Pedro Alonso Pérez

Pedro Alonso Pérezjulio 10, 2020
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26min0

PASADO Y PRESENTE

Frida en la memoria

Pedro Alonso Pérez

Ataviada con traje de tehuana, huipil, collares, aretes y otros productos de etnias originarias, Frida Kahlo llegó por última vez al Palacio de Bellas Artes. Su cuerpo inerte dentro de un ataúd gris, fue trasladado a esteemblemático recinto de la cultura para recibir homenaje fúnebre, eran las 7 de la tarde del 13 de julio de 1954.

Durante esa noche y la mañana siguiente desfilaron ante el féretro – adornado por grandes rosas rojas –familiares, amigos artistas, compañeros de lucha, admiradores y autoridades, dando el último adiós a la pintora. Las guardias silentes fueron múltiples, destacando en ellas grandes personalidades. Además de su esposo Diego Rivera, estuvieron el ex presidente Lázaro Cárdenas, Andrés Iduarte director del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), David Alfaro Siqueiros, Juan O´Gorman, Carlos Pellicer, Lola Álvarez Bravo y otros; desde luego, también varios militantes del Partido Comunista Mexicano (PCM), el partido de Diego y Frida. Uno de ellos y alumno de la artistaArturo García Bustos colocó sobre el ataúd una bandera roja con la hoz y el martillo, acción que generó polémica en la prensa conservadora y habría de provocar la renuncia del director del INBA a los pocos días. El anticomunismo se enseñoreaba en plena guerra fría.

Al mediodía, rumbo al Panteón Civil salió el cortejo fúnebre encabezado por Diego, Lázaro Cárdenas, Ituarte y el ingeniero Cesar Martino, entre la expectativa de la gente en la calle que observaba la marcha. Antes de la cremación, hablaron sobre la virtudes de Frida; Andrés Ituarte, Carlos Pellicer, Adelina Zendejas y Juan Pablo Haiz. Las cenizas de la pintora fueron entregadas al muralista Diego Rivera.

Todo lo anterior quedó registrado en la prensa de la Ciudad de México. Periódicos como Excelsior El Universal, recogieron información del deceso, homenaje e incineraciónRaquel Tibol en su libo: Frida Kahlo, una vida abierta agregaría que, saliendo del crematorio, los presentes entonaron La Internacionalbajo la dirección de Concha Michel. Querida y admirada por quienes le conocían, especialmente por sus más cercanos y camaradas, Frida solo era entonces una pintora, la esposa de Diego; pero lejos todavía de ser el icono que es ahora de la cultura mexicana, sin la fama y popularidad que ostenta en nuestro tiempoSu memoria se acrecentó con los añosy cristalizó su figura universal; no olvidemos que la primera obra de la pintura mexicana adquirida por el Museo Louvre de Paris, fue “El Marco” cuadro de Frida Kahlo.

Cuatro años después de su muerte, “la casa azul” de Coyoacán – lugar donde nació y murió nuestrasingular artista – se convirtió en el Museo Casa de Frida Kahlo. Inaugurado en julio de 1958 por Antonio Carrillo Flores, entonces secretario de Hacienda, Dolores Olmedo presidenta del Fideicomiso “Diego Rivera” y el ingeniero Marte R. Gómez, quién pronunció el discurso inaugural. Con dicho evento y el funcionamiento permanente de este espacio memorial se aceleró el conocimiento y valoración del legado cultural de Frida.

Recintos privilegiados de la memoria, los museos son parte del patrimonio cultural, que contribuyen a la investigación, conservación y difusión de la cultura. Precisamente, para conmemorar el 113 aniversario del natalicio de la pintora mexicana, los museos Casa Frida Kahlo y el Dolores Olmedoque integra la mayoría de colecciones de Frida, han organizado una serie de actividades culturales, artísticas y recreativasen sus plataformas digitales; este julio de 2020 no podría ser de otra manera por la pandemia que azota al mundo. No obstante, la “Semana de Frida” en realidad se extenderá por 10 días, incluyendo la fecha de su fallecimiento.

Con padre de ascendencia húngara, nacionalizado mexicano y madre oriunda de Morelia, Michoacán, Magdalena Carmen Frida Kahlo Calderón nació el 6 de julio de 1907 y murió el 13 de julio de 1954, a la edad de 47 años; su corta, atormentada, pero fructífera vida está íntimamente ligada a la historia de Diego Rivera y de la izquierda mexicana; y sobre todo la historia de nuestra cultura, no solo del arte. El pincel y la palabra de Frida, si bien pertenecen a México, rebasan las fronteras nacionales. En la faceta del ser mediado por el lenguaje, su biógrafa Raquel Tibol publicó en varias ediciones, desde 1999 hasta 2007, un libro titulado Escrituras de Frida Kahlo, donde recopila cartas y otros interesantes escritos de tan brillante mujer. Marte R. Gómez, amigo personal de Frida y Diego, y mecenas de ambos, disfrutó también esa relación humana, afecto, arte (Frida le hizo un retrato en 1944)y escritura de la reconocida pintora, como narra en Textos inéditos. Diego y sus mujeres. Por tal conocimiento y autoridad, las palabras pronunciadas sobre ella por el ingeniero tamaulipeco en 1958, el día de la inauguración del Museo Casa de Frida Kahlo,continúan resonando en nuestros días para la memoria mexicana:

“Se pintó a si misma más que a nadie y pintó también a quienes más quiso puesto que, por ejemplo, siempre tuvo a Diego en el pensamiento. Pero nunca se calcó, así es que en sus retratos fue introduciendo nuevos elementos y variantes, que hacen de su iconografía un inapreciable documento autobiográfico.

Así la verán las generaciones, siempre igual, pero siempre distinta, mostrando en cada caso facetas, reflejos y contrastes, que nos permiten entender hoy que a pesar de lo mucho que admiramos su arte; que independientemente del afecto amistoso con que supo ganarnos; jamás acabamos de conocerla y que se fue sin que apreciáramos la rica, variada, originalísima gama de matices, tonalidades y sonoridades en que su poliédrica originalidad rebosaba.”


Pedro Alonso Pérezjunio 25, 2020
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PASADO Y PRESENTE
Himno, identidad y poder portesgilista en 
Tamaulipas
Pedro Alonso Pérez
El 28 de enero de 1926, los acordes sonoros de un canto  victorioso colmaron el Teatro de la Reforma, ante la emoción y nutridos aplausos del respetable. Fuera del recinto decimonónico caía la noche fría sobre el río Bravo; pero dentro, el júbilo y el calor humano arreciaban. Ubicado en primera fila Emilio Portes Gil disfrutaba el espectáculo musical y, a punto estaba de tomar una decisión que, a la postre, resultaría trascendente para la entidad que gobernaba.
Casi concluía el primer año de su mandato constitucional cuando Portes Gil llegó a Matamoros, pues esta fronteriza ciudad celebraba entonces el centenario de su nombre moderno y el gobernador acudía para «coronar a Su Graciosa Majestad, la señorita doña Consuelo Zolezzi» reina de tan alegres fiestas, dice Arturo Zarate Ruiz en, Matamoros: textos y pretextos de identidad.
Aquella noche, el mandatario escuchó el Canto a Matamoros, interpretado oficialmente por vez primera, a cargo de un grupo coral y las bandas de música del estado y municipal. Parece que este canto se había estrenado antes en un ensayo o evento escolar el 18 de enero de 1926, en la Escuela Primaria Urbana “Juan José de la Garza” de aquella ciudad. Una antigua fotografía ubicada en el Archivo General e Histórico del Estado de Tamaulipas (AGHET) da testimonio de este acontecimiento educativo.
Lo cierto es que, al concluir tan singular número artístico de esa noche festiva, el ejecutivo tamaulipeco contagiado por la emoción, se levantó de su asiento y subió al escenario a dirigir florido discurso, donde agradecía y felicitaba a intérpretes, directores e integrantes de las bandas musicales; al mismo tiempo solicitaba al público y en particular a Jesús María Cárdenas, presidente municipal de Matamoros, le autorizaran proponer que ese canto se convirtiera en himno dedicado a todo Tamaulipas. Naturalmente nadie se negó a tal petición, menos viniendo del fortalecido gobernante y caudillo del Partido Socialista Fronterizo (PSF), recién fundado en mayo de 1924.
Ocurrencia o espontaneidad ejecutiva de Portes Gil – llamado “el Jefe Nato” – la decisión de aquella noche se tornaría visionaria. Al menos, serviría para que la entidad contara en lo sucesivo con un himno propio y superara la extravagancia legal de tener al Cielito Lindo como himno local, según lo ordenaba un decreto de 1918, emitido durante el breve gobierno de Emiliano P. Nafarrate. Con los trámites legales y otros arreglos necesarios aquel canto dedicado a Matamoros se convirtió en Himno a Tamaulipas, como lo propuso Portes Gil; y al paso del tiempo, se decantó en clara señal de identidad regional, cultura cívica y pertenencia federalista de los tamaulipecos. «Viva Tamaulipas altiva y heroica/ La región que dormita/ en la margen del río». Así inicia el himno referido, sustituyendo el verso original de “Viva Matamoros altiva y heroica”. Ya con sus acordes transportados de canto a himno, años después se realizaron otros cambios durante el gobierno de Norberto Treviño Zapata en 1957, y desde entonces data la partitura todavía vigente. Todo este proceso fue la “invención de la tradición” en el sentido planteado por Hobsbawm, que en el caso tamaulipeco – como puede verse – surgió desde arriba y no se explicaría sin la voluntad política del poder.
Autores del himno que pronto dio identidad y orgullo a los tamaulipecos, fueron los músicos yucatecos: Rafael Antonio Pérez compositor de la letra y Alfredo Tamayo Marín creador de la música; ellos habían laborado antes por otros rumbos del país en las misiones culturales de José Vasconcelos, pero se incorporaron plenamente al proyecto educativo-cultural de Portes Gil en esta entidad norteña. Programas donde también destacaron reconocidos artistas locales, como Lorenzo Barcelata, Ernesto Cortázar, Antonio García Planes, Alberto Caballero y luego Agustín Ramírez con Carlos Peña, que sustituyeron a los dos anteriores, muertos en penoso accidente; todos integraron el grupo musical «Los Trovadores Tamaulipecos» de éxito nacional e internacional, y a quienes debemos piezas como «El corrido del agrarista» y «El Cuerudo Tamaulipeco», iconos musicales en la entidad, según recuerda el mismo Emilio Portes Gil en, Raigambre de la revolución en Tamaulipas. Autobiografía en acción.
Aquella década de 1920, durante la posrevolución, fue tiempo donde el naciente nacionalismo revolucionario se expresaba en México con diversas manifestaciones culturales y artísticas; el muralismo y la pintura serían el mejor ejemplo de ello, con Diego Rivera y Frida Khalo, entre otros ilustres personajes. Mientras en Tamaulipas el gobierno portesgilista otorgaba impulso a la música vernácula, con temas y ritmos que fomentaban la “identidad popular”, lo cual marcó definitivamente la memoria colectiva en este estado del noreste mexicano.

El mismo año que nació el Himno a Tamaulipas, Emilio Portes Gil terminó por imponerse a sus competidores internos en cruentas disputas políticas y electorales; la hegemonía portegilista como dirección intelectual y moral sobre las masas fue conseguida no solo mediante consensos, según han creído varios. Este proceso no se redujo a crear la Dirección de Estética y nombrar titular de ella al profesor Alfredo Tamayo en febrero de 1926 o al mantenimiento de programas culturales y políticas sociales; la coerción y la fuerza acompañaron otras decisiones gubernamentales: en enero habían destituido al presidente del Congreso Local, teniente coronel Herminio Rodríguez, anterior presidente del PSF vuelto contrario al gobernador; en abril, Portes mando sitiar el recinto legislativo con centenares de agraristas, siendo expulsados la mayoría de los diputados, y en septiembre varios adversarios fueron encarcelados. Está claro, en 1926 se consolidó el poder de Portes Gil derrotando a ex gobernadores coaligados y a los residuos del viejo partido liberal; conteniendo la influencia de Morones representada por la CROM y el Partido Laborista Mexicano (PLM); neutralizando al cacicazgo de los Carrera Torres y su Partido Socialista de Tamaulipas (PST). En fin, apoyado entre otros, por Marte R. Gómez, Juan Rincón, Federico Martínez Rojas, Pedro González, Magdaleno Aguilar y el profesor Graciano Sánchez, líder agrario llegado de San Luis Potosí, el portesgilismo se convirtió en hegemónico y su poder autoritario duraría alrededor de veinte años en Tamaulipas…


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Historias de espionaje político

Pedro Alonso Pérez

 

Espías y sus procedimientos son realidad cotidiana que puebla libros de historia y novelas históricas o policiacas. Durante el periodo de la revolución en México hubo muchas manifestaciones de espionaje y contraespionaje político y, desde luego, militar. Se vivieron al interior de los bloques revolucionarios, partidos o grupos políticos, gobiernos e incluso a nivel exterior, en las relaciones internacionales. Más cuando el proceso mexicano empató con los tiempos de la primera guerra mundial (1914-1918). Como fue el ahora conocido caso del telegrama Zimmermann, tratado magistralmente por Friedrich Katz en su brillante historia, La Guerra Secreta en México.

 

 

Aquí voy a referir otra historia, más doméstica y poco conocida, pero también centrada en el uso del telégrafo para este tipo de actividades secretas o al menos discretas. Ocurre durante el último año de vida y gobierno constitucional de Venustiano Carranza, en ambiente enrarecido por la disputa política con el ascendente caudillo Álvaro Obregón y en medio de la sucesión presidencial de 1920. Los protagonistas son: un desapercibido empleado público, Trinidad Wenceslao Flores, jefe del Departamento de Hacienda de los Telégrafos Nacionales; Roque Estrada, político revolucionario vinculado al obregonismo y Mario Méndez, director general de Telégrafos Nacionales. Alrededor de este triángulo aparecen, Carranza, Obregón y la lucha por el poder como trasfondo; pero sobre todo, aparece la “camarilla” carrancista, según llama don Trinidad W. Flores al grupo más cercano al presidente; integrado por Luis Cabrera, secretario de Hacienda e ideólogo de Carranza; Cándido Aguilar, a veces gobernador de Veracruz, otras secretario de Relaciones Exteriores, siempre yerno de don Venustiano; Juan Barragán, jefe del Estado Mayor; Paulino Fontes, director de los Ferrocarriles y el mencionado Mario Méndez, de Telégrafos; Gil Farías, secretario particular del presidente y Roberto Millán, gobernador del estado de México. Como puede advertirse – por las posiciones ocupadas – el poder de dicha “camarilla” no era menor.

Pretendían Carranza y sus cercanos mantenerse en el gobierno o crear adecuadas condiciones para imponer un sucesor propio y manejable como el ingeniero Bonilla, embajador en Washington; para lo cual, requerían descarrilar el tren político que significaba Obregón, candidato en abierta campaña opositora desde octubre de 1919. Para dichos propósitos, el control y uso de los medios de comunicación y transporte públicos resultaban fundamentales. El telégrafo era, en ese tiempo, el medio más efectivo, porque a diferencia del teléfono, cuya red era urbana y más limitada, aquel comunicaba prácticamente todo el país, llegando hasta sitios rurales muy distantes y lo mejor, permitía crear redes de espionaje con los propios telegrafistas, todo bajo control de su director. Y en eso consiste la trama de esta historia. En como Mario Méndez utilizaba este servicio público para apuntalar el proyecto político del que formaba parte; al tiempo que, “espiando” captaba noticias e informes sobre movimientos opositores, y pretendía bloquear o tergiversar si fuera el caso la información obregonista; en fin, manejar a conveniencia telégrafo y telegramas. Lo que nunca supo el director general de Telégrafos Nacionales, fue que don Trinidad Flores, burócrata con más de 25 años de antigüedad y obregonista convencido, en el propio seno de esta institución realizaba intensa labor de contraespionaje, revisando telegramas e informes de la “camarilla” y notificando por carta el contenido de los mismos, igual que otras actividades de los adversarios políticos. Para estas tareas, Flores se apoyaba en familiares y elementos de su confianza, todos partidarios de Obregón.

Se conoce más de un centenar de estas cartas – del 24 de mayo de 1919 al 19 de junio de 1920 – escritas con claridad y buena prosa, pues el autor poseía cultura y conocimientos suficientes para realizar ciertos análisis y reflexiones e imaginar escenarios políticos. La mayoría de estas misivas fueron anónimas, hasta después se supo que el destinatario era Roque Estrada y el remitente Trinidad W. Flores, porque las últimas si fueron firmadas con su nombre. Para muestra, este botón: en la comunicación fechada el 27 de mayo de 1920, informa Flores sobre el intercambio telegráfico entre dos altos militares a nombre de los generales Herrero y Pablo González: “El general telegrafió al general González, la madrugada (entre 4 y 5), del mismo día 17, en mensaje de TRES MIL palabras en clave todo; tres días después moría asesinado el señor Carranza.” Además da cuenta que una telegrafista, la señorita Guadalupe Robles, estaba dispuesta a declarar sobre esto, ante Obregón si fuera necesario; y agrega: “Como el telegrama en clave y otros dos que también dirigió Herrero al general González, no se encuentran en los legajos correspondientes, es de suponer que hubo órdenes de hacerlos desaparecer”, pero considera que pueden recuperase en el lugar de origen y en la oficina de Villa Juárez, recomendando comisionar un telegrafista de confianza – y propone un nombre – para “hurgar” en esos archivos por tan “preciados documentos” y ver si estos “encierran la solución del enigma de actualidad”.

Conviene preguntar, a esta altura del relato, ¿Cómo llegaron estas comunicaciones hasta nosotros? Álvaro Matute Aguirre (1943-2017), reconocido historiador mexicano las encontró en un archivo que perteneció a su abuelo materno, el general e ingeniero Amado Aguirre y Santiago (1863-1949), “quien desempeñó dos cargos que explican porque existe copia del documento entre los papeles que consideró dignos de rescatar del olvido”. En efecto, Amado Aguirre fue vicepresidente del Centro Director Obregonista (CDO) en 1920 y en 1921 fue secretario de Comunicaciones y Obras Públicas, de donde dependían los telégrafos. En el mencionado archivo de su abuelo – donado por el Dr. Matute al Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) – entre otras cosas, había un legajo con copias al carbón de estos documentos bajo el nombre “Historia de los telegramas cruzados durante la propaganda del C. Álvaro Obregón en su campaña electoral para presidente de los Estados Unidos Mexicanos”. Con este corpus documental y una introducción de su puño y letra, Álvaro Matute preparó un libro en el ya lejano año de 1983, publicado dos años después por la UNAM con el título: Contraespionaje Político y Sucesión Presidencial. No es texto muy conocido – parece tener solo la primera edición de 1985 – pero ahí, rescatada por el querido maestro, la pluma de Trinidad W. Flores cobra vida en su labor de contraespionaje, mostrando los intríngulis de la política y la descarnada lucha por el poder en aquel turbulento tiempo.


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El histórico discurso de Carranza en Matamoros 

Pedro Alonso Pérez 

 

El 29 de noviembre de 1915 Venustiano Carranza llegó a la ciudad de Matamoros, Tamaulipas. El Primer Jefe del constitucionalismo realizaba un recorrido por la frontera tamaulipeca consolidando su gobierno preconstitucional. Tan importante acción política solo fue posible tras las victorias militares del Ejército Constitucionalista sobre los ejércitos de la Convención en las batallas del Bajío. Antes, el 23 de noviembre, el Primer Jefe había estado en Nuevo Laredo celebrando un encuentro a mitad del puente internacional con Mr. James Ferguson, gobernador de Texas. Después fue a Reynosa, de paso rumbo a Matamoros. 

Al llegar a la ciudad fronteriza del extremo noreste, Carranza fue objeto de cálida bienvenida por autoridades y población matamorenses. Y pronunció entonces, desde uno de los balcones de la Aduana, palabras memorables que vale la pena recuperar. “La dictadura, como todas la tiranías, bajo una apariencia de progreso solo ha corrompido el alma nacional”, dijo el caudillo y continuó fogoso: “La Revolución Mexicana servirá de ejemplo a los pueblos de América Hispana, pidiendo a todos su cooperación y ayuda para la reconstrucción de la Patria”.   

Tal posicionamiento merecía especial atención, porque en Texas el impacto del proceso revolucionario mexicano era muy alto, desde dos años atrás, cuando Lucio Blanco ejecutara el reparto agrario de “Los Borregos”; además, el sur texano estaba convulsionado en ese tiempo por levantamientos armados de mexicanos y norteamericanos de origen mexicano que se rebelaban contra los maltratos sufridos a manos de “rangers”, jueces venales y rancheros explotadores. El “Plan de San Diego” rondaba entonces algunos condados texanos como amenaza de revolución social, y los vínculos de esta rebelión plebeya con el magonismo, eran más que evidentes, según lo muestra James Anthony Sandos en Rebelión en la frontera. Anarquismo y Plan de San Diego (1904-1923). Estos acontecimientos tensaban aún más las relaciones fronterizas entre México y su vecino del norte. 

 

Resultaba obligado en aquella gira el tema de política internacional, no solo por lo que ocurría allende el río Bravo, también por el marco de la Gran Guerra europea, que en 1915 estaba en sangriento curso y en la cual, pronto habrían de intervenir los Estados Unidos de América (EUA). Carranza aprovechó el banquete que se le ofreció ese mediodía, para externar un discurso que sería trascendente: “Los derechos de los diversos Estados, sean grandes o pequeños, débiles o poderosos; son iguales pues esa diferencia de Poder, no engendra diferencia de derechos”. El Primer Jefe y “Encargado del Poder Ejecutivo” estaba sentando bases que normarían las relaciones internacionales de su gobierno y de la Revolución mexicana. Continuó directo y claro su mensaje, diciendo: 

Ningún país debe pretender para sus nacionales, una situación mejor que la de los ciudadanos del país donde se establecen, ni hacer de su calidad de extranjeros un título de privilegio e inmunidad. La lucha nuestra será el comienzo de un hecho universal, que dé paso a una era de justicia, en la que se establezca el principio del respeto, que todos los pueblos grandes deben tener por los pueblos débiles. Deben ir acabando poco a poco todos los exclusivismos y todos los privilegios. El individuo que va de una nación a otra, debe sujetarse en ella a las consecuencias y no debe aspirar a tener más garantías ni mejores derechos, que los que tienen los nacionales. 

Discurso claro, oportuno y pronunciado en el espacio adecuado: la frontera internacional con el país que resultaría el más poderoso de la tierra al terminar la primera guerra mundial en 1918; país con quién México tenía, desde entonces, una relación difícil, compleja y asimétrica. Aquellas palabras de Venustiano Carranza en Matamoros, Tamaulipas, constituyen el origen de lo que luego se llamó “Doctrina Carranza”: el respeto al derecho ajeno y a la soberanía nacional, la no intervención y la autodeterminación de los pueblos. Principios que durante largo tiempo fueron base de la política exterior mexicana y norma inalterable de las relaciones de México con el mundo. Hasta que llegaron los neoliberales al gobierno, desmantelando discurso y práctica de las doctrinas “Carranza” y “Estrada” en los tiempos del “Consenso de Washington”.  

Por eso, reviste especial importancia el homenaje de Estado rendido a Carranza por el gobierno de la República, el pasado 21 de mayo, con motivo del centenario de su magnicidio. Venustiano Carranza Garza no fue adalid de la revolución social, ni como figura histórica ocupa lugar similar al de Zapata o Villa en el imaginario popular. Pero no hay duda, fue “arquitecto de las instituciones y el orden jurídico sobre los cuales se construyó el Estado mexicano del siglo XX.” Según dijo el Dr. Felipe Ávila en el discurso oficial de dicho aniversario luctuoso. 


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La huella de Librado Rivera en Tamaulipas

Pedro Alonso Pérez 

 

Un año después de salir de la prisión de Leavenworth, Kansas, Librado Rivera llegó a Tamaulipas, tras breve estancia en San Luis Potosí, su tierra natal. El viejo magonista arribó a Villa Cecilia (hoy Ciudad Madero) en la segunda mitad de 1924, sin ningún quinto en las bolsas, pero digno, cómo siempre, y con muchos ánimos de continuar la lucha.

 

 

Antes maestro de Historia y Geografía en la Escuela Normal de San Luis Potosí (su alma mater) y luego periodista opositor, había marchado al exilio en 1905 junto a los Flores Magón, para organizar desde el extranjero la revolución contra la tiranía porfirista. Formando parte de la dirigencia del Partido Liberal Mexicano (PLM), Librado vivió más de 18 años en distintas partes de los EE. UU, donde estuvo en prisión varias veces (sumando en conjunto más de 11 años) por sus ideas y acciones revolucionarias. La última vez, duró preso 5 años en Leavenworth, la misma cárcel donde, el 21 de noviembre de 1922, Ricardo Flores Magón murió en extrañas condiciones. A Rivera le conmutaron su pena por la deportación, así, fue enviado a México a finales de octubre de 1923. Tenía 60 años cuando llegó a Tamaulipas, convertido en reconocido militante de profundas convicciones anarquistas. El camarada más fiel de Ricardo Flores Magón.

Todavía se discute porqué escogió venirse a Tampico-Villa Cecilia y cuándo tomó esa decisión. El hecho es que, deportado por el gobierno norteamericano, Librado fue primero a San Luis Potosí a ver a su familia, estuvo allí pocos meses y recibió varias propuestas para quedarse en dicho lugar. Algunos grupos políticos le ofrecieron candidaturas a Senador y a diputado; el director de la Normal – un antiguo alumno suyo-  le ofreció una cátedra de nuevo; y, por si fuera poco, el congreso local votó un acuerdo para concederle pensión vitalicia al “precursor de la Revolución mexicana”; Librado todo rechazó, consideraba que su ideal anarquista no le permitía aceptar nada del Estado. Y se fue a Tampico a ocupar su lugar en la trinchera de la lucha social.

En esa decisión, probablemente pesaron dos razones: la primera, Tampico era entonces fuerte enclave económico y centro de productiva región petrolera que abarcaba el sur de Tamaulipas y el norte de Veracruz, un puerto cosmopolita a donde llegaban socialistas y anarquistas de varios países para organizar trabajadores; Tampico era la ciudadela del capitalismo en el golfo de México, escenario privilegiado de la lucha de clases y cuna de un potente proletariado industrial. La otra razón estaba en Villa Cecilia, asiento del grupo anarquista Los Hermanos Rojos que desde 1917 se había definido por las tesis magonistas del PLM. Librado vino a militar en este grupo y de inmediato se hizo cargo del periódico Sagitario, editado por ellos.

Tres corrientes se disputaban en ese tiempo la influencia sobre el movimiento proletario regional: la izquierda socialista representada por el anarcosindicalismo y el Partido Comunista Mexicano (PCM), que a veces se aliaban y siempre competían; la Confederación Regional de Obreros Mexicanos (CROM) que se había fundado en 1918 como expresión del sindicalismo amarillo, del reformismo gangsteril de Luis N. Morones; y el grupo político encabezado por Emilio Portes Gil y su Partido Socialista Fronterizo (PSF), recién fundado el 15 de mayo de 1924. En tal contexto sobresale la figura de Librado Rivera, por su intenso trabajo propagandístico, organizativo y de impulso a la educación y cultura anarquistas. Durante aquellos años, el movimiento social anarcosindicalista de la región se expresaba en la Confederación General de Trabajadores (CGT) fundada en 1921, la organización local de la International Workers of the World (IWW) y los grupos de “afinidad anarquista” como Los Hermanos Rojos y otros, que operaban al interior de organizaciones sindicales, gremiales o vecinales e impartían conferencias, creaban escuelas, talleres artísticos, bibliotecas y salas de lectura.

Desde octubre de 1924, Librado asumió la dirección de Sagitario. Semanario sociológico; con ello, el viejo magonista se convirtió en alma de Los Hermanos Rojos y en eje del movimiento libertario regional; incluso, su influencia se extendió nacional e internacionalmente. Librado Rivera publicó 38 números de Sagitario, desde el 11 de octubre de 1924 hasta el 20 de julio de 1927. Fue arrestado el 1 de abril de 1927, acusado de haber injuriado al presidente Calles, por dos artículos publicados en este periódico, donde defendía a los yaquis y afirmaba que Calles era un asesino por ordenar el exterminio de este pueblo indígena para arrebatarles sus tierras. Portes Gil era gobernador de Tamaulipas. No obstante ser considerado en círculos oficiales “precursor de la Revolución”, Librado fue sentenciado en mayo de 1927 a siete meses de prisión en el Penal de Andonegui y el 22 de agosto de ese año le cancelaron el registro del periódico, que ya no pudo continuar. Libre desde el 4 de noviembre de 1927, después fundó y dirigió Avante. Quincenal de Ideas, Doctrina y Combate del cual publicó 34 números, del 22 de febrero de 1928 al 30 de enero de 1930. Ahí continuó sus críticas y denuncias de los gobiernos “revolucionarios” con esta convicción: “nosotros no iniciamos la revolución para quitar a Porfirio Díaz y poner otro en su lugar. Nuestra misión era otra y bien distinta; nosotros luchábamos por ¡Tierra y Libertad!”. Pero la represión contra los movimientos sociales iba en ascenso.

En Julio de 1928, fue nuevamente detenido en Tampico para vincularlo al asesinato de Obregón, pero tuvo que ser liberado ante lo absurdo de la acusación. Tiempo después fue secuestrado en una prisión militar y torturado por el general Eulogio Ortiz, jefe de armas en la región, además fue destruida la imprenta de Avante y robados todos sus archivos. Era febrero de 1929 y Portes Gil ya era Presidente de la república. Finalmente, prohibido otra vez su periódico el 11 de febrero de 1930, Librado Rivera encarcelado por cuarta ocasión, fue trasladado por 25 soldados a la penitenciaría de la Ciudad de México el 1 de marzo de ese año. Terminó así su fructífera estadía de 6 largos años en Tamaulipas y terminaba también la vida de Los Hermanos Rojos.

La huella de tan singular personaje histórico quedó en los más de 50 artículos que escribió en Sagitario y Avante,  para revivir la memoria del magonismo, difundir sus ideas libertarias, apoyar huelgas obreras y luchas diversas y combatir a los gobiernos “revolucionarios”. Su impronta está en la historia de la lucha social, del sindicalismo petrolero, del anarcosindicalismo y del movimiento obrero que hay que rescatar del olvido. Por fortuna, además de la prensa, existen archivos y documentos donde rastrear esas huellas para recuperar aquel pasado.


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PASADO Y PRESENTE

Y se alcen los pueblos con valor…

Pedro Alonso Pérez

 

Coinciden varias y lúcidas voces en estos tiempos de pandemia, que el COVID-19 ha dejado al descubierto – entre otras cosas – por lo menos tres grandes aspectos contemporáneos: vulnerabilidad global, pues los virus y otros males llegan a todos los países más rápidamente en el marco de la llamada globalización; desigualdad social lacerante en el mundo– incluidos los países ricos- donde millones de pobres son los más afectados; y la necesidad de solidaridad internacional, para hacer frente a éste y otros retos que vienen. En este contexto, un grupo de notables intelectuales y políticos de izquierda de todos los continentes lanza la iniciativa de constituir una “Internacional Progresista”, para “fomentar la unión, coordinación y movilización de activistas, asociaciones, sindicatos, movimientos sociales y partidos en defensa de la democracia, la solidaridad, la igualdad y la sostenibilidad”.

Iniciativas como la que ahora construyen Noam Chomsky, Naomi Klein, Fernado Haddad, Yanis Varoufakis, Bernie y Jane Sanders, Álvaro Linera y David Adler entre otros, han existido en el pasado y dado a luz organizaciones y movimientos internacionales de trascendencia histórica que conviene recordar.

El 28 de septiembre de 1864 se fundó en Londres la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT). En la entonces principal metrópoli del capitalismo decimonónico se desarrolló un concurrido mitin en solidaridad con el pueblo de Polonia, aplastado por las potencias europeas de la época. Bajo la presidencia del profesor Beesly, catedrático de Historia en la Universidad de Londres, y con asistencia de obreros alemanes, franceses, suizos, italianos, belgas y desde luego ingleses, este mitin realizado en St Martin Hall manifestó decidido apoyo a Polonia, pero también acordó construir la AIT para luchar a nivel general por la emancipación de la clase trabajadora. En el acto se nombró un Consejo General con representantes de los países que la integraron. Karl Marx fue uno de los delegados alemanes electo para ese centro director y pronto se convirtió en cerebro y líder de la organización internacional. Marx redactó los principales documentos constitutivos e históricos de la Asociación Internacional de Trabajadores, llamada simplemente “La Internacional”, y conocida después, al paso del tiempo, como la Primera Internacional. Aquella iniciativa potenció al naciente movimiento obrero internacional, haciendo surgir una nueva fuerza social y política en el concierto de las naciones europeas, que luego se extendió a otras latitudes.

En el continente americano se sintió ese eco de clase que impulsó a la organización de los trabajadores, sobre todo en los Estados Unidos, el país más industrializado al salir de la guerra civil. Conocida tal vez un poco tarde en México, la fundación de la Internacional también tuvo sus efectos entre las incipientes agrupaciones de trabajadores y artesanos mexicanos. Fue en la década de 1870 cuando la organización obrera y las ideas del “primer socialismo” empezaron a despuntar en el país, tras superarse la intervención francesa y el segundo imperio, bajo el mandato de Juárez al restaurarse la república. En 1871 nació “La Social”, primer intento de partido o agrupamiento ideológico que coordinara sociedades

 

 

mutualistas, organismos obreros y grupos de ideas socialistas; Plotino Rhodakanaty y Francisco Zalacosta la impulsaron y tuvieron acercamientos con la Sección Uruguaya de la AIT. Durante ese tiempo surgieron los primeros periódicos obreros “socialistas”, destacando entre ellos, El Socialista de Juan de Mata Rivera que publicó el Reglamento de la Asociación Internacional de Trabajadores el 10 de septiembre de 1871, y una nota titulada “La Internacional”, donde llamaba a los trabajadores mexicanos a sumarse a dicha organización. También El Hijo del Trabajo, y La Internacional que comenzó a circular el 1 de julio de 1878, son ejemplares de la prensa mexicana que reflejan el impacto de aquella organización y su programa internacionalista entre los jornaleros y artesanos de este país.

Logros importantes de aquella asociación obrera internacional fueron el impulso a las luchas sociales en el mundo, la defensa de los derechos del trabajo, la legislación obrera que empezó en varios países, el seguro y protección social, el desarrollo del pensamiento socialista, etc. No obstante, la Internacional fue minada por la represión contra ella, que siguió después de la derrota sangrienta de la “Comuna de Paris”, el primer gobierno de trabajadores en la historia.

Décadas posteriores conocerían otras iniciativas de organismos internacionales para el combate social. Como la actual, que busca integrar este 2020 en Reikiavik una Internacional Progresista en las nuevas condiciones. Pero el origen – no hay que olvidarlo – fue la Primera Internacional que legó al mundo la bandera roja de los trabajadores, recuperó el viejo lema de “Proletarios de Todos los Países, Uníos” y, sobre todo, nos heredó el himno La internacional, cuyos acordes continúan resonando en las luchas y movimientos sociales de nuestro tiempo.


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PASADO Y PRESENTE

Socialista mexicano sin revolución busca historia

Por Pedro Alonso Pérez

 

Estuvo en primera línea de la lucha obrera, hasta el día de su muerte en 1918. Desde la huelga de Cananea en 1906, aunque fueron otros quienes saborearon la gloria de esa historia, él siguió luchando como socialista en México y EUA.

Lázaro Gutiérrez de Lara nació en Monterrey, NL, el 23 de enero de 1870, con raíces profundas traídas desde Tamaulipas. Su bisabuelo, Bernardo Gutiérrez de Lara, nacido en Revilla, Nuevo Santander (luego Ciudad Guerrero, Tam.), fue insurgente con Miguel Hidalgo, quien le otorgó el grado de teniente coronel y lo comisionó para ir a Washington en su nombre, a gestionar apoyo norteamericano a la causa independentista de Nueva España. Don Bernardo fue después, el primer gobernador del naciente estado de Las Tamaulipas en 1824, y participó en la ejecución de Agustín de Iturbide en Padilla, acordada por la legislatura constituyente local, donde también era diputado su hermano, el presbítero José Antonio Gutiérrez de Lara.

 

Lázaro Gutiérrez de Lara Foto: INAH. Sistema Nacional de Fototecas

Por aquella relación familiar, equivocadamente varios historiadores y publicaciones habían considerado a Lázaro Gutiérrez de Lara nacido tamaulipeco (por ejemplo, el Diccionario Biográfico de Tamaulipas, entre otros). Pero estudios recientes han confirmado que nació en Monterrey y que sus padres fueron neoloneses: Felipe Gutiérrez de Lara (de Salinas Victoria) y Romana Salazar (de Cadereyta). Lázaro estudió de niño en la capital de Nuevo León hasta que, siendo

un joven de 18 años, su familia tuvo que trasladarse a la Ciudad de México, donde él ingresó a la Escuela Nacional de Jurisprudencia. Participó en la huelga estudiantil y las protestas de 1892 contra la cuarta reelección de Porfirio Díaz. Fue expulsado de aquella institución por este conflicto pero regresó tiempo después a terminar sus estudios, graduándose de abogado en 1898 con la tesis “La Marina Mercante Mexicana”.

Ejerció como profesional del derecho en el norte de México: en Parral, Chihuahua, fue juez de primera instancia en 1902; luego vivió en Sonora entre 1903 y 1906, en Arizpe fundó un periódico que duró poco, porque el abogado se dedicaba más, aquí y en Ures, a defender jurídicamente indios yaquis despojados de sus tierras. Llegó a Cananea cuando este pueblo minero era coto privado del coronel gringo William C. Greene, dueño de la Cananea Cooper Company y de cerca de medio millón de hectáreas en la región. Evidenciaba este poder Ignacio MacManus, siendo presidente municipal, tesorero de la compañía de Greene y también ciudadano norteamericano. En Cananea, Gutiérrez de Lara litigaba contra el magnate, defendiendo una viuda despojada de su rancho; por eso, allí conoció la cárcel por vez primera, acusado de haber robado leña. Vinculado al Partido Liberal Mexicano (PLM) que dirigía Ricardo Flores Magón desde el exilio, Lázaro llevaba también la defensa legal de Antonio de Pío Araujo, preso político por ser periodista y líder local del PLM. El periódico Regeneración desde San Luis Misuri denunciaba constantemente estas y otras injusticias. Así, en junio de 1906 estalló la gran huelga obrera; episodio bastante conocido, aunque poco se sabe de Gutiérrez de Lara, verdadero dirigente – ante la inicial posición dubitativa de Baca

Calderón y Manuel Diéguez – de aquella histórica lucha de Cananea, aplastada con brutalidad por la represión porfirista, incluidos los “rangers”.

Lázaro escapó a los EUA, donde escribió la novela Los Bribones (Los Ángeles 1907), recreando esos acontecimientos que acaba de vivir; se casó con Hattie Shea militante del Partido Socialista norteamericano – al que también pertenecía María Brousse, la mujer de Ricardo Flores Magón- y al cual se unió el propio Lázaro, además de colaborar con la dirigencia del PLM. Como hablaba buen inglés, enseñó español al grupo norteamericano que apoyaba la causa revolucionaria mexicana; entre ellos, John Kenneth Turner, a quién acompañó clandestinamente a México en 1908, para realizar los reportajes sobre explotación y esclavitud, publicados por el American Magazine de Nueva York y convertidos luego en el famoso libro México Bárbaro. Lázaro fue guía e intérprete de Turner en aquella travesía, peligrosa aventura que merecería contarse aparte.

De Los Ángeles se trasladó a Tucson. Siendo ya reconocido agitador revolucionario, Lázaro recorrió varias partes de la Unión Americana, dando conferencias e interviniendo en mítines de masas. Fue apresado en Arizona y amenazado con ser extraditado; pero el Partido Socialista organizó fuerte campaña nacional por su libertad, que colocó “la causa mexicana” en la agenda pública norteamericana. Libre por esa movilización, Gutiérrez de Lara compareció ante el Congreso americano, aumentando su fama y el repudio público al porfiriato. Concertado el levantamiento armado de 1910 con Madero, los liberales organizaron sus propias milicias y Lázaro cruzo la frontera de regreso para estar en la línea de fuego, bajo la bandera roja del PLM. Agravadas las diferencias de

Flores Magón con Madero, el partido se escindió dolorosamente: los anarquistas encabezados por Ricardo decidieron quedarse en el exilio y combatir a los maderistas, mientras los socialistas de Antonio I. Villarreal. Juan Sarabia y Lázaro Gutiérrez de Lara se fueron a la revolución e intentaron crear el ala izquierda del maderismo y del movimiento revolucionario.

En México, Lázaro se rebeló importante organizador sindical y acendró su militancia socialista. En 1911 estuvo en Coahuila impulsando la lucha en la zona minera, la organización obrera en “la laguna” y destacó dirigiendo las huelgas de Torreón. En 1912- 1913 participó en la formación de la Casa del Obrero Mundial y se integró al Partido Socialista mexicano que se reorganizaba. Escribió otras novelas e historias de lucha del pueblo mexicano y reanudó lazos con las agrupaciones norteamericanas, desarrollando actividad en ambos lados de la frontera; por eso en 1918, como dirigente de la Unión Minera de Arizona en huelga, se desplazó a Sonora para coordinarse con luchas obreras confrontadas con el constitucionalismo. El gobernador Plutarco Elías Calles en telegrama enviado a Carranza informó de la aprehensión del “famoso agitador” y se jactaba: “Ya ordené fuera pasado inmediatamente por las armas”. Gutiérrez de Lara fue fusilado sin juicio en el panteón de Saric, el 18 de enero de 1918: así, “la revolución” empezaba a devorar a sus propios hijos.

Javier Torres en La Revolución sin Frontera (2014) y Claudio Lomnitz, El regreso del camarada Ricardo Flores Magón (2016), recuperan bien este personaje histórico fronterizo; pero Lázaro Gutiérrez de Lara: intelectual revolucionario, socialista y escritor, sigue esperando una historia propia, amplia y comprensiva


Pedro Alonso Pérezabril 30, 2020
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PASADO Y PRESENTE

Por Pedro Alonso Pérez

El primer “Primero de Mayo” en México

 

El 1º de mayo de 1913 a las 10 de la mañana salió del Zócalo de la Ciudad de México una manifestación de 20 mil trabajadores, al frente llevaba una bandera rojinegra y tras ella un gran cartelón donde se leía: “ ni odios por razas ni discusión por credos. Para el obrero libertario no hay más religión que la del bien, ni más credo que la igualdad”. Los manifestantes avanzaron hasta el Hemiciclo a Juárez en la alameda donde realizaron candente mitin, ahí Rafael Pérez Taylor, Jacinto Huitrón, Antonio Díaz Soto y Gama y Epigmenio H. Ocampo, estremecieron con su verbo a la multitud.

Luego marcharon a la Cámara de Diputados para entregar un documento, reclamando, entre otras cosas, reglamentar la jornada laboral de ocho horas, legislar sobre accidentes de trabajo y se reconociera la personalidad jurídica de las agrupaciones sindicales, ninguneadas por muchos patrones. Fueron recibidos por los diputados Gerzayn Ugarte y Serapio Rendón, quienes se comprometieron a impulsar sus demandas dentro del parlamento; por los obreros, José Colado llevó la voz cantante. Después llegaron al Jardín de Santa Catarina a rendir homenaje al ferrocarrilero Jesús García Corona, el “Héroe de Nacozari”.

Por la noche, se llevó a cabo una velada en el Teatro Xicotencatl, donde Isidro Fabela pronunció el discurso oficial y Jacinto Huitrón y Epigmenio Ocampo explicaron el origen del “Primero de Mayo”. Así, con estos eventos, se celebró el “Día del trabajo” en México, el mismo “año terrible” que Victoriano Huerta derrocó con violencia a Francisco I. Madero e iniciaba un gobierno dictatorial.

Convocados por la Casa del Obrero -que apenas tenía ocho meses de haberse constituido- acudieron a dichos actos trabajadores de varios gremios: meseros, sastres, canteros, textiles, tranviarios, electricistas y otros. “Primera celebración en México del Día del Trabajo. Jornada Mundial por las ocho horas”, decía la invitación que circuló entre las organizaciones de resistencia y sociedades mutualistas, según recuerda Jacinto Huitrón en su obra testimonial orígenes e historia del movimiento obrero, insustituible fuente primaria de este acontecimiento.

En su historia, La Casa del Obrero Mundial. Anarcosindicalismo y revolución en México, cuenta Ana Rivera Carbó que la agrupación convocante, formada como centro de educación racionalista en septiembre de 1912, se transformó a raíz de esta celebración del primero de mayo: agregó a su denominación inicial el término Mundial y devino en organización sindical, coordinadora de huelgas y difusora de propaganda anarquista, desde entonces llamada Casa del Obrero Mundial (COM).

En rigor, aquella era la primera manifestación masiva del Día del Trabajo, pero no la primera vez de tal celebración en México, pues un año antes todavía bajo el legítimo gobierno de Madero, el Partido Socialista Obrero (de efímera existencia), lo había conmemorado con un mitin en salón cerrado el 1º de mayo de 1912, eso registran Gastón García Cantú y otros pioneros de la investigación histórica sobre socialismo y movimiento obrero en nuestro país.

Aquella manifestación proletaria de 1913 iniciaba una tradición histórica en México que venía de lejos. El “Día Internacional del Trabajo” había surgido como acuerdo del Congreso Obrero realizado en Paris 1889, que constituyó la Segunda Internacional y a partir de 1890 conmemoró  el sacrificio de los “Mártires de Chicago”. Desde entonces, la lucha por la jornada de ocho horas y por los derechos laborales en general, resaltaba esa fecha celebrada mundialmente.

El “Primero de Mayo” mostraba la fuerza de los trabajadores, era una huelga general, la acción directa, el poder obrero. Todo eso significaba la convocatoria de la COM en 1913, que alentó la fundación de nuevos sindicatos y grupos de resistencia unidos a la organización libertaria. A la par se habían realizado manifestaciones el mismo día en Monterrey y Mérida.

Animada por sus logros, la COM convocó a otro mitin para el 25 de mayo, pero ya no sería tolerado por el gobierno usurpador. Prohibido por Huerta, el evento obrero de cualquier forma se realizó, convirtiéndose en manifestación de repudio a la dictadura que pronto desató la represión, encarcelando a dirigentes y expulsando a varios extranjeros, entre ellos, Eloy Armenta, José Colado y el poeta peruano José Santos Chocano.

El “Primero de Mayo” fue un día de lucha social en México desde aquel tiempo y hasta los años cuarenta, cuando empezó el “charrismo sindical”, se agudizó el control corporativo de masas, la desnaturalización de los sindicatos y centrales obreras y fue perdiendo sentido la celebración oficial del “Día del Trabajo”. Ahora, después de la pandemia y en el nuevo contexto político de la llamada “cuarta transformación”, tal vez pueda renacer aquella histórica tradición del movimiento



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