OTRA MIRADA
El escrutinio al cuerpo femenino: violencia digital en tiempos de algoritmos
Por Rosa María Rodríguez Quintanilla
La nube digital volvió a exhibir una verdad incómoda: en la vida pública, el cuerpo de las mujeres sigue siendo territorio de vigilancia y castigo. El caso de la actriz y cantante Maite Perroni —convertido en tendencia por un video difundido en TikTok— revela hasta qué punto persiste la violencia contra las mujeres por su apariencia física, ahora amplificada por la velocidad del algoritmo y el desdén social que minimiza este tipo de agresiones como “opiniones”.
Lo que ocurrió con Maite Perroni no es excepcional; es estructural. Un fragmento de su participación en un congreso en El Salvador bastó para que su peso —y no su trabajo— se volviera tema de debate nacional. Una ola de comentarios misóginos saturó las redes, repitiendo el guion de siempre: cuestionar el cuerpo de una mujer que se atrevió a no cumplir el estereotipo de perfección posparto.
Más de 50 millones de visualizaciones del video, dan cuenta de la dimensión del problema. No es “chisme”. No es “entretenimiento”. Es violencia digital sostenida por el mismo sistema que exige belleza irreal, delgadez obligatoria y cuerpos disciplinados al gusto del público. Y cuando una mujer —famosa o no— se sale del guion, la sanción es inmediata.
La respuesta de Perroni —“Peso 72 kilos. Y eso que no me han visto cuando pesaba 94”— rompió con el silencio que esta violencia busca imponer. Su declaración no solo desactivó la narrativa de odio; también cuestionó la obsesión social por fisgonear, medir y calificar los cuerpos femeninos como si formara parte del derecho colectivo. No lo es.
Es necesario decirlo con claridad: el body shaming (humillación corporal) es violencia de género. Y en su forma digital, puede constituir una conducta sancionable conforme a la Ley Olimpia, que no se limita al contenido íntimo, sino que también aborda hostigamiento, cosificación y agresiones que afecten la dignidad de las mujeres en línea. Que una actriz considere esta vía jurídica abre un precedente importante para otras mujeres que enfrentan ataques similares sin tener reflectores para defenderse.
Pero sería ingenuo pensar que el problema se resuelve solo con denuncias. Las plataformas impulsan lo que genera reacciones viscerales; los medios replican sin filtros; y la audiencia, muchas veces sin reconocerlo, alimenta la maquinaria del escarnio digital con cada clic o comentario. Mientras tanto, seguimos normalizando que el cuerpo de una mujer sea un asunto de interés público.
Lo que está en juego no es el peso de Maite Perroni, sino la vigencia de un mandato patriarcal que dicta cómo deben verse las mujeres para ser aceptadas. Un mandato que atraviesa a todas, desde las que trabajan en los medios de comunicación hasta las que transitan el posparto en silencio, sin la presión de millones de miradas, pero con la misma exigencia cruel de “recuperar el cuerpo”.
Es hora de asumirlo: la violencia digital no es un fenómeno aislado, sino un espejo de nuestra cultura. Y mientras no cuestionemos esa cultura, seguiremos permitiendo que cada cuerpo femenino se convierta en una diana para la crítica, la burla o el juicio colectivo.
Perroni lo dijo con claridad: cada cuerpo tiene su historia.
La pregunta es si estaremos dispuestos, como sociedad, a dejar de convertir esa historia en un tribunal público.
Porque cuando el odio se vuelve tendencia, la dignidad se vuelve urgente.

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