Al DíaInvestigación

Al poeta Rubén Darío, le dijeron también “comes y te vas”

La versión del bardo nicaragüense que sufre en carne propia los desaires del gobierno porfirista al evitar que acuda a la Ciudad de México como diplomático oficial nicaragüense, obligándolo a permanecer estacionado en Veracruz, a fin de no incomodar a los yanquis que habían invadido su país y derrocado a cuando menos un presidente

Rubén Darío, poeta y diplomático nicaraguense

Luis Alvarado

Acorde al primer Centenario de la Independencia de México, un fascinado Porfirio Díaz Mori en la presidencia organizaba desde inicios del año 1910 majestuosas ceremonias y monumentales obras para esa celebración.

No era para menos pues buscaba empatar la ceremonia del Grito de Independencia con su natalicio en el 15 de septiembre, día y mes en que nace en 1830 en Oaxaca.

En este primer siglo del inicio del México emancipado, agitados normalistas y universitarios protagonizarían una de las primeras protestas estudiantiles contra el dictador acusándolo de obedecer los designios del gobierno yanqui, señalado como el derrocador del régimen liberal en Nicaragua.

Y por evitar recibir al representante oficial de ese país centroamericano, el poeta y diplomático Rubén Darío a fin de no incomodar a la delegación yanqui que también acudían a las fiestas, pues éste gobierno había financiado el derrocamiento del presidente liberal José Santos Zelaya, quien había enviado al bardo al festejo mexicano.

En la glorificación de esta histórica celebración azteca, todos los días de septiembre se festejaba o inauguraban grandes obras, exposiciones o monumentos como el Angel de la Independencia, el Hospital Siquiátrico Castañeda, obras de agua y drenaje en la capital, Hemiciclo a Juárez, monumento a Cuauhtémoc, avenidas y otros.

La inversión rondaba los 20 millones de pesos, algo que no agradó a la población humilde, pues el precio de la tortilla de maíz aumentaba en lugar de ser subsidiado con los dineros de la fiesta.

Él creyó que su agravio fue el detonante de la revolución

Esta es la historia basada en la versión del poeta nicaragüense, primer incidente aproximado al “comes y te vas” en la historia política internacional mexicana en que la víctima sería el embajador Félix Rubén García Sarmiento –Rubén Darío-.

Quien aparte de no ser ratificado como embajador por su nuevo gobierno, sufre la pena adicional de quedar pobre, viéndose precisado a pedir o aceptar ayuda de mexicanos y extranjeros tanto en Veracruz donde queda anclado como en La Habana, a donde se retira.

Juan José Estrada Morales

Su caso fue semejante a la humillación inferida por el entonces presidente mexicano Vicente Fox al presidente cubano Fidel Castro en marzo del 2002 en la Cumbre de las Américas celebrada en Monterrey por la ONU, en la que le pide “amistosamente” que no estuviera en la cena de jefes de Estado, sino comiendo y retirándose antes de la llegada de éstos fin de no molestar con su presencia a su homólogo estadounidense George Bush.

Darío moriría en febrero de 1916 creyendo que su agravio fue el detonador de la revolución mexicana al ser los estudiantes mexicanos inconformes con su rechazo oficial los iniciadores de protestas que desembocarían en la calle donde vivía don Porfirio.

El 4 de septiembre llegaba a Veracruz el poeta nica, pero por presiones de Estados Unidos no sería recibido como representante diplomático de su país, por haber sido derrocado por los yanquis el gobierno que lo  designa al salir de su país.

Finalmente Rubén Darío declina asistir en calidad de invitado de honor que le ofrecían y sale a Cuba.

Darío es nombrado ministro (embajador) nicaragüense en España, a donde llegaría no sin antes entrevistarse en Paris, Francia con su relevado Medina y a tres días de la entrega de cartas credenciales su presupuesto era tan pobre que no tenía ni para un traje acorde, salvándolo su colega colombiano al prestarle el suyo.

Las causas de la intervención

En esos días de agosto de 1910 se produce la traición de José Dolores Estrada en Nicaragua y con ello la caída de Zelaya.

Santos Zelaya, sentado, y Rubén Darío, parado a la izquierda

“Este quiso evitar la intervención yankee y entregó el poder al doctor Madriz, quien pudo deshacer la revolución, en un momento dado, a no haber tomado parte los Estados Unidos, que desembarcaron tropas de sus barcos de guerra para ayudar a los revolucionarios”, refiere Rubén en su obra La vida de Rubén Darío escrita por él mismo (Biblioteca Ayacucho, Caracas, V.,1991).

Un año antes, Zelaya provoca la ira de los gringos cuando manda fusilar a dos terroristas gringos aliados con sus enemigos conservadores, juzgados por dinamitar dos puentes e intentar explotar barcos de la marina nica.

Zelaya por su lado marcó distancia de los yanquis cuando éstos deciden construir un canal interoceánico por Panamá en lugar de hacerlo por zona nicaragüense como habían acordado inicialmente.

En este libro autobiográfico, Rubén escribe: “Madriz –José Madriz Rodríguez- me nombró Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario, en misión especial, en México, con motivo de las fiestas del Centenario. No había tiempo que perder, y partí inmediatamente”.

Refiere que “En el mismo vapor que yo iban miembros de la familia del presidente de la República, general Porfirio Díaz, un íntimo amigo suyo, diputado D. Antonio Pliego, el ministro de Bélgica en México y el conde de Chambrun, de la legación de Francia en Washington. En la Habana se embarcó también la delegación de Cuba que iba a las fiestas mexicanas”.

Ahora derrocan a Madriz

Añade que por un periódico de La Coruña, España se entera que su jefe Madriz había sido depuesto, sin dar crédito a la noticia, la cual confirmaría al hacer escala en La Habana.

“Envié un cablegrama pidiendo instrucciones al nuevo gobierno y no obtuve contestación alguna. A mi paso por la capital de Cuba, el Ministro de Relaciones Exteriores, señor Sanguily, me atendió y obsequió muy amablemente”, escribe.

Agrega en sus memorias: “Al llegar a Veracruz, el introductor de diplomáticos, Sr. Nervo (Rodolfo, hermano del poeta Amado Nervo), me comunicaba que no sería recibido oficialmente, a causa de los recientes acontecimientos, pero que el gobierno mexicano me declaraba huésped de honor de la nación. Al mismo tiempo se me dijo que no fuese a la capital, y que esperase la llegada de un enviado del ministerio de Instrucción Pública.

Esto mientras que en Veracruz, “en la bahía, en barcos empavesados y por las calles de la población, daban vivas a Rubén Darío y a Nicaragua, y mueras a los Estados Unidos. El enviado del Ministerio de Instrucción Pública llegó con una carta del ministro, mi buen amigo D. Justo Sierra, en que en nombre del presidente de la República y de mis amigos del gabinete, me rogaban que pospusiese mi viaje a la capital”.

El gobierno porfirista que un año antes, en 1909, había ayudado a salir de su país a Zelaya enviando el buque Guerrero a rescatarlo de las sublevaciones fomentadas por los norteamericanos, ahora privilegiaban las atenciones a la delegación estadounidense encabezada por funcionarios del departamento de Estado y el embajador ante México, Henry Lane Wilson.

“Espere a que se vayan los gringos”

El poeta vería algo contrastante en la tierra jarocha; el gobernador civil le decía que podía quedarse unos días esperando que partiese la delegación de los Estados Unidos para su país, para luego irse a la capital y el gobernador militar le daba a entender que aprobaba la idea de Rubén de retornar en el mismo vapor para la Habana… “Hice esto último”, observa.

“Pero antes visité la ciudad de Jalapa, que generosamente me recibió en triunfo. Y el pueblo de Teocelo, donde las niñas criollas e indígenas, regaban flores y decían ingenuas y compensadoras salutaciones. Hubo vítores y músicas. La municipalidad dio mi nombre a la mejor calle”, escribe.

Recuerda que “en Veracruz se celebró en mi honor una velada, en donde hablaron fogosos oradores y se cantaron himnos. Y mientras esto sucedía, en la capital, al saber que no se me dejaba llegar a la gran ciudad, los estudiantes en masa, e hirviente suma de pueblo, recorrían las calles en manifestación imponente contra los Estados Unidos”.

En Teocelo Una niña se acercó a la ventanilla del tren y le dio a Darío una gran piña perfumada y dorada: “Señor, yo no tengo qué ofrecerle más que esto” .

 Bernardo Reyes le ayuda económicamente

Rubén Darío en Teocelo, Veracruz. Aquí debe estar la niña humilde que le regala una piña

Afirma seguro: “Por la primera vez, después de 33 años de dominio absoluto, se apedreó la casa del viejo Cesáreo (Porfirio Díaz) que había imperado. Y allí se vio, se puede decir, el primer relámpago de la revolución que trajera el destronamiento”.

Rubén Darío concluía así su malogrado viaje a las fiestas porfirianas del Centenario de la Independencia.

A su regreso a La Habana, la onerosa ciudad le cobra los escasos fondos y se ve precisado a permanecer por dos meses, donde sobrevive gracias al apoyo económico de amigos mexicanos, brasileños y del general y ex gobernador nuevoleonés en el exilio en Europa, Bernardo Reyes

Del nuevo gobierno nicaragüense a cargo de Juan José Estrada no recibe respuesta alguna a sus pedidos para ratificar sus credenciales como embajador, por lo que el bardo supone que  “si a estas horas no las ha mandado directamente al gobierno español, yo continúo siendo el representante de Nicaragua ante su majestad católica”, según escribe en esa autobiografía redactada en septiembre-octubre de 1912 en Buenos Aires, Argentina.

Comment here

A %d blogueros les gusta esto: