Fundidora: Una historia de esplendor y fantasmas
Parque Fundidora

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Atrás de ese majestuoso elefante de acero urbano que le abre los abrazos a 120 mil visitantes cada fin de semana, se teje una historia de trabajo inimaginable que sentó las bases para el Monterrey del futuro. Existen cascadas de anécdotas contadas por los trabajadores que añoran los tiempos de gloria de La Gran Fundidora.

Por Gustavo Mendoza Lemus

Diversos hechos históricos y circunstancias han moldeado a la ciudad de Monterrey, pero ninguno tan significativo como la apertura de la Fundidora de Fierro y Acero.

Parque Fundidora

Creada en 1900 por mexicanos e inversionistas extranjeros, no sólo fue la primera siderúrgica en América Latina sino que fue pionera en la organización sindical de obreros, logrando beneficios sociales nunca antes vistos, incluso, en México.

Tras su cierre en 1986 y convertirse en un parque público para la ciudad, la Fundidora volvió a sentar un precedente al transformarse en un Museo de Sitio de Arqueología Industrial, siendo declarado por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad.

Hoy es un parque recreativo que atrae a más de 120 mil personas durante los fines de semana, contando con centro de espectáculos, museos y un Centro Internacional de Negocios.

Sin embargo, en los hornos de la Fundidora se forjó mucho más que lingotes de acero.

Orígenes

Un plano de la ciudad de Monterrey elaborado en 1910 indica que los terrenos de la segunda Fundidora, mejor conocida como Peñoles, llegaban hasta el actual cruce de calles Washington y Héroes del 47.

El documento forma parte de la colección de planos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), en su delegación Nuevo León.

“La fundición número dos, de Peñoles, logra llegar hasta las calles Héroes del 47 con Washington, Aramberri y Modesto Arreola, ese es su tope. Ahí eran los patios de maniobras en donde tiraban la escoria y el material”, afirmó Benjamín Valdez Fernández, director de obras del INAH.

El acta de creación de la Fundidora de Fierro y Acero de Acero de Monterrey se firmó el 5 de mayo de 1900, impulsada por los inversores Vicente Ferrara, León Signoret, Antonio Basagoiti y Eugenio Kelly, a decir de Alberto Casillas, responsable del archivo histórico de la Fundidora.

Con el Porfiriato el acero producido en Monterrey llegó prácticamente al corazón del país. La estructura del actual Monumento a la Revolución cuenta con este material, e incluso, un puente en Brooklyn, Nueva York, también es “hecho en Fundidora”.

Trabajadores

Así como la siderúrgica cambió la estructura de Monterrey, que a comienzos del 1900 ya comenzaba a construirse con concreto de Cementos Mexicanos, y con vidrio de la Vidriera, también cambiaron sus ciudadanos.

El trabajador promedio de la ciudad era campesino, sino más que un peón. Con la llegada de maquinaria sofisticada de Alemania, Inglaterra y Estados Unidos, era urgente la capacitación de la mano de obra.

Por ejemplo, se resalta que los ladrillos de los edificios de la Fundidora se compraron en Galveston, pues el material de Ladrillera Monterrey no brindaba la seguridad requerida, situación que obligó traer a Monterrey técnicos especializados procedentes de España, Italia, Polonia e Inglaterra pues no existía gente preparada en la localidad.

Un ejemplo fue la creación de la Escuela Acero, pionera en el servicio de capacitación contínua al trabajador en la historia laboral de México.  El ex fundidor y cronista Esteban Ovalle Carreón se ha dedicado a estudiar la evolución del trabajador en la siderúrgica.

Ingresó como aprendiz en 1956 desafiando los reglamentos pues lo hizo a la edad de 15 años, cuando lo permitido era que ingresaran jóvenes no menores a 15 años.

“Uno tenía que trabajar, apoyar en la familia. Nunca pude estudiar lo que yo quería, algo relacionado a la literatura”, explica el autor de Mártires de Fundidora. Crónica de una tragedia casi olvidada, El asesinato de Fundidora y Fundidora en el recuerdo.

Sus 30 años de trabajo en la acerera lo llevaron a recorrer cada uno de los departamentos, recolectando anécdotas y recuerdos de las experiencias con los compañeros trabajadores.

Su labor como cronista inició justamente tras el cierre de la industria, en 1986. Se animó a escribir tras la campaña difamatoria, que asegura, se levantó en algunos medios de comunicación acusando a los trabajadores de la quiebra.

“Cuando nos corrieron yo me dediqué a arreglar climas y boilers, y ya con más tiempo empecé a entrevistar a los familiares de los obreros fallecidos porque por mucho tiempo nadie quiso hablar de ése accidente”.

El historiador Jesús Ávila Ávila comenta que “nacer sano, trabajador y rebelde” eran características de quien nacía en la familia Fundidora.

Aurelio Guerra Pérez  es una muestra de ello, pues quien en sus 20 años de trabajo vivió muy de cerca el movimiento sindicalizado que los llevó a ser vetados de muchas de las empresas de Monterrey.

“Donde te tocara, te podía tocar como ayudante de carpintero, como soldador, o andar en las alturas en montaje”.

Los tiempos eran de esfuerzo, trabajo y no tanta riqueza. De niño, Aurelio Guerra Pérez no pudo cursar su educación en la Escuela “Adolfo Prieto” por una simple condición: no tenía zapatos.

Describe que al ingresar a la escuela los niños eran revisados meticulosamente en su higiene personal. Uñas, oídos y cabello limpios y su uniforme debía presentarse impecable.

Alberto Casillas señala que la acerera fue la primera empresa en ofrecer salud, vivienda y educación a las familias de los trabajadores.

“Se quería que todo el ciclo se cumpliera aquí: desde que nacían en la maternidad Fundidora hasta que se retiraran como empleados”, apunta.

El movimiento sindical en la década de los 30 fue un proceso importante para la clase obrera de la región. En 1935 se empiezan a formar los sindicatos independientes, también llamados ‘rojos’, no sólo en Fundidora sino también en Peñoles y en la American Smelting Company.

“Vino Lázaro Cárdenas en marzo de 1936 y recibió a una comitiva del departamento de aceración en la estación Unión. Le plantearon el problema de los 36 empleados despedidos e inmediatamente ordenó a su responsable de conflictos laborales arreglar el problema”, recuerda Aurelio Guerra.

Y también las mujeres

María de Jesús Garza, María Elena Pérez, Gloria Casas y María Dolores Puente compartieron sus experiencias como parte de la familia del Elefante de Acero.

Todas coincidieron en su orgullo por haber formado parte de la primera acerera del país aunque también hicieron hincapié en reconocer el trabajo de hombres y mujeres, pues se sienten difamados tras el cierre de la empresa el 10 de mayo de 1986.

“La sociedad de México le debe una disculpa a los y las trabajadoras de Fundidora por todo lo que se dijo tras el cierre”, apuntó enfática María Dolores Puente, quien laboró en el departamento administrativo.

Su participación fue variada, por ejemplo María de Jesús Garza formó parte de las primeras cinco mujeres ingenieras químicas en la planta; Gloria Casas se desempeñó en la modificación del Molino 46, mientras que María Elena Pérez lo hice en relaciones laborales.

“Fui la primera que se enteró del cierre de la empresa. Cuando me autorizaron a decirlo, fue muy difícil”, expresó María Elena.

Se habla que fueron entre 80 y 100 las mujeres que laboraron en la Fundidora, aunque el cronista e investigador Esteban Ovalle asegura pudieron ser hasta 300.

“¿Por qué no nos veían? Pues porque estábamos atrás del hombre, como siempre. Pero aquí estamos, compartiendo porque también nosotras tenemos recuerdos”, agregó Puente.

Cultura

Pareciera increíble que en medio de tanto hierro, acero y carbón se detonara la cultura. Pero hoy en día el Parque Fundidora le dio una vocación distinta a lo que fue la primera siderúrgica de América Latina.

Desde su operación en marcha el 5 de agosto de 1903 (NOTA, no confundir con firma del Acta en 1900), los directivos tenían conciencia que la fotografía y la publicidad serían su mejor carta de presentación.

Hoy la Fototeca del Estado cuenta con un acervo de 45 mil imágenes que narran el nacimiento, desarrollo y el cierre de la Fundidora de Fierro y Acero de Monterrey.

Las imágenes han sido cuidadas y clasificadas desde 1999 por Alberto, quien contó con la guía de Manuel González Caballero, extrabajador de la Fundidora, quien apoyó en la identificación de maquinaria, personajes y espacios de la acerera.

“El primero del que se tiene registro es Guillermo Kahlo, esto en 1906. Fue quien registró el inicio de la Fundidora así como de sus productos con fines publicitarios”, refiere Casillas.

Después llegaron nombres como el de Refugio Z. García, Lauro Leal Salinas, Plácido Bueno o el de Eugenio Espino Barros, quienes retrataron la vida “dentro y fuera” de la acerera más importante de la ciudad.

Las fotografías dan referencias sobre cómo se vivía dentro de la Fundidora, pues además de las imágenes de los trabajadores posando junto a las grandes moles de acero, también se muestran los bailes y representaciones teatrales, las comidas y ceremonias cívicas, así como las visitas de expresidentes del país.

Por ejemplo, para conocer cómo era la antigua Colonia Acero que se ubicaba al interior de lo que hoy es el parque habría que acudir una la fotografía que hiciera Refugio Z. García.

“Ellos hicieron una especie de bitácora constructiva sobre las obras de expansión de la empresa”, comenta Casillas.

Pese a su riqueza, Alberto Casillas menciona que hasta hace años el acervo era poco conocido entre los regiomontanos. Fue gracias a las publicaciones Imágenes de Nuestra Memoria y Eugenio Espino Barros. Fotógrafo moderno, ambos editados por Conarte.

“Gracias a estos libros, mucha gente pudo conocer el fono gráfico de la Fundidora”, señala.

Ahora un Parque

Hoy convertido en un parque público, bajo el diseño del arquitecto Oscar Bulnes a comienzos de la década del 90 del siglo pasado, es posible recorrer las chimeneas, hornos y diversa maquinaria y darles su dimensión artística y cultural.

Por ejemplo están las chimeneas del Alto Horno número 1, hoy declaradas como Patrimonio Artístico de la Nación por el Instituto Nacional de Bellas Artes. O bien, el Alto Horno número 3 que se restauró en 2007 y ahora es el Museo del Acero.

“Fueron instalados entre 1900 y 1903, y es el único modelo en México. La Sociedad Americana de los Metales indica que no hay otro en Latinoamérica”, indica Casillas.

Otra historia es el sótano de la Nave Sopladores. Hace frío y casi no hay luz, lo que provoca que la penumbra esconda lo estético que puede ser una máquina instalada en 1943.

Es cuando se lanza el flash de la cámara en donde uno puede ver los remaches dorados sobre un fondo negro, con las iniciales “RI” al frente. A esta pieza se le llamó en su momento “Turbosoplador del Alto Horno número dos”, y su llegada significó la renovación tecnológica de la fundidora en la década de los 40.

“En su época, los industriales no consideraban a esto como un patrimonio, o no apreciaban la belleza estética que nosotros vemos ahora”, detalla Casillas.

Casillas recuerda que el Horno Uno estuvo a punto de desaparecer en los 70, y se salvó gracias a la intervención de la Sociedad Americana de los Metales.

“Ellos (la sociedad americana) nombra al sitio como monumento histórico relevante, por lo que los industriales ya no pudieron derrumbarlo”, explica.

Misma suerte no corrió el horno número dos, que fue desmantelado y vendido a una empresa de oriente. Lo mismo sucedió con gran parte de la maquinaria en Nave Lewis, que desapareció por los altos costos que generaba a la acerera.

Las leyendas y comentarios en torno a aparecidos no cesan en todo el parque y en cada una de sus naves.

Los más “aparecidos” son los niños y enfermeras, aunque también lo hacen ex trabajadores. Quienes alimentan estas historias son los guardias de seguridad de espacios como la Nave Sopladores o Nave Lewis, aunque también al propio protector del archivo histórico.

“Ahí es un niño es que la mayoría hemos visto, tanto los que trabajamos aquí como los visitantes. Al principio sí te causa cierto temor, pero después nos acostumbramos pues no hacen nada malo”, afirma el historiador.

Los sótanos son la parte preferida para estos actos. Así se explica el temor a visitar el de Sopladores –por donde aseguran transita un extrabajador- o el de Nave Lewis –en donde se aparece un niño y un obrero con el rostro quemado.

Y ya no hablemos de las enfermeras, a quienes aseguran haber visto en: al interior de la Nave Sopladores; en las aulas de la Escuela Adolfo Prieto, en un andador cercano al Paseo Internacional de la Mujer.

“Al comienzo si da miedo, pero uno se acostumbra después”, indica el guardia quién vigila la Nave Lewis.

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