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11-S, la herida abierta: el día que EU descubrió que también era vulnerable

11-S, la herida abierta: el día que EU descubrió que también era vulnerable
  • Publicadoseptiembre 11, 2026
  • A 25 años del ataque contra las Torres Gemelas y el Pentágono, el mundo sigue viviendo bajo las consecuencias de una tragedia que transformó la seguridad, justificó guerras, restringió libertades y exhibió los límites del poder estadounidense.

Nueva York. – La mañana del 11 de septiembre de 2001, Estados Unidos despertó convencido de que su territorio era prácticamente inexpugnable. Menos de dos horas después, las Torres Gemelas ardían y se derrumbaban en el corazón financiero de Nueva York; una sección del Pentágono estaba destruida y un cuarto avión se había estrellado en Pensilvania.

No fue una escena concebida por un guionista de Hollywood. Fue una operación terrorista real, coordinada y suicida que utilizó aviones comerciales llenos de pasajeros como proyectiles contra algunos de los símbolos más poderosos de Estados Unidos.

Aquel martes, el país más poderoso del planeta descubrió frente a las cámaras de televisión que también podía ser herido.

Los ataques perpetrados por 19 integrantes de Al Qaeda dejaron 2 mil 977 personas asesinadas, procedentes de más de 90 países, sin contar a los terroristas. A ellas se sumaron, con el paso de los años, cientos de rescatistas, policías, bomberos, trabajadores y habitantes de Nueva York que enfermaron o murieron por la exposición al polvo y las sustancias tóxicas liberadas durante el derrumbe.

El 11-S no solamente destruyó edificios. Derrumbó certezas, modificó las relaciones internacionales y abrió una etapa marcada por la vigilancia, las intervenciones militares, el miedo al terrorismo y la expansión de los aparatos de seguridad.

A las 8:46 de la mañana, el vuelo 11 de American Airlines se impactó contra la Torre Norte del World Trade Center. Al principio, algunas cadenas de televisión hablaron de un posible accidente.

Diecisiete minutos después, a las 9:03, el vuelo 175 de United Airlines chocó contra la Torre Sur. La segunda explosión, transmitida en vivo, eliminó cualquier duda: Estados Unidos estaba bajo ataque.

A las 9:37, el vuelo 77 de American Airlines se estrelló contra el Pentágono, sede del Departamento de Defensa y representación física del poder militar estadounidense.

Un cuarto avión, el vuelo 93 de United Airlines, cayó a las 10:03 en un campo de Shanksville, Pensilvania, después de que pasajeros y tripulantes intentaron recuperar el control de la aeronave. Las investigaciones concluyeron que probablemente se dirigía hacia el Capitolio o la Casa Blanca.

La Torre Sur se desplomó a las 9:59. La Torre Norte cayó a las 10:28. En menos de dos horas desapareció del horizonte de Manhattan el complejo que durante décadas simbolizó la fortaleza financiera y comercial de la primera potencia mundial.

La operación fue ejecutada con una combinación de fanatismo, planeación y aprovechamiento de las vulnerabilidades del sistema de aviación. Los terroristas no necesitaron bombarderos, misiles ni ejércitos: convirtieron la infraestructura civil de Estados Unidos en el arma para atacarlo.

La Comisión Nacional del 11-S estableció posteriormente que el atentado fue impulsado por Osama bin Laden y Al Qaeda. También documentó fallas de inteligencia, coordinación y prevención. Su conclusión más inquietante fue que no se trató únicamente de una falla operativa: hubo una “falla de imaginación”. Nadie en los niveles más altos del gobierno había previsto adecuadamente un ataque de esas características.

Del dolor a la guerra

Durante los días posteriores surgió una solidaridad internacional pocas veces vista. Gobiernos aliados, adversarios y sociedades enteras expresaron su respaldo al pueblo estadounidense. Sin embargo, esa solidaridad comenzó a erosionarse cuando Washington convirtió la tragedia en el punto de partida de una guerra global.

El gobierno de George W. Bush invadió Afganistán en octubre de 2001 para destruir las bases de Al Qaeda y derrocar al régimen talibán que protegía a Bin Laden. Dos años después atacó Irak bajo el argumento de que Saddam Hussein poseía armas de destrucción masiva.

Las armas nunca fueron encontradas y no se probó que el gobierno iraquí hubiera participado en los atentados del 11-S.

Ese fue uno de los grandes quiebres morales y políticos de la época. Estados Unidos pasó de ser la nación agredida y respaldada por buena parte del mundo a convertirse, para millones de personas, en una potencia que utilizó el miedo y la conmoción para justificar una invasión cuestionada.

La ocupación de Irak, las imágenes de torturas en la prisión de Abu Ghraib, las detenciones sin juicio en Guantánamo, las víctimas civiles y el fracaso de la reconstrucción dañaron severamente la autoridad moral estadounidense.

Osama bin Laden fue localizado y asesinado por fuerzas especiales de Estados Unidos en Pakistán en 2011. Pero la eliminación del dirigente de Al Qaeda no cerró la historia. Diez años después, en agosto de 2021, Washington abandonó Afganistán y los talibanes recuperaron el poder.

La guerra más larga de Estados Unidos terminó prácticamente en el mismo punto político donde había comenzado.

El costo de la respuesta estadounidense resultó incomparablemente mayor que el de la operación que originó las guerras.

El proyecto Costs of War de la Universidad Brown calcula que Estados Unidos gastó o comprometió más de 8 billones de dólares —millones de millones— en las guerras y operaciones posteriores al 11-S. Parte considerable de esos recursos fue financiada mediante deuda y las obligaciones de atención a veteranos continuarán durante décadas.

La investigación estima que más de 940 mil personas murieron directamente por la violencia en las principales zonas de guerra posteriores al 11-S. De ellas, más de 432 mil eran civiles. Al sumar las muertes indirectas ocasionadas por enfermedades, hambre, desplazamiento y destrucción de infraestructura, el saldo podría ubicarse entre 4.5 y 4.7 millones de personas.

Asimismo, alrededor de 38 millones fueron desplazadas de sus hogares en Afganistán, Pakistán, Irak, Siria, Libia, Yemen, Somalia y Filipinas. Son estimaciones académicas, no un conteo definitivo, pero muestran la dimensión de una respuesta cuyos efectos superaron ampliamente las fronteras estadounidenses.

El atentado que mató a casi 3 mil personas terminó provocando una cadena de guerras, represalias y decisiones políticas cuyo costo todavía no puede calcularse por completo.

El 11-S también cambió la vida cotidiana.

Los aeropuertos instalaron controles más estrictos; se reforzó la inspección de equipajes y pasajeros; proliferaron las cámaras de reconocimiento y los gobiernos ampliaron sus facultades para intervenir comunicaciones, rastrear movimientos financieros y almacenar información personal.

En Estados Unidos se aprobó la Ley Patriota y se creó el Departamento de Seguridad Nacional. Veintidós agencias y oficinas fueron integradas en una enorme estructura encargada de proteger el territorio.

Muchas de esas medidas ayudaron a prevenir nuevos ataques, pero también abrieron un debate que continúa vigente: ¿cuánta libertad está dispuesta a entregar una sociedad a cambio de sentirse segura?

La persecución del terrorismo igualmente produjo abusos, detenciones arbitrarias y discriminación contra comunidades musulmanas, árabes y migrantes. El miedo se convirtió en instrumento político y, en algunos momentos, en una autorización para suspender derechos.

¿Perdió Estados Unidos el respeto del mundo?

El ataque no acabó de inmediato con el poder estadounidense. Estados Unidos conservó la economía más influyente, el ejército más poderoso, una enorme capacidad tecnológica y el control de instituciones centrales del sistema financiero internacional.
Pero sí perdió algo esencial: la imagen de invulnerabilidad.

El 11-S demostró que una organización sin territorio, ejército regular ni armamento sofisticado podía golpear simultáneamente el corazón financiero y el centro militar de la superpotencia.

La pérdida de respeto internacional, sin embargo, no provino únicamente del ataque. También fue consecuencia de la respuesta.

La invasión de Irak sustentada en información falsa o equivocada; los abusos cometidos en nombre de la seguridad; el prolongado conflicto afgano y una retirada caótica deterioraron la credibilidad de Washington.

El terrorismo no derrotó militarmente a Estados Unidos, pero consiguió que destinara durante décadas enormes recursos humanos, económicos y políticos a conflictos que desgastaron su autoridad.

¿Comenzó ahí la caída del imperio?

Afirmar que el 11-S inició por sí solo la caída del “imperio del capitalismo” sería una simplificación. El poder estadounidense no se derrumbó junto con las Torres Gemelas.
Lo que comenzó a caer fue la idea de un mundo dominado sin contrapesos por una sola potencia.

Mientras Washington concentraba recursos en Afganistán e Irak, China fortalecía su economía, modernizaba sus fuerzas armadas y ampliaba su influencia comercial. Rusia recuperaba capacidad de intervención y nuevas potencias regionales exigían mayor participación en las decisiones mundiales.

El 11-S puede considerarse, más que el principio automático de la caída estadounidense, el momento en que quedaron expuestos los límites de su poder. Estados Unidos demostró que podía invadir países y destruir gobiernos, pero no necesariamente construir Estados estables, imponer democracias ni controlar las consecuencias políticas de sus intervenciones.

Tenía fuerza suficiente para ganar batallas, pero no siempre claridad para ganar la paz.

La reflexión 25 años después

La principal lección del 11 de septiembre es que ninguna muralla es completamente segura y ninguna potencia es invulnerable.
También demostró que el miedo puede llevar a las democracias a adoptar decisiones que, con el paso del tiempo, terminan debilitando los valores que dicen defender.

Al Qaeda consiguió destruir edificios y asesinar a miles de inocentes. Pero parte de su victoria estratégica consistió en provocar una reacción desproporcionada: guerras prolongadas, gastos multimillonarios, restricciones a las libertades y divisiones que todavía recorren al mundo.

Veinticinco años después, las Torres Gemelas ya no están. En el lugar que ocuparon quedaron dos grandes estanques hundidos, rodeados por los nombres de las víctimas. Son memoria, ausencia y advertencia.

El 11-S no derrumbó al imperio estadounidense, pero terminó con el mito de su invulnerabilidad. Le recordó al mundo que el poder militar no garantiza seguridad absoluta y que una nación puede debilitarse no solamente por el golpe de sus enemigos, sino también por las decisiones que toma cuando responde herida, humillada y dominada por el miedo.

Aquella mañana Estados Unidos perdió dos torres. Durante los años siguientes perdió parte de su autoridad moral, billones de dólares y miles de vidas en guerras lejanas.

La pregunta que permanece abierta, 25 años después, no es únicamente por qué ocurrió el ataque, sino si el mundo aprendió algo de sus consecuencias.

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La Talacha Noreste

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