REFLEXIONES
A Propósito de adultos mayores
Por Mtra. Emilia Vela González
El día último del año anterior, acudí a una fiesta de celebración de fin de año y bienvenida del 2025. Una persona que no conozco me vio en una foto tomada en esa ocasión y comentó a un amigo en común que se notaba que yo había llevado una buena vida. Entonces no supe cómo interpretar esa observación, ahora creo tener una mejor idea.
La convivencia del sábado anterior con los residentes de la casa del adulto mayor en Ciudad Victoria, con motivo de una actividad realizada por la Asociación de Mujeres Profesionistas de Ciudad Victoria, Amprovic AC. me llevó a reflexionar y valorar en mayor medida privilegios o bendiciones de los cuales disfruto. Familia de sangre y de corazón, así como salud o medios para atender cuando esta sufre altibajos.
La falta de familia o localización de esta, una salud deteriorada y escasos recursos económicos, parecen ser el común denominador de las personas que por su voluntad o causas ajenas a esta, dependen para su sobrevivencia de instituciones públicas.
Escucho, aunque admito que no siempre atiendo, las recomendaciones para tener una vejez saludable. Hacer ejercicio, lo realizo diariamente; socializar sin duda lo hago; aprender algo nuevo, siempre estoy aprendiendo, no precisamente a cocinar o tejer, pero mi afición a la lectura me proporciona nuevos y valiosos conocimientos, en lo que reconozco fallar es en lo que alimentación saludable se refiere.
A medida que transcurre el tiempo, la salud, que por muchos años la dimos por ello, adquiere una mayor importancia en nuestras prioridades, vamos advirtiendo como en la distribución de los gastos de los adultos mayores se canaliza un mayor porcentaje para mantenerla o recuperarla. Puede considerarse afortunada la persona que cuenta con los recursos necesarios para afrontarla o con la calidad de derechohabiente de instituciones públicas de salud, si bien las de nuestro país no pasan por el mejor momento.
En lo personal me preocupa el Alzheimer, a mi edad, mi madre, además de entrar y salir al hospital por afecciones de carácter físico, padecía este mal. En muchas ocasiones he comentado que escribo mis vivencias y leo para mantenerlo alejado de mi persona, pero he conocido algunas que lo padecen y que podíamos considerar intelectuales o estudiosas. Precisamente en mi convivencia del pasado sábado me encontré con alguien que conocí cuarenta años atrás y admiré por su inteligencia. Al preguntar a una enfermera sobre su estado, me confirmó sobre su mal, diciéndome – a veces nos pide que traigamos papel porque nos va dictar, y para que nos podamos retirar temprano.
Como persona sin hijos, no fueron pocas las ocasiones que escuché el comentario, que si no los tenía quien me iba cuidar cuando llegara a la vejez, pero si algo he podido comprobar con mis visitas a esta u otras casas hogar para adultos mayores, es que los hijos no constituyen una garantía de compañía o atención en esa etapa de la vida.
Si bien se tiene la calidad de adultos mayores a partir de los sesenta años, sorprende la diferente apariencia que pueden tener las personas que superan a esa edad. Su historia de vida es determinante; sufrimientos, vicios, excesos, pobreza y salud deteriorada, entre otros factores, suelen dejar su huella.
Es frecuente escuchar, particularmente en personas más jóvenes, que hay que envejecer con dignidad yo lo dije en su momento, pero no estoy segura de su significado. Cada persona responde a realidades, naturalezas y formas de ser distintas.
Pienso en la ironía de la vida, conozco personas mayores que conservan su vitalidad a pesar de haber atentado, de la más diversas formas posibles, contra su salud, y me duelen algunas cercanas a mis afectos, que no obstante su disciplinada vida sufren estragos en la propia. Cada día ruego a Dios por su sanidad.
Pero la vida, la vida no pide permiso.

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