorizaba el que me fuera caer, esa parte se me hizo interminable y después me encontraría con el susto de mi madre.
Así que para evitar más sobresaltos regresaría a la escuela que cursé el primer año, cercana a la casa, y lo haría en tercer grado.
Aunque de niña mi madre me decía que era una jacalera, y de joven mi padre se desesperaba por mi deseo de conocer lugares, a lo que yo le decía – Soy vaga, pero me porto bien-. Lo cierto es que llegué a los quince, los dupliqué, tripliqué y cuadrupliqué. Y con vivencias y recuerdos multiplicados.
Bendecido domingo.

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