OTRA MIRADA
El Grito de la primera presidenta: símbolos feministas y memoria de las heroínas
Por Rosa María Rodríguez Quintanilla
El 15 de septiembre de 2025 es una fecha que marcará un antes y un después en la historia de México. Por primera vez en más de dos siglos, una mujer presidenta encabezó el Grito de Independencia desde el balcón de Palacio Nacional.

El primer Grito de Claudia Sheinbaum Pardo estuvo cargado de símbolos que pusieron el foco en el papel de las mujeres en la historia. Portó un vestido predominantemente morado, color emblemático del feminismo, que simboliza la lucha por la igualdad. Fue acompañada por una escolta integrada únicamente por mujeres del Colegio Militar, un gesto de representación sin precedentes. A sus espaldas, el cuadro de Leona Vicario, la insurgente considerada “madre de la patria”, reforzaba el mensaje: las mujeres estuvieron, están y estarán en el centro de la historia de México.
La arenga presidencial también marcó un antes y un después. Sheinbaum gritó con fuerza los nombres de Josefa Ortiz Téllez-Girón —quien hasta ahora era mencionada casi siempre con el apellido de casada, como Josefa Ortiz de Domínguez—, Leona Vicario, Gertrudis Bocanegra y Manuela Molina “La Capitana”, junto a las heroínas anónimas y las mujeres indígenas que han sido sistemáticamente borradas de los relatos oficiales.

Ese gesto, aparentemente ceremonial, es profundamente político. Porque nombrar es reconocer, y reconocer es disputar el poder narrativo que durante siglos ha relegado a las mujeres de la historia. Durante demasiado tiempo, la Independencia se nos contó como epopeya masculina: curas, militares y caudillos. Las mujeres aparecían apenas como acompañantes, amantes o mártires silenciosas.
El grito de Sheinbaum se convirtió en un eco de esas voces acalladas. No fue un guiño superficial al feminismo: fue una corrección histórica. Y es también un recordatorio incómodo para quienes piensan que con la llegada de una mujer a la presidencia se resuelve automáticamente la deuda de género. No. Este es solo el inicio de un proceso más largo: desmontar los pactos de poder que aún excluyen a las mujeres de la política, la justicia, la economía y la vida pública.
Por eso, lo ocurrido en Palacio Nacional no debe leerse únicamente como un acto simbólico, sino como una oportunidad para reflexionar sobre la relación entre representación y transformación real. De nada sirve que una mujer grite los nombres de las heroínas si, al mismo tiempo, millones de mexicanas siguen cargando con la mayor responsabilidad del trabajo no remunerado de cuidado y tareas domésticas, enfrentando violencia feminicida, brechas salariales, y exclusión en la toma de decisiones.

El reto de Sheinbaum es mayúsculo: que su presidencia no se quede en la anécdota de “la primera”, sino que se traduzca en políticas públicas efectivas para garantizar la igualdad sustantiva, una sociedad de cuidados, y una vida libre de violencias.
La arenga presidencial por la libertad, la igualdad, la democracia y la justicia, principales demandas feministas, es verdaderamente esperanzadora de que este, no será un grito aislado sino la semilla para una transformación más profunda.
La noche del 15 de septiembre vimos ondear la bandera en manos de una mujer vestida de morado, rodeada de símbolos que reivindican la memoria de las heroínas. Ahora falta que esa bandera ondee también en los derechos, en las calles y en las oportunidades de millones de mexicanas. Ese será, quizá, el verdadero grito de independencia que aún está por darse.

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