Opinión

La deuda de México con las madres

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OTRA MIRADA

Por Rosa María Rodríguez Quintanilla

La deuda de México con las madres

Cada mayo México se llena de flores, festivales escolares, promociones y discursos sobre “la madre mexicana”. La describen fuerte, amorosa y capaz de darlo y soportarlo todo. Como si ser madre significara sacrificarse siempre y dejarse al final.

Pero detrás de esa imagen hay una realidad mucho más dura: en este país la maternidad sigue sosteniéndose sobre el cansancio, la culpa y el abandono institucional.

Los propios datos oficiales lo confirman.

De acuerdo con el INEGI, en México viven 54.9 millones de mujeres de 15 años y más, y 71.5 por ciento de ellas han sido madres. Es decir, más de siete de cada 10 mujeres han atravesado la experiencia de criar, cuidar y sostener a una familia en un país donde las responsabilidades siguen recayendo principalmente sobre ellas.

A las mujeres no les falta amor por sus hijos. Lo que les falta es tiempo, dinero, descanso y seguridad. Les faltan redes de apoyo y políticas públicas que entiendan que cuidar también es trabajo.

Durante años nos enseñaron a admirar a la mamá que “se quita el pan de la boca” por sus hijos, pero casi nunca preguntamos por qué una mujer tendría que elegir entre comer ella o alimentar a su familia. Nos acostumbramos a ver el sacrificio femenino como algo normal.

La madre que no duerme.

La madre que trabaja doble jornada.

La madre que cría sola.

La madre que vende en la calle con sus hijos a cuestas.

La madre que busca desaparecidos.

La madre que soporta violencia porque depende económicamente de alguien más.

Esa realidad es resultado de un sistema que sigue colocando casi toda la carga de los cuidados sobre las mujeres.

Y mientras tanto, todavía escuchamos frases como “el papá ayuda”. No. Los padres no ayudan: también son responsables de criar, cuidar, limpiar, acompañar y sostener emocionalmente a sus hijos.

Ante este problema social, la corresponsabilidad es una necesidad urgente.

Los datos del INEGI muestran que millones de madres viven atrapadas entre el empleo y el trabajo doméstico. Más de 61 por ciento de las mujeres de entre 35 y 44 años participan en actividades económicas, pero además realizan la mayor parte de las tareas de cuidado dentro del hogar.

Las madres mexicanas dedican en promedio 20.5 horas semanales a los quehaceres domésticos y otras 17.3 horas al cuidado de niñas, niños, personas enfermas, adultas mayores o con discapacidad. Son casi 38 horas semanales de trabajo no remunerado: prácticamente otra jornada laboral completa que no se paga, no se reconoce y pocas veces se comparte.

Miles de mujeres abandonan sus estudios o empleos por falta de guarderías accesibles. Otras sobreviven en la informalidad porque ningún trabajo formal se adapta a las exigencias del cuidado. Muchas enfrentan discriminación laboral por embarazarse.

La economía y la vida cotidiana del país se sostienen gracias a millones de mujeres que cuidan.

Sin embargo, el cuidado todavía no ocupa un lugar central en las políticas públicas. Los gobiernos hablan de las madres como símbolo sentimental, pero pocas veces impulsan un Sistema Nacional de Cuidados sólido, presupuesto suficiente para estancias infantiles, licencias de paternidad dignas o políticas laborales que permitan criar sin empobrecerse.

La desigualdad también se refleja en el ingreso. Según el INEGI, casi la mitad de las madres ocupadas gana apenas hasta un salario mínimo mensual y solo 2.2 por ciento recibe más de tres salarios mínimos. Es decir, millones de mujeres sostienen hogares completos con ingresos insuficientes mientras asumen además la mayor parte del trabajo doméstico y emocional.

Celebrar a las madres un domingo mientras se les abandona el resto del año es una forma elegante de hipocresía social.

La maternidad no tendría que vivirse desde el agotamiento permanente. Las mujeres tienen derecho a criar sin sentirse solas, sin perder su salud mental y sin cargar con toda la responsabilidad de la familia.

Y aquí es donde el tema deja de ser sentimental y se vuelve político.

México necesita un verdadero Sistema Nacional de Cuidados que garantice más guarderías públicas, accesibles y de calidad. Pero ese esfuerzo no puede recaer únicamente en el gobierno federal. Deben involucrarse los gobiernos estatales y municipales, así como los generadores de empleo, para construir políticas laborales más humanas y compatibles con la crianza y el cuidado.

Se necesitan horarios laborales más flexibles para madres y padres, licencias de paternidad más amplias y obligatorias, así como políticas que permitan equilibrar trabajo y familia sin castigar económicamente a las mujeres.

También es urgente fortalecer programas de apoyo para madres solteras, ampliar el acceso a salud mental y garantizar empleos dignos para quienes realizan labores de cuidado.

Pero no todo depende del gobierno. Las familias también tienen que cambiar.

Es momento de dejar de educar a los hombres como espectadores de la crianza. Los hijos deben crecer viendo a los padres cocinar, limpiar, cuidar y hacerse responsables emocionalmente de su familia. La corresponsabilidad no se aprende en los discursos; se aprende en casa.

Las madres no necesitan más homenajes llenos de romanticismo. Necesitan apoyo real, tiempo para descansar, seguridad económica y familias que compartan las responsabilidades.

Esta es la deuda de México con las madres.

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