Luz Del Carmen Parra

Luz Del Carmen Parraoctubre 19, 2020
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6min0

 

MIRADA DE MUJER

Por Luz del Carmen Parra

Control de daños

 

Una de las mejores etapas de mi vida fue durante la prepa. Ahí encontré mis mejores amigos y tuve la oportunidad de conocer mi liderazgo al asumir la responsabilidad de organizar, con todo lo que ello implicaba, la fiesta de graduación. Una experiencia que marcó mi vida.

Pude conformar un equipo de trabajo increíble. Tenía el respaldo de todos los estudiantes que integrábamos esa generación. Fuimos haciendo equipos de trabajo de alumnos de los tres grupos de graduados, siguiendo un plan elaborado independiente de la asesoría de los maestros e incluso de la dirección misma de la escuela, que se limitó a cumplir con lo estrictamente legal. Nosotros contratamos el lugar donde sería el evento, decidimos que grupos musicales amenizarían la noche, cuántas horas y que orden. Qué tipo de bebidas se venderían, cuántas mesas entregaríamos a cada alumno y si habría derecho de admisión para más invitados. Cuidamos todos los detalles y por supuesto, si había ganancias, serían exclusivamente para nosotros.

Como en el grupo ya había referencias de mis habilidades en la oratoria, se decidió que fuera yo la que dirigiera el mensaje de despedida de la generación. Recuerdo que me esforcé por hacer un discurso muy emotivo, donde exponía mi deseo de que se nos permitiera volar a quienes teníamos aspiraciones de continuar nuestros estudios, que no nos cortaran las alas, obviamente dirigiéndome hacia nuestros padres. Después de que finalmente quedé satisfecha con lo que había escrito, dediqué varias horas, a memorizarlo. Decididamente tenía que grabarlo.

Me sentía realmente soñada. Andaba pisando entre nubes. No me cansaba para nada. Entraba y salía. Iba y venía, tomando decisiones y coordinando todos los esfuerzos de tantos jóvenes, que intentábamos demostrar a los adultos, que podíamos hacer bien las cosas, aun cuando las hiciéramos a nuestra manera.

Cuando llegó el día, le pedí a una de mis hermanas que me apoyara con la grabación. Fue una experiencia sensacional. Impactante el silencio, en tanto los asistentes escuchaban una a una las frases de mi discurso. El aplauso no se hizo esperar, junto con las felicitaciones de mis compañeros, maestros y padres de familia.

Todo era como algo mágico. No tengo palabras realmente para describirles como me sentía. Apenas tuve la oportunidad, corrí a buscar a la responsable de la grabación para que me dijera cómo había salido todo. Llegué hasta ella con la interrogante en mis ojos y antes de formular la pregunta, con voz firme, sin mediar una disculpa, ni mucho menos un lo lamento”, me dijo: No hay grabación. La grabadora falló. No se grabó”. Recuerdo que de inmediato se me salieron las lágrimas y empecé a hacerle reproches. La grabadora falló, eso es todo. No hay nada que hacer. Métetelo en la cabeza. No se puede volver el tiempo. No hay grabación. Acéptalo». No más palabras.

No sé cuánto tiempo tardé en asimilar lo sucedido, pero al paso de los años he agradecido ese aprendizaje. A veces los momentos dolorosos nos enseñan más que los éxitos que vamos recogiendo en el camino. Entre otras cosas, aprendí que hay que aceptar que a veces, aunque uno planeé todos los detalles, existe la posibilidad de que algo salga de control. Que aun cuando preparamos todo con sumo cuidado, el riesgo de que se presenten complicaciones, siempre está presente.

No podemos renegar de la parte humana que está con nosotros. Aquí la buena voluntad no basta. Esa es la realidad a la que nos enfrentamos todos los días. Es necesario desarrollar la habilidad para buscar un control de daños. Encontrar las fuerzas necesarias para superar la frustración, y aceptar lo sucedido tratando de encontrarle sentido, para asumirlo como un aprendizaje, sin bloquearnos, ni renunciar.

Hace apenas unos días abrí una página en blanco y empecé a narrar los relatos para darle forma a una de mis columnas. Cuando estaba haciendo las últimas correcciones, intenté copiar el texto para pasarlo directo a mi whats, me distraje un momento y cuando lo quise hacer el proceso no se completó y se borró el archivo. Volví a ver ante mis ojos la página en blanco. No me pregunten qué sucedió, pero lo cierto es que no pude recuperarlo. Habría que rehacerlo.

Lloré. Golpee la mesa. Entré y salí no sé cuántas veces de mi oficina. Recordé: No hay nada qué hacer. Métetelo en la cabeza. No se puede volver el tiempo. Acéptalo”, respiré hondo reiteradamente y empecé de nuevo. Hoy sigo escribiendo, sabiendo que la fuente de la inspiración sigue viva.

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Luz Del Carmen Parraoctubre 16, 2020
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MIRADA DE MUJER

Luz del Carmen Parra

Soñar el futuro

 

Octubre sin duda es uno de los meses que más disfruto. No sé a qué se deba, pero estas noches llenas de luna me invitan desde siempre a la espiritualidad, a la reflexión. Esas preguntas que surgieron en mis primeros años de adolescente, quién soy, que quiero, que busco, a donde voy, vuelven al tintero en forma retadora, ahora a mis sesenta y tantos.

Recuerdo que esos cuestionamientos me ayudaron a construir una ruta en mi vida. A planear lo que necesitaba hacer para llegar a alcanzar lo que visualizaba en mis años por venir. Era muy perseverante cuando me proponía algo. Tenía mi plan número uno, y si no resultaba, ponía en marcha el plan número dos y, si por cualquier cosa fallaba, podía ejecutar mi plan de emergencia.

Eso me permitía mantenerme concentrada en mis objetivos. Sabía que me podría encontrar obstáculos en el camino y me preparaba para enfrentarlos. Visualizaba varias alternativas de solución y hacía todo lo que estaba a mi alcance porque sucediera. No me gustaba la idea de verme envejecida a los 20 años con un matrimonio a cuestas y la responsabilidad de varios hijos, a tan temprana edad.

Así empecé a soñar, a visualizarme como una joven universitaria recorriendo los espacios maravillosos de la Universidad Nacional Autónoma de México. Pasaba muchas horas rodeada de libros y escuchando música. Me gustaba ver sobre la pared mi colección de postales, como si fuera un mural. Invitadoras, estimulaban mi imaginación. Múltiples paisajes de la Ciudad de México me esperaban. Poco a poco fueron incorporándose en mi mente y construyendo un futuro que me llamaba a vivirlo a mi manera. A descubrir un mundo diferente.

Podía, si me lo proponía, alcanzar nuevos horizontes y darle sentido a mi vida. Sentía una necesidad de trascender, de conocer otras formas de pensar. Algo me motivaba a buscar más allá de los límites de las montañas que rodeaban mi entorno. Un impulso que me llenaba de ilusión y entusiasmo, que hacía que todo pareciera más fácil.

Siempre he agradecido a Dios, que antes de tocar una puerta, tuviera enfrente varias abiertas esperando decidir por cual entrar. Un abanico de oportunidades, retándome a aprovecharlas, a no dejarlas pasar. Sabía a donde quería llegar. Tenía muy claro que, si perseveraba, lo podía lograr. Resolviendo, siempre resolviendo en su momento, lo que se presentara y manteniéndome firme, paso a paso.

Cada mañana cuando llevaba mis hijos al colegio, escuchaba en un programa de radio, una frase que me confirmaba la importancia de construir un plan de vida, y si es a temprana edad, mucho mejor. Con voz firme el locutor cerraba diciendo: Cuando un hombre no sabe a dónde va, termina por estar, donde no quiere”, y reflexionaba en mi propia experiencia, dándole toda la razón.

Hoy, muchos jóvenes se enfrentan a la encrucijada de no saber qué hacer, que profesión elegir, cómo decidir qué camino tomar en su vida. Muchos distractores han impedido una sana reflexión sobre sí mismos. No saben quiénes son, desconocen con qué habilidades cuentan, no identifican sus fortalezas para aprovecharlas. En qué son buenos.

Se deslumbran por las promesas de un mercado laboral tan cambiante como el clima en la ciudad de México. La infinidad de ofertas de carreras profesionales, mas que orientarlos, la verdad, creo que acaban por confundirlos. Se preguntan, en que profesión tendrán mayores ingresos, realizando el menor esfuerzo, sin cuestionarse realmente que quieren hacer en su vida, que tipo de destrezas poseen, que tareas les permiten desarrollar su creatividad y sentirse realizados, satisfechos, útiles, y que, a la vez, les provea lo necesario, para alcanzar el nivel de vida que desean.

Creo que lo básico para elegir, es saber que quieren, con qué recursos personales cuentan y hacer un plan para conseguirlo. Concentrar sus esfuerzos en ello. Si no saben que buscan, cómo van a encontrarlo. Hacia donde se dirigen, sino saben hacia dónde van. La respuesta no está afuera, en las alternativas que se ofrecen para todos. Es necesario buscar dentro de cada uno, que se le acomoda, qué es lo que cumple con sus expectativas. Son ellos los que tomarán del mundo lo que necesitan para explotar sus propias habilidades. No ellos, los que deberán adaptarse a las necesidades del mundo.

Yo sigo cuestionándome que sigue en esta nueva etapa de mi vida. No quiero terminar adaptándome a las circunstancias que limitan mi edad. Quiero mantener el control de mis proyectos. Quiero seguir soñando el futuro, como cuando tenía 17.

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Luz Del Carmen Parraoctubre 15, 2020
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MIRADA DE MUJER 

Luz del Carmen Parra

Porque lo digo yo

 

El ser madres nos obliga a atender un sinfín de oficios y profesiones, de igual manera somos cocineras que enfermeras, psicólogas o choferes; algunos nos surgen espontáneos, otros los hacemos por intuición, por instinto, porque desgraciadamente en esto de ser padres no hay nadie que nos instruya.

Si me preguntan cuál fue la parte que me costó más trabajo aprender, yo les diría que lo referente a ser autoridad. Siempre fui rebelde, desde niña cuestioné en su momento, las maneras de ejercer la autoridad en casa y más tarde en la organización social. Nunca me convenció eso de que “haces esto porque lo digo yo”, y “tienes que hacerlo como yo te digo”. Amaba sentirme libre. Tener la opción de decidir. De pensar en las alternativas para hacer lo que se me pedía, después de razonar desde mi punto de vista, si era o no conveniente hacerlo y hacerlo de la forma en que se me exigía, sobre todo si veía que el resultado podría mejorarse.

Tal vez lo que más cuestionaba era que se me quisiera sujetar irrestrictamente a la voluntad del que daba una orden, más cuando aseguraba que “las órdenes se acatan, no se discuten”, anulando cualquier posibilidad de diálogo y negociación que me permitiera expresar mis puntos de vista. Creo que, como todo, también el ejercer la autoridad ha ido evolucionando, como resultado del cambio en la mentalidad de la juventud. Incluso se habla de que ahora la autoridad la ejercen los hijos sobre los padres.

Recuerdo un libro que me impresionó mucho: “Padres obedientes, hijos tira-nos” de Evelyn Prado De Amaya, donde narra como se pasó al extremo de dejar atrás la experiencia de haber sido educados de forma estricta, castrante, a buscar ser amigos de los hijos, dándoles una educación permisible, donde los progenitores pasaron a estar al servicio de sus vástagos, quienes se caracterizan como individuos apáticos, egoístas, exigentes, representantes de una gene-ración del mínimo esfuerzo, que no aceptan imposiciones, acostumbrados a que tienen el mundo a un “click”.

¿Cómo encontrar el equilibrio en estas dos posturas? Yo recuerdo que siempre tuve presente que estaba formando un adulto y que le debía enseñar a responder como tal ante cualquier problema, por pequeñito que fuera, no quería pre-pararlos para obedecer ciegamente, sino que intentaran encontrar alternativas por iniciativa propia, que tomaran parte de la solución. Dialogando y motivando, nunca imponiendo o limitando sus respuestas. Si les daba una orden y la cuestionaban, les decía ok, hazlo como quieras, pero hazlo.

Sin duda esa imagen de autoridad que aprendemos de niños nos acompaña por el resto de nuestra vida y hoy me sigo cuestionando, ¿Hasta dónde real-mente las órdenes se acatan y no se discuten, se asumen y se realizan? ¿Cómo evitar formar hombres y mujeres carentes de iniciativa propia que no saben qué hacer, ni cómo hacerlo, sino reciben instrucciones precisas? ¿En qué momento perdemos el control de nuestra voluntad y cedemos a los caprichos de quien ejerce poder, que no la autoridad, para ganarnos su aprobación?

Es necesario desarrollar nuestro sentido común, nuestros juicios de valor y cuestionar los objetivos de la autoridad. Analizar detenidamente, cual es el fin que vamos apoyar, en que vamos a encauzar nuestros esfuerzos, y si estamos de acuerdo con la meta que buscamos alcanzar. Seguir las reglas ciegamente de quien ejerce poder con la intención de controlar y someter, sin cuestionar las implicaciones que conllevan, sin asumir responsabilidades solo porque se nos ordena, anula nuestra capacidad de discernimiento. Es la manifestación de nuestra rendición total. Nos ponemos en condición de sobrevivencia.

Pero no se vale quedarnos solo en el cuestionamiento, en el no estar de acuerdo sin fundamento, en rebelarnos solo por llevar la contraria. Seamos activos y propositivos. Si rompemos la rutina de aceptar sin conceder y terminar haciendo por hacer, aportamos lo mejor de nosotros como alternativas de so-lución. Aprendemos a desarrollar habilidades de negociación y a pedir sin exigir. Si continuamos aceptando sumisos las instrucciones y respondemos como autómatas a una programación computarizada, perderemos la capacidad de razonar, y de transformar nuestro entorno.

No cabe duda que la autoridad se gana con respeto y empatía, cuando la búsqueda de propósitos suma voluntades; implica liderazgo y capacidad para desarrollar talentos, e influir en los demás para motivarlos a trabajar en equipo, sin imponer la voluntad de uno sobre los otros, de otra manera no es más que el sometimiento total, la deshumanización de las personas ante quien ejerce el poder, que no la autoridad.

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Luz Del Carmen Parraoctubre 12, 2020
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MIRADA DE MUJER

Luz del Carmen Parra

Mis tres alcancías

 

Alguna vez en la Ciudad de México, recuerdo haber asistido con mis hijos, a una función de circo, donde lo que más me impresionó fue el momento en que los trapecistas voladores quitaron la malla de protección y realizaron malabares entre ellos, con tanta agilidad y coordinación, que no se hizo esperar el aplauso.

¿Cuántas horas de entrenamiento y preparación, habrán sido necesarias, para que un trapecista volador adquiriera la agilidad, la destreza y el valor de lanzarse desde las alturas de un columpio a otro, sin tener una red protectora que lo recibiera, en caso de perder la sincronización en el movimiento?

De pronto me imaginé su primera vez, enfrentando los miedos y todas las limitaciones propias de su novatez. Seguramente la altura debía ser apenas de unos metros y por supuesto con la protección de una malla reforzada porque su caída sería inevitable. Poco a poco desafiaría el pánico a las alturas, y encontraría la fuerza en sus brazos y el equilibrio en sus piernas. El poder de su concentración y la buena coordinación en el equipo, también debió requerir de esfuerzo y entrenamiento duro. ¿En qué momento aprendería a confiar en sus compañeros y a responsabilizarse de su propia perfección sabiendo que de ella dependería el éxito de todos?

Labor importantísima sin lugar a dudas, el de su entrenador, ese que no se vió, que no dió la cara, que no se nombró, que no pudimos identificar. Todo su trabajo, espléndido, bellamente realizado. El cuidado y supervisión de los mínimos movimientos y su exacta sincronización, como resultado de la disciplina y de las intensas jornadas de entrenamiento, quedó en el anonimato, discreto, sin recibir el reconocimiento del público que emocionado aplaudió sin parar.

Ese ha sido mi papel como madre. Me he asumido como responsable del entrenamiento y capacitación de mis hijos, respetando siempre su individualidad. Nunca he intentado imponer mi voluntad o siquiera sugerirles mis sueños juveniles que se quedaron en el tintero de mi vida. Fui custodia de su inocencia y me propuse hacer todo lo necesario para estimular sus habilidades, para que descubrieran sus puntos débiles, para acompañar sus intentos por fortalecer su carácter, convirtiéndome en motivadora de su espíritu de lucha, en apoyadora de sus afanes por encontrarse a sí mismos, estimuladora en sus desafíos y aplaudidora de sus conquistas.

Los recibí limpios, sin malicia, ni malos sentimientos. Fueron como una alcancía vacía, listos para recibir día a día, minuto a minuto, lo que estuve dispuesta a depositar en ellos. De mi aprendieron a amar la vida o a sentirse desdichados; aporté ideales y valores con mi hacer cotidiano, porque más allá de mis palabras, observaron mi ejemplo, o mamaron de mis errores, condenándolos a repetir historias que nunca parecen superadas.

Sin lugar a dudas soy y me reconozco como la entrenadora de mis hijos. Fue mi responsabilidad aportarles no solo lo necesario para su subsistencia, sino también el soporte emocional para que pudieran llegar a ser personas exitosas, felices. Estoy consciente que mis hijos son el resultado de nuestra convivencia cotidiana. Si fui capaz de establecer con cada uno de ellos una relación de confianza y amor, estoy segura que eso perdurará por siempre.

A veces me duele entender que algunos de sus errores y debilidades, han sido provocados por mi falta de apoyo y orientación oportuna; por distintas causas estuve ajena y distante en el momento exacto en que me requirieron. Por eso hice mía, una frase que escuché decir en una reunión de amigos: A los hijos, se les apoya una vez, otra vez, otra vez y siempre”, reconociendo que, si algo no está bien, he contribuido en mucho a ello. Seguiré este consejo en tanto lo necesiten, como un entrenamiento de vida. Llegará el día en que, segura estoy, lo harán solos y con éxito. No tengo prisa. Estoy viviendo mi proyecto más acabado, terminando de pulir los detalles más finos, deteniéndome a ver como mi obra de arte, toma vida propia.

He disfrutado mucho verlos alzar su vuelo, cada uno en la dirección deseada buscando horizontes soñados, algunos desde su infancia. Estoy presta a recibirlos si se caen, ya no como un colchón mullido, sino como una red firme que los impulse, y añoraré tal vez sus lágrimas y sentirme necesitada, pero me llenará de orgullo y satisfacción el saber que, si ya no regresan, es porque ya pueden hacerlo solos. Los veré volar lejos, y en silencio, para mis adentros diré: Misión Cumplida.

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Luz Del Carmen Parraoctubre 8, 2020
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MIRADA DE MUJER

Por Luz del Carmen Parra

Aprender haciendo

 

Recuerdo que en la educación Montessori el uso de las manos es el eje central de su método de enseñanza. María Montessori, su creadora, creía que los niños pequeños aprenden “haciendo” y llamó a las manos «instrumentos de la inteligencia”. Aprender tocando, introyectando las imágenes y el conocimiento a través de la estimulación del cerebro mediante la activación de los sentidos. Mi memoria recupera escenas inolvidables de mis hijos concentrados, recorriendo con sus deditos las letras, las formas, los animales, disfrutando al sentir las diferentes texturas que contenían los materiales, que les permitían acercarse día a día al saber.

Todos sus sentidos conducían hasta su cerebro la información de cada lección aprendida. Si eran frutas, las olían, e identificaban sus sabores; si eran ritmos y tonos, los escuchaban, los bailaban, los cantaban, si eran los colores aprendían a diferenciarlos, dándoles vida a las imágenes de los cuadernillos para colorear, si eran plantas acudían al jardín a verlas, tocarlas y olfatearlas, pero sobre todo a sentir y a respirar el aire libre y a jugar con sus compañeros en contacto con la naturaleza. Recuerdo cómo se hacían responsables de alimentar a los pececitos o de cuidar a los cotorritos que se rotaban llevándolos de visita a casa. Así nació en ellos el amor por los animales y el respeto por el medio ambiente.

Participaban activamente en el proceso enseñanza-aprendizaje. No estaba en su rutina memorizar, salvo alguna canción o poesía que, motivados por sus maestras, repetían incansablemente como parte de su acercamiento a las bellas artes o, de algún festival en puerta. Todo era sensorial. Absorbían como esponjitas todo lo que había en su entorno.

El juego, era parte de su aprendizaje. La plastilina, potencial representante de su imaginación y de su creatividad. Principal elemento de equilibrio y armonía emocional. No había estrés en sus rostros, ni prisa en sus manos, ni gritos o pleitos en el ambiente. Cada uno decidía al llegar a clase, en que área del conocimiento quería trabajar, acorde a sus emociones y a sus sentimientos, de ahí que su desarrollo alcanzara un alto rendimiento escolar. Cada uno a su paso, cada uno disfrutando el hacer, viviendo su momento.

Muchos aprendizajes quedaron en ellos aparte de los requeridos en su educación formal, y hoy sin lugar a dudas contribuyen en su personalidad. Aprendieron a decidir desde pequeños, a esforzarse por hacer bien las cosas, a ser perseverantes y a no rendirse, hasta ver un resultado que les satisface. A empezar y terminar. A desarrollar su imaginación y su creatividad. A no conformarse con lo que sea, a elegir y a luchar por alcanzar lo que a ellos les satisface hacer y les permite expresarse, a dar lo mejor de sí. Desarrollaron su sensibilidad para reconocerse como parte de la naturaleza y la urgente necesidad de cuidarla; a proteger la vida de los animales.

Pero sin lugar a dudas lo más trascendente es que aprendieron a hacer con sus manos y su imaginación. Conocieron el potencial de su creatividad. Su capacidad de expresarse a través de su trabajo y a valorar el producto de él. Según el estudio del Dr. Penfield, más de la mitad de toda la corteza motora primaria se encarga del control de las manos, lo cual viene a explicar la mayor importancia para nuestro cerebro, de las funciones que desempeñan nuestras manos y la necesidad de que los niños, en sus primeras etapas de su educación, aprendan a utilizarlas.

Sabemos que en estos momentos los medios utilizados para cumplir con los programas educativos, se ven limitados a los aparatos televisivos y los pequeños obligados a permanecer pasivos en un intento de asimilar información. Estamos conscientes del papel tan importante que desempeñan los padres de familia y el esfuerzo mayor que les representan las restricciones impuestas a la convivencia de los niños, que impide regresarlos a las escuelas.

La permanencia de los pequeños en casa hace necesario que los padres creen sus materiales de trabajo con lo que tienen a su alcance. Que los mantengan ocupados haciendo con sus manos. Jugando plastilina, recortando, pegando, coloreando y apoyando las labores del hogar, según su edad. Haciendo que su educación sea un proceso participativo que los ayude a desarrollar su imaginación y su creatividad. Creo que es necesario tomar conciencia de la necesidad de conectar a nuestros hijos con el conocimiento empírico, de permitirles acercarse a experimentar haciendo, con los materiales naturales que se tengan al alcance, pero desarrollándoles todas sus capacidades, no solo preparándolos para recibir instrucciones y obedecer.

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Luz Del Carmen Parraoctubre 6, 2020
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MIRADA DE MUJER 

Por Luz del Carmen Parra

¿Qué hacemos con los niños y los ancianos?

 

La verdad no tengo ni idea de cómo fue que llegamos hasta aquí. ¿En qué mo-mento hemos perdido los valores que sustentaron la convivencia familiar, como pilar fundamental de la conservación de la especie humana? Cada día se hacen más frecuentes en mis reflexiones las imágenes del abandono y el des-cuido de niños y ancianos, observando a las nuevas generaciones cuestionarse donde ubicarlos. Es evidente que no saben qué hacer con ellos. No encuentran el espacio adecuado donde colocarlos en su vida productiva. De repente no tie-nen tiempo, ni suficientes recursos para atenderlos y muchos prefieren evitar-los.

Me duelen. Me cuestionan. Me rebelan los niveles de indiferencia que ha al-canzado en medio de una sociedad materialista, dominada por el consumo y la superficialidad, el desamparo del ser humano en su primera y última etapa de su vida. Aunque no quiero incorporarlos a mi universo, me doy cuenta que esa pesadilla forma parte de la realidad cotidiana que estamos viviendo los seres humanos en pleno siglo XXI.

Las nuevas generaciones enfrentadas y confrontadas, sin saber qué hacer ante la imposibilidad de cuidar, de proteger, de atender las necesidades urgentes de seres vulnerables que reclaman, no por voluntad, sino por indefensión, la cari-dad de todos nosotros.

Ahora las parejas se cuestionan si tienen hijos o no, ante la imposibilidad de formar un hogar que ofrezca las condiciones mínimas de subsistencia, a pesar de dedicar la mayor parte del día a una jornada laboral que rebasa los límites humanos por parte de ambos cónyuges. Apenas queda tiempo para mal comer y mal dormir. Están conscientes de la imposibilidad de brindarles a sus hijos lo que ellos desean. Hay quienes deciden mejor no tenerlos, renunciando a lo más sagrado que nos puede dar la vida.

Y qué decir de los ancianos que han dejado atrás la posibilidad de valerse por sí mismos, donde la gran mayoría no cuenta con ingresos propios ni con una pen-sión digna, en momentos en que los hijos se enfrentan con la necesidad de dar el cien y el extra para atender las urgentes necesidades de su familia. ¿Cómo hacer para atender también a sus padres? ¿Cómo cuidar de sus enfermedades

cuando necesitan cumplir a veces no con una, sino con dos jornadas laborales diarias, para proveer el sustento familiar?

Las guarderías y los asilos se han puesto de moda como una opción para dejar a buen resguardo a niños y ancianos mientras quienes están en su edad pro-ductiva dedican su vida por completo a buscar el sustento de la familia, aisla-dos de sus emociones, de sus más nobles sentimientos, sumidos en el afán de cumplir con las exigencias de un trabajo que asegure sus ingresos y que agota sus fuerzas físicas y mentales debido al nivel de estrés a que son sometidos.

Dicen los que saben de psicología infantil que ahora los pequeños de apenas unos meses de nacidos, que son llevados a las guarderías o estancias infantiles a deshoras de la mañana, cuando deberían continuar con su sueño, ya presen-tan manifestaciones de ansiedad, que les falta un soporte emocional que los haga sentir amados, protegidos, seguros, con graves consecuencias en su vida adulta.

Por otra parte, también hay quienes aseguran que los ancianos que son sepa-rados de su familia, de sus espacios, de sus amistades y son incorporados a grupos de personas adultas en los asilos, sufren de depresión, de soledad, deri-vadas del abandono que, en el transcurrir de los días, se da de parte de sus fa-miliares que poco a poco delegan su cuidado, en el personal que los atiende. La tristeza y la añoranza en muchas ocasiones, acortan su vida.

Lo que está en juego es el relevo generacional. El distanciamiento emocional y la negación de las necesidades humanas. ¿Quién se hará cargo de las nuevas generaciones o también de las que pronto empezarán a envejecer, cuando el ritmo laboral impuesto por una sociedad consumista acaba con la familia, cuando no se han construido lazos de amor, de solidaridad, de pertenencia?

Como evitaremos caer en un sin sentido que nos haga perder la alegría de vivir, que nos impida descubrirnos como seres humanos sensibles, capaces de dar y recibir amor más allá de convertirnos en robots carentes de sentimientos, am-biciosos y desconectados de nuestras propias necesidades emocionales.

De verdad me duele aceptar que el futuro sea tan vacío. Si el ser humano ha trascendido, la familia ha sido el pilar que ha sostenido su caminar. Deseo de corazón que las nuevas generaciones reencuentren su esencia humanista y nunca renieguen de ella.

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Luz Del Carmen Parraoctubre 4, 2020
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MIRADA DE MUJER

Por Luz del Carmen Parra

Gracias, gracias, gracias

 

Del ejemplo de mis padres aprendí el valor de ser agradecida. De reconocerme con humildad como depositaria de tantas y tantas bendiciones. De entender que no soy un ser totalmente independiente ni autosuficiente, sino que soy el resultado de la manifestación constante de la presencia de Dios en mi vida, de la relación continua de familiares y amigos que me brindaron el soporte emocional de su compañía y dieron sentido al despertar de cada día.

Desde muy pequeña aprendí a decir gracias, como una regla familiar y social de cortesía y sana convivencia, como una forma de aprender a corresponder a una muestra de solidaridad, de ser recíproca. Mas allá de un gesto de buena educación, ser agradecida me hace volver los ojos a todo lo que soy y a todo lo que tengo, más que centrar mi atención en lo que me hace falta, en lo que deseo. Es volver al origen y descubrir todo lo andado.

Agradezco profundamente a todos los que han contribuido a lo largo de mis años a hacer de mi lo que soy. A mis padres, mis maestros, mis amigos, a todos aquellos que se cruzaron en mi camino y me tendieron la mano o me dieron un consejo; agradezco infinitamente su compañía, su tiempo, su sensibilidad para intentar estar conmigo en esos momentos difíciles que formaron mi carácter.

Agradezco infinitamente mi salud, mi familia, mi alimento, mi techo y cada una de las cosas que poseo para mi goce. Eso me hace volver los ojos a quienes desgraciadamente enfrentan enfermedades o discapacidades que han hecho doblemente mas difícil su vida. A quienes han perdido sus padres, sus hijos o a un ser querido; a quienes vagan por la calle en busca de un pedazo de pan o un espacio para dormir. Valoro infinitamente el calor y la seguridad de mi hogar, y lo agradezco desde lo más profundo de mi ser.

Agradezco la luz de mis ojos y que mis oídos puedan escuchar el sonido de la voz de mis hijos. El poder disfrutar de un helado de pistache y la hermosa sensación de la llegada de un frente frío después de varios días de calor intenso. Agradezco el tiempo invertido por aquellos que crearon las tecnologías modernas y me permiten ver y escuchar a mis hijos, aunque estén a kilómetros de distancia.

Decía mi abuelita que no había sábado sin sol, que no sabemos en qué momento, en medio de la lluvia o entre las nubes, pero siempre se asoma, aunque solo sea por unos segundos, y es que, aseguraba, Dios nos abre un

hoyito desde el cielo para decirnos que no estamos solos, que él está al cuidado de nosotros. Yo sé que todo era cuestión de observación, no hay nada escrito, ni tratados o profundas investigaciones que vengan a ratificar esas afirmaciones. Lo cierto es que no importa cuál sea tu creencia, o como le llames a ese ser supremo, siempre hace bien sentirse acompañado, protegido bajo su amparo. Gracias por darme la fe.

Pero quiero compartirles que hoy agradezco hasta por las cosas que en un momento me parecían contratiempos; he aprendido que todo tiene una razón de ser y que debo agradecer porque todo me lleva a un bien. He entendido que los tiempos de Dios son perfectos. Agradezco el camino recorrido y los sinsabores que me obligaron a esforzarme, a crecer.

Hoy he terminado incluso por agradecer la Pandemia del Coronavirus. Me vi obligada a hacer un alto en el camino. De repente la imagen reflejada en el espejo me regresó a una persona desconocida, y sus ojos llenos de ansiedad por la incertidumbre me cuestionaban duramente sin que las respuestas aparecieran por ningún lado. Fueron meses de retomar el camino hacia mi interior. Siempre he dicho que es ahí donde tengo la fortaleza que me ha sostenido. Era necesario un tiempo de recogimiento, de evaluación. De silencio, de reposo.

Creo que también como sociedad este virus nos está permitiendo volver los ojos a lo realmente importante para el ser humano. Deseo de corazón que los padres se reencuentren con sus hijos; que los hijos valoren y acepten a sus padres, que las parejas encuentren motivos para seguir juntos, que los abuelos sigan llenando de ternura la vida de sus nietos. Que todos los seres humanos encontremos la verdadera riqueza y que aprendamos de nuevo a jugar con la naturaleza y a cuidarla; a disfrutar de todo lo que Dios ha puesto en nuestro entorno y, sobre todo, a ser agradecidos.

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Luz Del Carmen Parraoctubre 1, 2020
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MIRADA DE MUJER

Por Luz del Carmen Parra

Esperas, o provocas lo que deseas

 

¿Eres de los que espera, o de los que provoca que suceda lo que quieres, lo que necesitas, lo que deseas? Hoy recibí la imagen de un hermoso arreglo de rosas rojas con un saludo de buenos días en mi whats. Me emocioné solo de verlo, por-que trajo a mi memoria, aquellos ramilletes que en los prime-ros años de casada mi esposo traía a casa, para celebrar entre otras fechas importantes, nuestro aniversario de bodas.

Cada año lo veía entrar con una hermosa sonrisa, alegre, tra-yendo en sus manos ese símbolo que a las mujeres nos com-place tanto como muestra del amor que se nos tiene. Pero de pronto sucedió que, estando muy atareado con los compro-misos de sus dos jornadas laborales, se olvidó de tan especial acontecimiento.

Si. Una tragedia me envolvió ese día. Sin embargo, no hubo reproches. Ni siquiera un recordatorio. Pasaron los días y cuando se dio cuenta ya había pasado un mes y llegaron las disculpas. Pero lo importante que quiero compartirles hoy, no son esos detalles, sino lo que sucedió justo al acercarse la fe-cha de mi cumpleaños.

Estaba muy segura que volvería a ocurrir lo del aniversario an-terior, viéndolo tan concentrado atendiendo sus obligaciones. Casi no lo veía durante todo el día, aunque siempre tuvo tiempo para estar en familia a la hora de la comida. Entonces tomé la decisión de salir a buscar el ramo de rosas más her-moso que encontrara en la ciudad y como si fuera su secreta-ria, escribí a nombre suyo en una tarjetita, el mensaje más emotivo de felicitación para su esposa y pedí que lo enviaran a casa justo a la hora en que sabía vendría a comer.

Recuerdo que cuando llegó, comprobé que efectivamente ha-bía omitido mi tan esperado regalo. ¡Había olvidado mi cum-pleaños! Llegó sin mayor ánimo que comer para regresar de inmediato a la oficina. Apenas habían pasado unos 15 minu-tos cuando se escuchó el timbre de la puerta. Le pedí que por favor atendiera mientras yo terminaba de servir la mesa. Y cuál va siendo su sorpresa cuando vio acercarse al mensajero con el arreglo.

Recuerdo que lo único que llamaba su atención cuando re-gresó frente a mí, era la tarjetita. Me preguntaba con insisten-cia de quién eran esas flores, quien me mandaba rosas a mí. Entonces le pedí que abriera el sobrecito y leyera su conte-nido. Ya imaginarán la escena. Si. Eso y más. Lo cierto es que a partir de esa fecha siempre hubo un ramo de rosas rojas para acompañar nuestras celebraciones.

Cuántas veces nos refugiamos en el rincón de las víctimas, y agotamos las reservas de lágrimas, llenándonos de reproches; vivimos decepcionados de quienes nos rodean, porque no cumplen con las expectativas de lo que esperamos de ellos.

Porque no atienden nuestras necesidades. Porque viven aje-nos a nuestro sentir y creemos que carecen de sensibilidad para entendernos.

Ponemos en sus manos nuestra felicidad y, confiamos ciega-mente que será su responsabilidad, hacer todo lo que esté de su parte para que nosotros seamos personas dichosas, por-que nuestros sueños se hagan realidad. Esperamos ciega-mente que sean ellos los que pongan los medios y hagan hasta lo imposible por acercarnos todo lo necesario para que así sea.

Sin embargo, a veces es necesario tomar en nuestras manos la posibilidad de hacer realidad lo que deseamos, porque nuestra capacidad de comunicación, no alcanza para estable-cer un diálogo abierto y productivo, con quien esperamos sea el realizador de nuestras ilusiones. En ocasiones, no somos suficientemente claros para expresar en el contenido de nuestros mensajes, lo que requerimos. Entonces empiezan a suponer, interpretan nuestras demandas o, intentan compla-cernos con lo que les gusta, sin entender qué es lo que real-mente se les solicita.

Creo que lo mejor es asumir nuestro compromiso de hacer todo lo posible por alcanzar lo que necesitamos. Si nosotros lo soñamos, nosotros podemos realizarlo. Empecemos por prac-ticar en las cosas más simples y cotidianas. Como cumplirnos el antojo de un helado o de ir al cine. Si somos capaces de identificar nuestras necesidades, podemos esforzarnos por crear las condiciones requeridas para atenderlas.

Lo mejor es tomar acción. Quedarnos sumisos, esperanzados a que alguien venga y nos cumpla nuestros mal llamados ca-prichos personales, no nos conducirá más que a la frustración y al encierro o, de plano, a victimizarnos. La vida es corta. Aprender a conocernos y a resolver nuestras necesidades, es lo mejor que podemos hacer para disfrutarla a plenitud. Re-cordemos que nadie hará por nosotros, lo que no estemos dispuesto a hacer por nosotros mismos.

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Luz Del Carmen Parraseptiembre 29, 2020
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MIRADA DE MUJER

Luz del Carmen Parra

El que persevera, alcanza

 

No necesitamos convertirnos en una persona famosa o ser un super deportista, de esos que se cuelgan al cuello infinidad de medallas, para sentirnos triunfadores, todos los días podemos esforzarnos por terminar el día realizando a cabalidad nuestras responsabilidades y yéndonos a dormir con la satisfacción del deber cumplido.

Hace muchos años, siendo muy joven, leí un libro que me ayudó a formar mi carácter. Recuerdo en particular, un capítulo de aquel best seller de Og Mandino, El Vendedor Más Grande del Mundo, el que tituló “Persistiré, Persistiré, Persistiré, hasta alcanzar el éxito”, del que aprendí a no darme por vencida. A esforzarme por hacer las cosas a mi manera hasta quedar satisfecha. A reconocer mi capacidad de superación y mejora.

Eso me ha llevado a reflexionar que cuando transformamos la rutina en una actividad motivadora, alejada de la medianía del simple hacer y ponemos nuestra voluntad en alcanzar un mayor grado de precisión, hasta terminar la tarea comprometida, nos olvidamos del cansancio ocasionado por el esfuerzo, nos llena un sentimiento de verdadero placer perseverar y no rendirnos ante las contrariedades que pudieron presentarse en el camino. Llegamos a la meta. Cerramos nuestra jornada dispuestos a disfrutar del merecido descanso. Sin cargas emocionales de haber dejado a medias nuestro trabajo o haberlo hecho sin el debido cuidado.

No es fácil ser perseverante y tomar conciencia de nuestra responsabilidad en todo lo que hacemos. Es más cómodo medio hacer, esperando que el que está al lado venga y termine lo que dejamos empezado. Dejar la ropa a medio camino o tirar la basura fuera del cesto, es lo más común en nuestro en torno. Imaginemos que sería de nuestro mundo si todos termináramos de hacer bien, lo que empezamos y pusiéramos las cosas en el lugar que les corresponde.

Hacer las cosas bien y no al hay se va, solo por cumplir, tiene una gran diferencia, está de por medio nuestra conciencia creadora, que más allá de nuestra atención o concentración genera y motiva nuestra creatividad con resultados que nos sorprenden y nos cautivan llenándonos de satisfacción. Todos los días, en todo lo que hacemos, tenemos la oportunidad de probar nuestra capacidad de resistencia, porque por naturaleza aparecerán obstáculos para lograr nuestros objetivos. Me viene a la memoria una frase de un comercial de televisión que pasó hace varios años y que rezaba así: Si todo fuera fácil, cualquiera lo haría”. Nada más cierto.

Pero dejar la medianía requiere esfuerzo. Perseverancia. Tomar en nuestras manos la importancia de vivir y de disfrutar lo que construimos. Dejar de trabajar solo por cumplir, y a ve-ces medio cumplir. Ponernos metas y hacer todo lo posible por llegar a ellas. No metas inalcanzables, que hagan luego que nos olvidemos de ellas o que nos lleven a la frustración, sino objetivos tan simples como sea posible, que nos vayan llenando día a día de grandes satisfacciones, que nos impulsen a seguir construyendo nuestra voluntad de esforzarnos y dar lo mejor de nosotros mismos.

A medida que seamos capaces de ir venciendo las pequeñas resistencias, iremos avanzando. Si aprendemos a no ceder ante el primer contratiempo, si buscamos alternativas de so-lución a los problemas que se presentan a diario, si enfrentamos nuestros miedos y nuestras limitaciones poco a poco, cual maratonista, terminaremos sintiéndonos triunfadores. Nuestras circunstancias de vida pondrán el tamaño del es-fuerzo requerido y nuestra perseverancia será el sostén de nuestro entrenamiento.

Si aprendemos a no darnos por vencidos, a ver los problemas como simples retos a nuestra inteligencia, a nuestra imaginación, a nuestra intuición, quitaremos la angustia y la ansiedad que produce el reto a resolver e incrementaremos nuestra capacidad de respuesta. En la medida que conservamos nuestra mente fría, y vemos como una oportunidad de crecimiento lo que tenemos enfrente, podemos empezar a enfocar de una manera diferente el acercarnos a la resolución de conflictos.

Si dedicamos parte de nuestro día a practicar consciente-mente, como lo hacen los triunfadores, a exigirnos no abandonar, a mantenernos firmes en nuestro quehacer cotidiano, a terminar lo que empezamos y a obligarnos a no dejar para después, pronto entenderemos el valor de la perseverancia.

No cedamos. Seamos constantes. Que no nos acobarden los problemas de la vida. Si aprendemos a resolverlos en el momento en que se presentan siempre será más fácil. En la cultura del esfuerzo y la superación vemos infinidad de ejemplos que nos dicen que podemos ser sobrevivientes, ganadores. Dejemos nuestra zona de confort que aniquila toda posibilidad de triunfo.

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Luz Del Carmen Parraseptiembre 27, 2020
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MIRADA DE MUJER

Por Luz del Carmen Parra

Trabajar y ahorrar

 

Era yo muy niña cuando veía a mi padre esperar ilusionado el momento de la cosecha de su siembra de papa. Se veía hermoso el campo lleno de surcos con plantas de hojas de un tono verde muy vivo y entre la tierra un montón de tubérculos de distintos tamaños esperando ser levantados.

Solo cada año había cosecha, y recuerdo que infinidad de hombres y niños las recogían en unas canastas de mimbre, hechas especialmente para la tarea, y las iban acumulando en un punto determinado llegando a formar grandes montañas. Sentía una gran emoción ver a mi padre ir y venir dando instrucciones, a los que se encargaban de separarlas de acuerdo a los tamaños comprometidos con los compradores y a otros más, que las empacaban en unas arpillas de ixtle, listas para llenar los enormes camiones que esperaban su carga para marcharse.

Era temporada de estrenar. Llegaba el momento en que nos compraban ropa y calzado a todos mis hermanos y a mí. Era fiesta. Claro, había que esperar turno para que te tocara ir a las tiendas a elegir las telas, para que mi madre, por las tardes, se diera a la tarea de confeccionar los vestidos de cada una de las 5 hermanas. Para los varones, 4 en total, todo era más simple. Camisas y pantalones ya estaban listos para ser usados.

No volveríamos a vivir durante todo el año la ilusión de surtir nuestro guardarropa. Recuerdo los esfuerzos de mis padres por hacer rendir lo que ingresaba en aquella gran ocasión para sufragar los gastos mayores de una familia de once miembros. Mi padre era incansable y todo el año sembraba y cosechaba distintas frutas y hortalizas, verduras y leguminosas; todos los días estaba en el frente cumpliendo, pero su principal soporte económico era su ahorro, producto de la venta de la cosecha de papa.

En alguna ocasión ya estando mis hermanos en proceso de formar su propia familia, recuerdo a mi padre darles un consejo que se quedó grabado en mi memoria. Les decía, cuiden el producto de su trabajo, si quieren hacer algo en la vida, no se olviden: trabajar y ahorrar es la clave. No lo tiren en vicios o en excesos. A veces se gana y a veces se pierde. No tiren su dinero. Ahorren para cuando lleguen malos tiempos. Tenía toda la autoridad moral para decírselos. Siendo un campesino, amante de su ganado y de su tierra, dedicado toda su vida a su familia, les comparto con mucho orgullo, con su esfuerzo y la buena administración de mi madre, nos dio una carrera profesional a la mayoría de sus hijos.

Hoy me veo repitiéndoles lo mismo a mis hijos. Cuiden su dinero. Ahorren para cuando vengan tiempos difíciles. En una sociedad consumista todo apunta a sustraer de las carteras, lo poco que cada quincena ingresa o lo que es peor, el resto que queda después de pagar las tarjetas de crédito o los gastos fijos como el celular, y los servicios básicos de cada casa.

Los grandes almacenes, plenos de escaparates y luminarias, ofertan una cantidad inimaginada de productos de consumo, desde lo más básico como alimentos, ropa, calzado y accesorios, hasta lo más extraño como disfraces, máscaras, pelucas, o lo que se acostumbra para la celebración de fechas tradicionales como el Dia de Muertos, o el Dia de San Valentín, de tal manera que aun cuando no los necesitemos, nos hagamos de ellos, despilfarrando lo que bien pudiera ser parte de nuestro ahorro.

¿Cuántas veces nos vemos en una tienda sin una lista previa de lo que vamos a comprar y terminamos con el carrito repleto de artículos, que se nos antojaron justo al pasar frente a ellos? ¡Cuántas veces sacrificamos lo elemental por comprarles ropa de marca a nuestros hijos, sin detenernos a pensar que ellos no percibirán la diferencia! Somos nosotros los que intentando quedar bien, querer mostrar buen gusto y mayor capacidad económica de la que realmente tenemos, acudimos a cubrir apariencias, cuando sin duda, sería mejor abrirles una cuenta en el banco y ahorrar lo mucho que gastamos en cosas superficiales que no necesitan ni para su formación, ni para su subsistencia.

El consumismo nos ahoga y cada día resultan insuficientes los ingresos de las familias para subsanar todo lo que las grandes corporaciones crean, inventan o suministran en todos los espacios públicos que día a día transitamos.

Intentemos aprender a defender nuestro dinero, producto de nuestro trabajo. Es bíblico. Habrá, aunque no lo queramos, tiempos de vacas flacas.

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