Mirada de Mujer

Luz Del Carmen Parraenero 15, 2021
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MIRADA DE MUJER

Por Luz del Carmen Parra

Vivir sin tiempo

 

No me gusta vivir sin tiempo, siento que empiezo a tener prisa, que el tiempo se agota. Pareciera que de pronto un reloj de arena se posara frente a mí y me permitiera ver como poco a poco se desliza, quedando reducido a unos cuantos años, meses o días, no lo sé. Nadie lo sabe. La sabiduría de un aciano me enseñó que había que trabajar como eternos, sabiendo que un día tendríamos que morir, por eso me aferro a seguir intentando alcanzar las estrellas que no dejan de brillar en el firmamento.

Quisiera poder encontrar esa farmacia donde se pudiera comprar un poco más de tiempo, ahora que siento que no tendré el suficiente para concretar muchas de las cosas que imaginé. Se que quizás no me alcanzarán los días para viajar a los lugares con los que soñé, ni me serán suficientes las fuerzas para subir los escalones de las ruinas de Machu Picchu, que quizás la pandemia me cierre las puertas para recorrer los Lugares Santos, y me iré sin conocer el Muro de los Lamentos, El Monte de los Olivos o el Santo Sepulcro, pero estoy convencida que, hasta el final, atenderé con entusiasmo cada amanecer, agradeciendo todo lo vivido.

Sí, es claro que lo único que no se recupera en esta vida es el tiempo. No hay refill”. Vivir cada minuto como si fuera el último nos da la dimensión de lo valioso que es. No hay tiempo muerto, solo deja de tener sentido siempre y cuando lo dejamos ir sin aprovecharlo, porque hasta el descanso es valioso y necesario.

Tengo prisa, sí, pero no esa prisa cotidiana que impide reflexionar, sumando al día minutos que ya no le corresponden y, sin embargo, no son suficientes las horas para atender las necesidades básicas, físicas o emocionales de quienes vivimos en pleno siglo XXI. Puedo ver como el horario de trabajo absorbe la mayor parte del día a día y en muchas ocasiones ya no se dispone de un espacio para planear y atender cada una de los detalles que exigen de nuestra atención.

Justo ahora, cuando disfrutamos de los avances tecnológicos que nos hacen más ligeras las tareas cotidianas, pareciera que nunca terminamos. No hay tiempo para los hijos o para los padres, para los amigos, para hacer ejercicio, para caminar, para pensar, para

visualizar el futuro. Concluye el día y aún quedan pendientes un montón de asuntos que atender y agotados buscamos conciliar el sueño. ¿Es que la forma de medir el tiempo ha cambiado y las variables que lo determinan también?

Evidentemente. Cada vez son más y más las presiones sociales, económicas y laborales que exigen de nuestra atención, y reclaman de nosotros una mayor capacidad de organización y manejo de las prioridades, para hacer rendir las 24 horas que nos ofrece a diario la vida para avanzar hacia donde queremos llegar. Esa es la realidad a la que nos enfrentamos ahora. Si en mi adolescencia aprendí a organizar mi agenda, esforzándome por llenar las horas con actividades creativas, ahora debo dejar fuera de ella, un sinfín de cosas que me gustaría hacer y que no hay tiempo libre para hacerlas.

Como disfruto ver a mis hijos haciendo planes, proyectos, que los motivan y los mantienen ilusionados realizando su mayor esfuerzo, enfocados en ir construyendo poco a poco lo que sin duda será el sustento de su porvenir. Cada uno en la medida de sus capacidades dando forma a sus sueños, imaginando su futuro, estando en la plenitud de su vida, con todo el tiempo disponible, cuando no se siente el transcurrir de los meses, ni afecta mayormente la llegada de un nuevo año.

La valoración de su tiempo es diferente y quizás por ello no le dan la dimensión que hoy como consecuencia de mis años, empiezo a darle. Tengo prisa por concretar muchas cosas que ilusioné alcanzar, pero ya con otra perspectiva, quitando de en medio lo que estorba y no me sirve, dejando atrás sentimientos y resentimientos, miedos y prejuicios que me hicieron más largo el camino. Estoy segura que así, más ligera de equipaje, podré aprovechar mejor los días que quedan en mi calendario.

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Luz Del Carmen Parraenero 14, 2021
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MIRADA DE MUJER 

Por Luz del Carmen Parra

La zona de confort

 

¿Identificamos ese espacio y ese tiempo de nuestra zona de confort, donde sentimos que no es necesario mover una mano para obtener lo que queremos, porque hemos alcanzado lo que en el pasado deseábamos, porque se nos ha dado, o porque ya se agotaron las ganas de seguir luchando por obtenerlo y nos hemos conformado?

¿En qué momento nos acomodamos a lo que tenemos, y la rutina poco a poco fue ahogando nuestras expectativas de superación, limitando las posibilidades de crecimiento personal? Aceptamos vivir en las condiciones que se fueron presentando sin el menor interés por modificarlas y permitiendo que se marchitaran el entusiasmo y la ilusión, tan necesarios para una vida sana.

Nos engañamos diciéndonos que somos felices, que hemos alcanzado la plenitud, y que ahora vivimos la mejor etapa de nuestra vida y dejamos de cuestionarnos. Adaptados a nuestras circunstancias empezamos a sobrevivir con lo que tenemos, sin el menor esfuerzo, decididos a disfrutar de lo nuestro; nos sentimos seguros, tranquilos, sin sobresaltos, en un espacio construido por los hábitos, rutinas, costumbres y creencias que nos han ido encadenando a lo largo de nuestra existencia.

Y, sin embargo, de vez en cuando, nos surgen pequeñas inquietudes cuando nos confrontamos con quienes viven cerca de nosotros y nos hacen ver que podemos estar mejor, que aún existe dentro de nosotros esa energía que nos motivó a intentar nuevas cosas, que nos hace presentes nuestras ausencias y los vacíos que se han ido quedando a la espera de ser atendidos y que realmente no somos felices del todo. Empezamos a extrañar y a sentir que somos capaces de intentarlo de nuevo.

Si nos han repetido constantemente eres un/a campeón/a”, motivándonos a dar lo mejor de nosotros mismos, a dedicar la mayor parte de nuestro tiempo a prepararnos para desempeñar el papel de los triunfadores y hemos transitado por un sinfín de momentos satisfactorios entrelazados día a día con experiencias mágicas que nos fortalecieron, ¿por qué de repente caímos en este sopor de comodidad y dejamos de participar en el juego de la vida negándonos a recorrer nuevos caminos que nos abrieran la oportunidad de aprender, de enfrentar nuevos retos, de probar nuevas habilidades?

Tal vez nos lastimaron, y no tuvimos la fortaleza de entender que fuimos nosotros los que lo permitimos, nos resultó más fácil asumir el papel de víctimas y soltar culpas a tontas y locas que aceptar nuestra responsabilidad y tratar de enfrentar con coraje las circunstancias; tal vez fracasamos en los primeros intentos y nos dimos por vencidos a la tercera vez que no resultaron las cosas como las planeamos, sin valorar los aprendizajes adquiridos para tratar de hacer la diferencia.

Ante el temor al rechazo, al fracaso, al ridículo, nos hemos refugiado en esta zona de confort que nos brinda seguridad, que nos da consuelo y nos aísla de la ansiedad que causa la incertidumbre de lo porvenir. Cerramos la puerta a nuestra conciencia y nos conformamos. Vivimos sin ver, sin sentir, sin pensar. Nos decidimos por una vida sedentaria, tranquila. Cómoda. Y pasamos a vivir en el Limbo, como decía mi abuelita, sin pena, ni gloria.

Encontramos la excusa perfecta para no hacer el menor esfuerzo, para no arriesgarnos, para no intentar nada, en definitiva, para sobrevivir, para pasar los días de forma monótona y rutinaria sin mayor compromiso que ver amanecer y anochecer, pero como dice William Shedd, Un barco atracado en el puerto está más seguro, pero esa no es la finalidad para la que fue construido”.

Quizás nos sentimos cansados y necesitamos un descanso. A veces es necesario hacer un alto en el camino para reflexionar y hacer un balance de nuestra vida. Sumar y restar nos dará un resultado necesariamente que requerirá tomar acciones. El miedo y la incertidumbre intentarán detenernos, pero si podemos tomar conciencia de lo que nos frena y ponemos toda nuestra fuerza de voluntad para seguir perseverando, aunque no sea nada fácil, descubriremos los motivos suficientes para intentar trascender lo cotidiano.

Asumiremos nuevos retos que nos ayudarán a tomar confianza en nosotros mismos, saldremos fortalecidos y podremos conocer nuevos amigos, nuevos lugares y vivir nuevas experiencias, que representarán para nosotros nuestro mayor desafío.

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Luz Del Carmen Parraenero 11, 2021
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MIRADA DE MUJER 

Por Luz del Carmen Parra

La lucha contra la violencia a las mujeres, empieza en casa

 

¿Tienen una niña en casa? Está en sus manos evitar que en lo futuro pueda ser víctima de violencia de género. Este es el momento en que pueden hacer de ella una mujer fuerte, independiente, capaz de valerse por sí misma, con suficiente autoestima que la empodere, para que conquiste todos los espacios donde desee incursionar. Si están dispuestos a acompañar su crecimiento de cerca, a enseñarle día a día a respetarse y a quererse, a valorarse como un ser humano decidido a transformar lo que no le gusta y a explorar todas las capacidades que su esencia de mujer le ha proveído, puede llegar a ser sensible y soñadora, amorosa y femenina, luchadora, defensora de su libertad y de su derecho de ser. Con su amor y cuidados, despertarán en ella el valor de lo femenino, fortaleciendo su carácter, permitiéndole expresar y defender sus puntos de vista y luchar por lo que quiere. Nacerán en su corazón los sentimientos más nobles de quien por naturaleza es depositaria del amor y la entrega, exaltando su dignidad, de tal manera que jamás permitirá el abuso, que la llevara a aceptar la sumisión irracional, independientemente de quien viniera.

Estoy convencida que es en el seno de la familia donde se puede dar la gran batalla para enfrentar la violencia contra las mujeres, porque es ahí donde se gesta ese sentimiento de minusvalía, por falta de amor y reconocimiento, de obediencia y sumisión. Hace años viví de cerca el sufrimiento y la impotencia de un hombre cuando en su familia nacía una niña, sobre todo cuando era la primera o la cuarta después de tres mujeres, la decepción era evidente y ofendido fanfarroneaba culpando a la esposa de semejante desgracia. ¿Que tanto ha cambiado esta situación hoy en día? No lo sé. Sin embargo, me pregunto ¿será suficiente?, sobre todo cuando aún puedo darme cuenta que existen culturas en el mundo que desprecian a las mujeres, las mutilan, las venden, violan o asesinan por el solo hecho de haber nacido mujer. Quizás los movimientos feministas en el mundo logren que el problema sea ventilado, y que se cuestionen socialmente sus consecuencias, que luchen porque las condiciones laborales sean de igualdad, porque se respeten sus derechos civiles o porque se promulguen leyes que les den garantías de mayores libertades para decidir sobre su cuerpo. Creo, empero, que la lucha debe ser desde la educación y el amor, surgidos desde el seno mismo de la familia. Haruki Murakami, dice una persona aprende a amarse a sí misma, a través de simples actos de amar y ser amado por otra persona”, ¡cuánto más si es amada y protegida por sus padres desde niña! Eso le dará seguridad y confianza.

Si de ellos aprende principios y valores que fomenten la paridad de género, en igualdad de responsabilidades y roles que, ni menosprecien a una y/o enaltezcan el poder del otro, ni condenen a una relación de dependencia entre sí, sino que permitan la convivencia desde el respeto por la persona, indistinto de su género, donde el eje de la conducta cotidiana se base en la solidaridad, la empatía y el apoyo mutuo, aprendidos de forma espontánea, estará lista para disfrutar de un mundo sin violencia. Hace tiempo pude ver un ejercicio entre niños y niñas de 8 o 10 años organizados en varios equipos de pares (mujer y hombre), recogiendo unidos unas pelotas en una cesta. Al concluir, se premiaba con dulces a los ganadores. Intencionalmente los premiaban de forma desigual. Daban mayor cantidad de carameros a los niños que a las niñas, y cuando los pequeños se daban cuenta de ello, empezaban a expresar que no era justo,

que ambos habían trabajado duro para llegar al triunfo, que el premio debía ser parejo. Considero que esa es la semilla que debemos sembrar en nuestros hijos. Estoy segura que una mujer que es amada y respetada por sus padres, criada en una esfera de igualdad de responsabilidades con los hermanos varones, reconocida por sus cualidades y habilidades, motivada por la aceptación de su carácter, sabrá identificar a quien la respete y la valore, porque contará con los recursos emocionales suficientes para evitar el abuso y la violencia en su contra.

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MIRADA DE MUJER

Por Luz del Carmen Parra

Lánzate a volar, y te saldrán alas

 

Durante un tiempo en mi adolescencia, desarrollé el gusto por coleccionar postales de aspectos de diversas ciudades del país que visité y algunas más que recibía con cierta frecuencia de parte de una de mis mejores amigas que al quedarse huérfana, se fue a vivir a la Ciudad de México.

Una a una las iba colocando en una cajita especialmente decorada para almacenarlas. Un día, en medio de la nostalgia, empecé a releer los mensajes que en cada una de ellas había escrito. Fechas, lugares, emociones contenidas, experiencias y recuerdos, se mezclaron y empezó a surgir un sueño.

En muchas de ellas, me invitaba a visitarla. Me hacía referencia a todo lo que ella estaba conociendo y me platicaba de sus planes, de sus ilusiones y sus grandes esfuerzos por hacer una carrera profesional que le permitiera valerse por sí misma y apoyar a sus hermanos que habían quedado en Ixtlán.

Separé de entre todas, las que me enviara mi querida amiga. Eran muchísimas y se me ocurrió pegarlas a la pared de mi cuarto, donde pudiera verlas todos los días. Me gustaba mucho observar los edificios históricos, las calles llenas de vida, las luces y principalmente, aquellas que mostraban distintos aspectos de Ciudad Universitaria, teniendo como centro la gran torre de rectoría.

Poco a poco, empezó a nacer en mí el deseo de estudiar en la Universidad Nacional Autónoma de México, lo cual resultaba algo más que difícil si consideramos las condiciones en que se daba la vida en aquellos años en mi familia. Hasta esos momentos, siendo yo la quinta de los 9 hermanos, nadie anteriormente había manifestado algún interés por abandonar la comodidad del hogar, para lanzarse a la aventura de construir un futuro diferente.

Decidida a hacerme de un lugar en medio de los miles de estudiantes que cada año lograban incorporarse a la UNAM, empecé a soñarme recorriendo los pasillos de aquellos espacios que cada día me parecían más familiares. Según me informé, sólo los mejores promedios eran ubicados en las facultades del campo universitario, así que tendría que obtener una buena calificación en mi examen de selección, si quería ser parte de aquel maravilloso paisaje.

Recuperé la información necesaria para prepararme a conciencia para la prueba más grande que había enfrentado hasta ese momento en mi corta vida. Teniendo a la mano la guía de estudios, me dediqué en cuerpo y alma, la

mayor parte del día, de los tres o cuatro meses previos a la gran fecha, a repasar los apuntes de la prepa y a investigar lo suficiente para llenar los huecos que habían quedado pendientes en mi aprendizaje.

Cuando se acercaba el día, recibí la visita de una de las personas que más influyeron en mi adolescencia, Madre Naty. Sabía que necesitaba un lugar para hospedarme en la Ciudad de México, donde por cierto no conocía a nadie con excepción de mi amiga, que vivía en quien sabe dónde, en medio de un mundo inmenso, donde todo era desconocido. Me invitaba a visitar la casa que albergaba su comunidad religiosa, ahí podría descansar para estar puntual en el Estadio Azteca para presentar mi examen de selección. Me aseguró que, para entonces, ella estaría por allá, pendiente de que me sintiera cómoda y segura, y para echarme porras.

Recuerdo que iba muy emocionada y decidida a hacerme de un espacio entre los miles de jóvenes que en aquella ocasión estaríamos dispersos en la inmensidad del Azteca. Y tal como lo prometió, al llegar a la dirección indicada y tocar el timbre, fui recibida por la madre Lourdes que de inmediato nos invitó a pasar a una sala de estar donde al poco rato apareció Madre Naty, con su sonrisa dulce y su voz llena de ternura, para hacerme sentir como en casa.

Después de merendar, nos llevó a lo que sería nuestro cuarto, donde de inmediato pude percibir en la mesita de noche, recargada sobre un pequeño florero que contenía unas pequeñas margaritas blancas, una tarjetita con una imagen de unas gaviotas delineadas con trazos de un pintor, y sobre de ella las palabras que me han acompañado desde entonces como un tatuaje esculpido no sobre mi piel sino en la memoria, reclamando lo mejor de mí.

Lánzate a volar, y te saldrán alas”, decía con caracteres impresos, y con letras escritas de su puño y letra, Luz del Carmen, haz algo grande de tu vida.”. Un compromiso adquirido. Un objetivo que sigo intentando alcanzar.

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MIRADA DE MUJER

Por Luz del Carmen Parra

Las pequeñas cosas

 

Todos los días encontramos infinidad de mensajes motivacionales, que tratan de despertar en nosotros el ánimo de esforzarnos por alcanzar objetivos que, no sabemos por qué, no llegamos a concretar, a pesar de despertarnos cada mañana, con la idea de hacer todo lo posible y más, porque se den las cosas.

Nuestras redes sociales nos saturan de contenidos retadores, que cuestionan nuestro hacer y nuestro pensamiento, nuestras capacidades de resistencia y tratan de impulsar nuestra iniciativa para llegar a ser triunfadores, para pasar a formar parte de ese exclusivo club de líderes innovadores, que dominan al mundo.

Videos promocionales de historias exitosas, de personajes cada vez más influyentes, pódcast que recogen opiniones o puntos de vista de forma recurrente, que llegan incluso a dar origen a foros comunitarios de gran alcance, están a nuestra mano con un click, capacitándonos, dándonos nuevas herramientas que nos hagan ser más competitivos.

Intentamos poner en práctica todo lo aprendido, imitando o siguiendo los consejos recibidos y, sin embargo, los resultados no llegan. Es agotador y frustrante. La realidad nos dice que no es por ahí el camino. Pero seguimos perseverando. Queremos saber más y más y nos vamos a seminarios y convivimos de cerca con quienes han alcanzado sus objetivos. Dialogamos con los triunfadores, olfateamos su colonia y percibimos esa aura que los hace sentir como parte de otro mundo.

Seguimos intentando, y seguimos intentando, pero no concretamos nada, nos resistimos a dejar de pertenecer a ese círculo donde brillan las personas que han alcanzado la meta que nos prometen como la panacea. Sin embargo, llega el momento en que algo pasa que nos obliga a detenernos y visualizar lo que estamos haciendo con sentido crítico, con el ánimo de analizar a detalle el esfuerzo que estamos haciendo, y nos damos cuenta que ya ha sido suficiente.

No se trata de renunciar, sino de reencauzar nuestros objetivos. No se trata de rendirnos y darnos por vencidos, sino de reconocer que nuestras capacidades, no son similares a las que tienen las personas que han llegado a donde en un principio queríamos llegar. Que nosotros tenemos otras cualidades que, bien encauzadas, nos llevarán

al verdadero crecimiento y a la realización personal, que nos llenará de satisfacciones y dará sentido a nuestra existencia.

Que nos hará disfrutar de las pequeñas cosas que día a día vayamos realizando y que es el camino que nos llena de alegría y felicidad, más que la búsqueda irracional de metas equivocadas. No es tiempo perdido lo invertido y el esfuerzo realizado, por supuesto que no, puesto que ha dejado un gran aprendizaje en nuestras vidas. Nuevas relaciones humanas y una experiencia que nos acompañará por siempre.

Sin embargo, reencauzar nuestras energías, identificar nuestras verdaderas capacidades, nos hará más fácil alcanzar nuevas metas. Iremos encontrando señales que nos indicarán por dónde es el camino y empezaremos a saborear poco a poco el sentimiento de hacer lo que queremos, lo que nos gusta y empezaremos a ser congruentes con nosotros sueños y nuestras posibilidades de alcanzarlos.

Descubriremos el placer del trabajo y el gusto por desarrollar nuestra creatividad, nuestra inventiva, porque ahora todo nos resultará más cómodo, más sencillo, más espontáneo. Seremos nosotros mismos, conviviendo con todo lo que somos y motivados a impulsar nuestros proyectos personales, sin correr tras quimeras ajenas; recordemos que hay quien se ha hecho rico haciendo zapatos, dando sentido al dicho popular que dice zapatero, a tu zapato”. Cada uno de nosotros está en la tierra para descubrir su propio camino, y jamás seremos felices si seguimos el de otro”, nos dice James van Praagh.

Sabemos que encontrarle sabor a las cosas que hacemos a diario, en forma cotidiana y monótona, no resulta del todo fácil, sobre todo cuando estamos inmersos en la urgencia de sacar adelante nuestra responsabilidad familiar y laboral, cuando vivimos con el piloto automático, sin asumir el control de nuestras decisiones, concentrados en lo que tenemos que hacer”, y pasando por alto lo más importante, dejando de disfrutar el momento.

Pero desarrollar la conciencia de lo que estamos haciendo, viviendo el aquí y ahora, nos permitirá encontrarle sentido a nuestro esfuerzo, valoraremos lo que tenemos en nuestro entorno y nos permitirá mantener la vista bien puesta en nuestros propios objetivos, con un manejo racional de nuestro tiempo.

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MIRADA DE MUJER

Por Luz del Carmen Parra

Propósitos de Año Nuevo

Al iniciar el año, es común darnos la oportunidad de reflexionar y hacer nuevos propósitos de mejora, de intentar atender lo que, por negligencia, o por falta de compromiso, hemos dejado de hacer y que, sin embargo, está en nuestra voluntad, haciendo ruido, llamando al cambio.

Después de la convivencia con nuestros seres queridos y llenos de energía revitalizada, nos disponemos a vivir de la mejor manera una nueva oportunidad, para incorporar a nuestra rutina buenos hábitos, como dejar de fumar, hacer ejercicio, evitar el consumo de refrescos, hacer una dieta, no sé, cada uno, acorde a nuestras propias necesidades, enlistará sus nuevos retos.

Fue en estos días de vacaciones, cuando nos dimos el tiempo para sentir y valorar las relaciones con nuestra familia más cercana, cuando nos dimos cuenta dónde vamos dejando pendientes y cuándo nació el deseo de alcanzar mejores niveles de vida, reconocimos que todo está en nuestras manos para hacer bien las cosas, y decidimos tomar acción.

Ser más amables con quienes nos rodean, pasar más tiempo con nuestros hijos, escuchar a nuestra pareja, ver el lado positivo de las cosas, ser más empático, esforzarnos más en lo que queremos alcanzar, perseverar hasta concretar los objetivos, son necesidades reconocidas tras el contacto y la conexión emocional con nuestra familia, que nos permite recuperar el entusiasmo y nos vuelve a centrar.

Encontrar un mejor empleo, cuidar más el gasto, desarrollar el hábito de ahorrar, ser puntual, emprender un nuevo proyecto, intentar romper con todo aquello que nos impidió avanzar, hacer un balance y poner en ceros la cuenta para darnos la oportunidad, una vez más, de volver a empezar, o de continuar con mayor decisión lo que tenemos empezado.

Habrá quienes aseguren que es absurdo y ridículo eso de formularnos propósitos de año nuevo, podemos ver saturadas las redes con mensajes negativos, algunos asegurando que no durarán más de 4 o 5 días y pasando el día de reyes volveremos a la rutina y todo quedará en buenas intenciones, como tantas otras veces, pero creo que a pesar de haber fallado en la mayoría de ellos el año pasado, algo quedó de bueno, porque seguro más de alguno de los que nos propusimos, los logramos y, eso ya es ventaja.

¿Quién no ha roto sus propósitos de año nuevo? Todos. Pero vale la pena intentarlo. El comienzo de un nuevo año, nos da la oportunidad de escribir un nuevo capítulo en nuestras vidas. Si bien no podemos tener todo bajo control para asegurar el éxito total en nuestros buenos deseos, haremos al menos el esfuerzo por cambiar. Nos permitiremos hacer un balance de lo que hicimos y de lo que dejamos de hacer, reajustaremos la ruta que nos llevará a donde deseamos llegar.

No importa cuántas veces hayamos fallado, si lo intentamos otra vez, como lo dijera el gran Pepe Mujica ante el congreso de su país en su discurso de despedida, “triunfar en la vida no es ganar, triunfar en la vida es levantarse y volver a empezar cada vez que uno cae”.

Siempre es recomendable nutrir el deseo de superarnos, de intentar cada mañana ser mejores, no solo en el ámbito laboral que tanto nos exige por sus altos niveles de competitividad, sino también en lo personal, en lo familiar. Convertirnos en la mejor versión de nosotros mismos, será una búsqueda constante mientras estemos con vida y conservemos nuestras capacidades físicas, de razonamiento y discernimiento.

Si podemos mantenernos en la lucha dando un paso a la vez, no perderemos de vista hacia dónde vamos. Algunas veces sentiremos que nuestras fuerzas decaen, nos agotará el esfuerzo realizado, pero lo importante será sin duda no renunciar, y seguir adelante después de tomarnos un descanso y retomar las fuerzas. Al finalizar el año, volveremos a hacer corte de caja y nos daremos cuenta de lo que ha quedado pendiente, pero también de lo que avanzamos y volveremos a formularnos nuevos propósitos de año nuevo, visualizando otras perspectivas de crecimiento que nos lleven a alcanzar lo anhelado.

Es así como mantendremos el rumbo y será muy valioso comprender todo lo que hemos aprendido, aceptándonos, conociendo y reconociendo lo que somos y dándole sentido a nuestra vida, agradecidos con la compañía y el apoyo de quienes han permanecido a nuestro lado en el camino recorrido.“

Vamos a abrir el libro. Sus páginas están en blanco. Vamos a poner palabras sobre nosotros mismos. El libro se llama Oportunidad y su primer capítulo es el Día de Año Nuevo.” Edith Lovejoy Pierce.

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Luz Del Carmen Parradiciembre 31, 2020
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MIRADA DE MUJER 

Por Luz del Carmen Parra

2021, Año de la Esperanza

 

¿Cómo me encuentra el 2021? En medio de incógnitas, sin duda. 2020 ha puesto a prueba mi capacidad de resistencia y me ha llevado por caminos jamás imaginados. Siempre estuve acostumbrada a planear que seguía y a preparar lo necesario para que no me sorprendiera el resultado, sin embargo, ahora nada me da certeza, ni me permite augurar un buen final.

Durante la mayor parte de este año que termina, no fue fácil caminar a diario en la cuerda floja o como si estuviera en medio de un campo minado. A veces la soledad me envolvió y le quitó la luz al nuevo día. La monotonía, y la resistencia a aceptar que estaba viviendo una situación de riesgo, me asustaba y me llevó, como primera respuesta, a aislarme de todo.

Muchas de las cosas por las que había luchado quedaron en pausa, en espera de mejores tiempos y pasaron a la carpeta de los pendientes, porque las condiciones no eran las adecuadas para continuar con ellas. Ya nada era igual. El mundo había cambiado de repente y me había tomado desprevenida. Me obligaba a detenerme y a reflexionar que podía hacer ante esta nueva realidad.

Había que sacar fuerzas de donde las tuviera, para tomar un poco de aire y seguir adelante, no podía cerrar la puerta y negarme a vivir. No podía darme por muerta sin luchar. Empecé a meditar cómo sería la vida de quienes sufrieron el holocausto, o de aquellas generaciones que tuvieron que enfrentar otras pandemias. La historia registra desde hace muchos años, la presencia de pestes que ocasionaron millones de pérdidas de vidas humanas y aquí estamos, no se ha terminado el mundo.

Así que me armé de valor y exploré mis nuevas posibilidades. Valoré lo que tenía y visualicé las opciones que se me abrían para transitar de la mejor manera este reto, para superarlo y terminar viva, sana y cuerda al final de esta vorágine, porque quería contarla a mis nietos. Sabía que era más difícil que subir la pendiente del Ceboruco, y que quizás como entonces, tendría que agarrarme de las piedras para resistir lo resbaladizo del camino. Pero volvería a disfrutar de ese maravilloso sentimiento de respirar el aire fresco de las alturas, cuando se han vencido las dificultades del camino.

Y aquí estoy. Muchos se han ido y los extraño. Pero yo sigo dando la batalla. He aprendido a cuidarme y hasta la fecha todo va bien. Es mi decisión y asumo con responsabilidad mi seguridad y no estoy dispuesta a dejarla en manos de nadie, porque no quiero culpar a otros de lo que yo misma he provocado.

Y sin embargo, concluyo 2020, como uno de los mejores años de mi vida. He recibido tantos milagros que me han permitido sentir a Dios muy cerca, reencontrándome con él, como con el amigo que tenía olvidado. He sentido su mano sosteniéndome en momentos en los que me creí perdida, guiando mis pasos, dándome la seguridad de saber que está a cargo.

Entendí que no era un tiempo de cosecha, sino de siembra y que la tierra estaba muy árida y que se requería mucho esfuerzo y sacrificio para prepararla y, sobre todo, arrancar de raíz mucha de la mala hierba que había crecido apenas sin darme cuenta. Había que abonarla y removerla para oxigenarla, eliminando todo aquello que contaminara mi nueva semilla y le impidiera dar fruto.

Ahora al final del año se abren caminos de esperanza, y daré la bienvenida al 2021 con el corazón renovado, fortalecida, con la ilusión del despertar a un nuevo mundo lleno de posibilidades, tantas como esté dispuesta a tomar. La noche termina en medio de la más completa obscuridad, para dar paso a un nuevo amanecer lleno de luz y con la alegría de sentirme viva, de verme rodeada de mi familia y con un sentimiento de gratitud inmenso.

Mis manos se abren para recibir en abundancia los frutos de esos momentos de reflexión y de reencuentro con Dios y conmigo misma, que me permitieron valorar todo lo que tengo a mi alrededor y que en muchas ocasiones pasaba desapercibido o, lo daba por sentado, por sentirme merecedora de ello.

Recibo el 2021 con la esperanza en el horizonte, invitándome a correr tras ella. Estoy lista y con el ánimo renovado, con la humildad de quien reconoce haberse equivocado y con la fortaleza de quien se siente perdonado.

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Luz Del Carmen Parradiciembre 23, 2020
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MIRADA DE MUJER

Por Luz del Carmen Parra

Una Navidad inolvidable

 

En qué momento empezamos o coincidir, no lo recuerdo exactamente. Fue poco antes de contraer matrimonio cuando conocí, uno a uno, a los amigos más cercanos de quien sería mi esposo. La mayoría ya casados y con hijos. No me resultó difícil incorporarme al círculo y, sin apenas darme cuenta, ya participaba de sus reuniones. Así construimos lazos muy fuertes de amistad, que aún perduran después de 30 años.

Siendo muy pequeños nuestros niños, empezamos a reunirnos con mayor frecuencia. Las celebraciones de los cumpleaños, bautizos y primeras comuniones, los fines de cursos, vacaciones, Navidad o Año Nuevo, no fueron suficientes, así que establecimos lo que hasta al día de hoy añoran los hijos, y de ser sincera, nosotros los adultos también: La reunión de los viernes.

Cinco matrimonios, cinco familias, intercambiábamos nuestros hogares cada fin de semana. “¡Es viernes! ¿Dónde sería la reunión?”, preguntaban niños y adolescentes. Para los chiquillos era una oportunidad de convivir con todos sus primos adoptivos. Era una fiesta. A los hombres en muchas ocasiones correspondió el ritual de prender el fuego y preparar la carne, en medio de risas y bromas, con cerveza en mano y largas conversaciones donde debatían los temas políticos más candentes, sin que la pasión se desbordara y, coincidiendo al final, en anécdotas comunes de su acontecer cotidiano.

Las comadres, como así nos llamaban nuestros esposos, nos dedicábamos a jugar scrable. Fueron jornadas maravillosas de inolvidables atardeceres. ¡Cómo disfrutábamos! Sentadas en torno de una mesa, tratábamos de adivinar la palabra que nos daría más puntos. Sin respetar el tiempo, repasábamos una y otra vez el tablero, intentando leer entre líneas las posibles mezclas que darían significado a unas cuantas letras sueltas.

Mientras resolvía la incógnita quien estaba en turno, las otras conversábamos de todo y de nada; de temas poco serios o de nuestras grandes preocupaciones, siempre rodeadas de exquisitos entremeses que la anfitriona preparaba con anticipación. Realmente poca atención poníamos al esfuerzo que hacía por descifrar aquel rompecabezas múltiple. En muchas ocasiones terminábamos riendo hasta llorar en un mar de carcajadas que nunca olvidarán nuestros hijos, felices de semejantes escenas de extrema algarabía.

Para ellos el viernes era un día muy esperado. Todos compartían experiencias entre sí como si fueran parte de una sola familia; Corrían y saltaban, y cansados al final de unas horas, terminaban al frente del televisor o compartiendo las novedades de sus videojuegos, disfrutando de la convivencia, rodeados de los manjares que los tíos preparaban, y las risas escandalosas de las tías que jugaban divertidas.

Viene a mi memoria una ocasión muy especial en que decidimos celebrar la Navidad enViene a mi memoria una ocasión muy especial en que decidimos celebrar la Navidad en el rancho de los compadres. No podía faltar la posada con todo su ritual religioso, así que preparamos a los niños y repartimos los papeles principales. Les acondicionamos su vestuario y ensayamos los diálogos de cada uno de ellos. A los señores les tocaría pedir posada y las señoras representaríamos el papel de la casera, dando respuesta a sus versos.

Todo empezó muy formal. Decidimos que el punto de reunión para empezar el recorrido sería una covachita alojada en un pequeño montículo de tierra, donde ya se sentía el calor de la fogata. Los peregrinos al frente, seguidos de los pastores y los reyes magos, iniciaron el recorrido en medio de cantos navideños, hasta llegar al frente de la casa que mantenía la puerta cerrada y desde donde nosotras les esperábamos.

Con voz grave los hombres pidieron posada y tras concluir los últimos versos aceptando a los peregrinos, abrimos las puertas por donde entraron entre vivas y abrazos, satisfechos de haber participado en una de las tradiciones familiares más hermosas. Rápido se deshicieron de sus vestuarios y eufóricos pasaron a romper las piñatas que ya esperaban en el patio, adornado para la ocasión, entre luces y globos.

Después de cenar regresamos a la covachita, donde se habían colocado unos tablones de madera que servirían de asiento para quienes participaríamos de una maravillosa velada literaria, en torno de una cálida fogata que ponía el toque mágico a la noche. Uno a uno fuimos tomando el turno para participar; Entre bromas y risas, vivas y aplausos unos cantaron, otros actuaron, unos más declamamos.

Fue una experiencia que marcó la vida de todos. Lo disfrutamos tanto que lo vivido aquella noche formó parte de nuestros recuerdos por muchos años, cuando los hijos empezaron a crecer y poco a poco nos fueron dejando solos. Ahora con el paso de los años, cuando la mayoría de aquellos chiquillos ya son papás, piden la oportunidad de volver a reunirnos, como cuando ellos eran niños.

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Luz Del Carmen Parradiciembre 21, 2020
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MIRADA DE MUJER

Por Luz del Carmen Parra

La vida es bella

 

¿Cuánta capacidad he desarrollado a lo largo de mi vida para transformar mi entorno, así sea mentalmente? ¿Cómo he logrado salir adelante en los momentos en que sentía que ya no podía más y mis fuerzas me abandonaban, poniendo a prueba mi resistencia? La verdad no lo sé. En muchas ocasiones se me han presentado circunstancias ajenas a mi voluntad, incluso a la voluntad de quienes me han acompañado, y juntos hemos tenido que transitar en noches muy obscuras, sin apenas una luz que señalara el rumbo.

Visualizando escenarios a futuro, lejos del problema que me ahogaba, traté de rescatar lo importante que tenía, trascendiendo a todo aquello que me impedía ver una solución inmediata. Imaginé cómo serían las cosas después de cruzar el túnel. Me esforcé en no perder lo que tenía en el camino, para que, al subir la cuesta, siempre conservara a mi lado lo que más quería.

Sabía que todos los problemas tienen solución. Decía mi abuelita que solo para la muerte no la hay. Así que, con un poco de paciencia y bondad, me esforcé por no personalizar los contratiempos y soltar culpas a diestra y siniestra, asumiendo la parte de responsabilidad que me correspondía.

Me concentré en resolver. Madre Naty me enseñó que siempre hay dos alternativas, aún después de haber tomado una decisión. Así que fijé mi objetivo y me esforcé por hacer un poco cada día por construir una ruta que llevara a mejores estadías. Reconocía la necesidad de mi esfuerzo y aun cuando no era fácil, aprendí a esperar en medio del conflicto.

Aprendí a renunciar a lo superfluo y a valorar lo que tenía a mi alcance. Volteaba mi vista a mi alrededor y podía percibir con empatía la lucha diaria de miles, millones que no tienen nada. Ni salud, ni dinero, ni trabajo, ni un hogar, ni familia. Yo tenía mucho que agradecer y eso me fortalecía. Al final valían la pena mis congojas. Eso fortalecía mi carácter y mi fe en Dios.

Tenía que encontrar dentro de mí la fortaleza para ser también soporte de mi familia y caminar a la par para no ser carga para los demás. Compartir y seguir adelante como un todo en un mismo fin, teniendo al frente palabras de aliento y olvidando de tanto en tanto, mi propio sentir. Haciendo a un lado mis frustraciones o mi dolor, mi desengaño o mi tristeza. Lo importante era mantener el paso. Tarde o temprano las cosas se arreglarían, las deudas se pagarían, las enfermedades se superarían.

Valoré en todo lo que cabe a mi familia. Cada uno con sus fortalezas y sus debilidades. Descubrí que todos tienen su propia respuesta. Que no todos asumimos de igual manera, ni con el mismo costo, los problemas de la vida diaria. Y eso ayuda mucho. Cuando uno cae, el otro lo levanta. Que todos nos necesitamos. Que todos somos importantes en este equipo, sobre todo cuando es mucho el tiempo invertido y el desgaste queda a la vista.

Pero aun cuando en apariencia quedamos debilitados, lo cierto es que, al volvernos a mirar a los ojos, nos encontramos más fortalecidos que nunca, reencontrándonos unidos, como al final de una película de súper héroes, donde cada uno cumplió con el papel que le tocó desempeñar en medio de la tragedia.

Cada capítulo en mi vida ha significado crecimiento espiritual. Cada reto superado, una huella que ha teñido de colores el collage que al final ha sido mi vida. Una sinfonía de notas discordantes, que poco a poco se han ido afinando, dando como resultado una hermosa melodía.

Sin duda el amor es lo que ha hecho que permanezca de pie. Que me sienta plena y realizada. Verme rodeada de mi familia da sentido a mi existencia. Trascender en cada uno de mis hijos, me llena de orgullo. Sentir el calor de la mano de mi esposo y compañero, me hace decir que la vida es bella, pese a todo lo vivido.

Estamos en medio de una vorágine que tiene al mundo de cabeza. Pareciera que todo mundo corre confundido sin saber hacia dónde; no hay claridad en el futuro y la sombra de la muerte recorre sin piedad hasta el más alejado rincón del planeta. Tener a mi familia a mi lado me conforta. Me anima. Es el faro que me sostiene firme en una sola dirección. Me hace estar en alerta. Agradecida y en pie de lucha. Lista hasta el final.

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Luz Del Carmen Parradiciembre 18, 2020
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MIRADA DE MUJER

Por Luz del Carmen Parra

Regalos de Navidad

 

La magia de la Navidad llegó a mi vida a muy temprana edad. Es una de las tradiciones más hermosas que aprendí en familia. Rodeada de juegos, dulces, piñatas y regalos muy hermosos que aparecían de la noche a la mañana bajo el árbol de Navidad, junto al enorme nacimiento lleno de pastores, heno y luces multicolores, que encendían y apagaban al ritmo de las notas musicales acordes a la celebración.

Esa noche, antes de irnos a dormir, mamá nos recordaba con emoción contenida, que había que dejar el zapato en algún lugar de ese escenario que había montado, esperando la llegada del Niño Dios. Se destacaban dentro de una casita hecha con pedazos de madera, San José y la Virgen María, custodiando un pesebre dispuesto para recibir al recién nacido, sin faltar el burro, la vaca y los borreguitos en la decoración.

Esperábamos despiertos hasta altas horas, intentando en vano ver el momento en que llegaran los juguetes, pero el sueño nos vencía, sin haber descubierto el misterio. Era en vano. No lográbamos adivinar por dónde entraba el mensajero con nuestros regalos.

Recuerdo que, sin existir previo acuerdo, el primero que despertaba corría a ver si habían llegado los regalos, y apenas percibía aquel mundo de juguetes dispersos por la sala, empezaba a hacer tal algarabía que la paz de la noche, era interrumpida cuando aún no aparecían los primeros rayos del sol.

Cada uno saltaba emocionado al reconocer su zapato y lo que había junto a él. Pelotas, juegos de té, bicicletas, carritos, canicas, pistolitas de agua, yoyos y trompos de madera, muñecas de ojos cafés, negros o azules, con pelo corto o largo, con trenzas o rizos, vistiendo hermosos vestidos, que en muchas ocasiones fueron confeccionados por mi madre, a escondidas, en los tiempos que se daba después de atendernos. Todos encontrábamos algo especialmente seleccionado, pero nada parecido a lo sugerido, en la cartita que le preparábamos con anticipación al Niño Dios.

Conforme fuimos creciendo poco a poco los regalos fueron cambiando, los juguetes se hicieron menos y aparecieron los suéteres, pantalones o camisas, zapatos, huaraches o tenis, vestidos, faldas o zapatillas, pero cuánto seguimos disfrutando el reunirnos y convivir con los más pequeños. De pronto aquellos niños nos convertimos en papás y asumimos el goce de acercar a nuestros hijos el regalo de Navidad.

Cuando papá empezó a visualizar a sus hijos en edad productiva, se hizo de un taller de carpintería para asegurarles un espacio de trabajo, que les proveyera lo necesario para formar su carácter y responsabilidad como proveedores. Mi hermano mayor se hizo cargo de la administración y en dos o tres años más, se casó. Pronto sería protagonista muy especial, en esta tradición familiar de Noche Buena.

En aquellos años yo estudiaba en la Ciudad de México; fue entonces, cuando al regresar al seno familiar para la celebración de la Navidad, que pude verlo muy concentrado, jugando con pedacitos de madera, formando sillas y mesas, camas y cunas, pegando, tallando y pintando cada trozo que unido, daba vida a los muebles de una casita que recogería los sueños infantiles de sus retoños. Parecía que disfrutaba tanto o más como lo harían sus niños. Lo recuerdo con mucho cariño, admiración y respeto, creando con sus propias manos lo que había imaginado, uno o dos meses antes, como regalo de Navidad para cada uno de ellos. En ese entonces tenía tres pequeños, dos mujeres y un hombre.

No podía faltar el caballito, carritos o carretas para arrastrar unos trozos de madera. Todo lo hacía con la paciencia del Santo Job y su rostro dibujaba una sonrisa de satisfacción al surgir de entre aquellos pedacitos de madera, los diminutos enceres que darían vida a los distintos espacios diseñados dentro aquella pequeña habitación. Realmente no sabría decirles quien estaba más emocionado si el papá, que veía acercarse la fecha, trabajando horas extras por acabar con su proyecto, o los niños, que esperaban ansiosos la llegada de tan singular fecha, sin imaginar siquiera lo que su papá preparaba para cada uno de ellos.

Si. La llegada de la Navidad me emociona como cuando era niña. Y aun cuando mis hijos son adultos, la sigo disfrutando de igual manera. Es una fecha muy especial que me hace volver los ojos a mi familia. De expresarles cuánto los amo. A muchos momentos que dieron fuerza a las horas aciagas que no han faltado en el camino. Es la ocasión que me permite el reencuentro y la reconciliación.

Esta vez, sin piñatas, sin juguetes ni dulces, volveré a disfrutar mi Navidad, agradeciendo a Dios el regalo de mi vida y la de mis hijos; de mi esposo y de mis amigos, recordando con toda mi gratitud, a mis padres, que me dieron una infancia feliz.

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