Pasado y Presente

Pedro Alonso Pérezfebrero 26, 2021
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18min0

 

PASADO Y PRESENTE

Historia y concepto de los derechos sociales

Pedro Alonso Pérez

 

Habría que partir por lo menos desde el siglo XVIII, tiempo en que las ayudas y apoyos a pobres, menesterosos, niños y ancianos abandonados, eran considerados principalmente un deber moral para la familia y la beneficencia pública y privada. Dice Rodolfo Arango, profesor de filosofía en la Universidad de los Andes: “En el siglo XIX los derechos sociales se identificaron con demandas que, mediante luchas políticas y sociales, podían lograr el status de derechos legales de grupos particulares, como en el caso de los trabajadores asalariados.” Para el S. XX ya eran considerados fines u objetivos sociales que para realizarse requerían de normas jurídicas, obligatorias para las autoridades públicas, pero sin “la posibilidad individual de hacerlos exigibles directamente ante los jueces”. Desde finales del pasado siglo los derechos sociales han sido interpretados como verdaderos derechos humanos por una gama cada vez más amplia de estudiosos de filosofía, sociología, historia y teoría jurídica. De su largo recorrido por la historia pueden resaltarse acontecimientos, hechos o procesos que han determinado su contenido y significado.

Con la Revolución Francesa cambió la concepción que se tenía del Estado, el interés público y la asistencia social. Fueron los jacobinos con Robespierre al frente, quienes iniciaron la tradición revolucionaria de considerar la libertad, la igualdad y la fraternidad, como principios universales de los que derivan derechos del individuo frente a su comunidad política. En 1790 se constituye en Paris el Comité Contra la Mendicidad que manifiesta: “Todo hombre tiene derecho a la subsistencia”. Lo que Arango considera, “un primer derecho social a la asistencia pública”. Magda Yadira Robles y Oscar Flores ponderan la Constitución de 1793, aprobada en la Francia jacobina, “como la formulación más antigua de lo que se conoce ahora como derechos sociales”. Este texto constitucional redactado bajo la influencia de Robespierre y Saint Just, entre otros; aunque no expresa el concepto como tal, deja entrever que la conciencia jurídica de los revolucionarios franceses no era ajena a considerar derechos sociales y económicos; incluso, el proyecto de Charles-Gilbert Romme enviado a la Convención en 1793 si mencionaba el término “derechos sociales”. Estas nuevas ideas incorporaron la dimensión social a la esfera de lo individual, y surgieron obligaciones legales para el Estado antes desconocidas, como la instrucción pública, la asistencia social, el auxilio a niños abandonados, a enfermos, etc.

La Revolución Industrial abarrotó ciudades – empezando por Londres – con nuevas zonas fabriles y mostró la dramática pobreza de grandes masas urbanas: el proletariado. Las nuevas condiciones de trabajo y la dura situación de la clase obrera propiciaron inconformidad y luchas sociales. Manifestaciones diversas de esa agitación ocurrieron en Londres, Paris y otros centros industriales. Los trabajadores se organizaban en los primeros sindicatos, pedían derechos – el sufragio universal, por ejemplo – hacían huelgas y no pocas veces levantaban barricadas. La justicia y los derechos sociales eran el horizonte de expectativa de aquellas luchas obreras del siglo XIX.

Francia arribó a la II República mediante otra revolución, y la lucha de clases desatada obligó aprobar un nuevo texto constitucional el 4 de noviembre de 1848, que incluía algunos de los actuales derechos sociales. La libertad de trabajo e industria, el derecho de propiedad, la creación de nuevas instituciones sociales, la enseñanza primaria gratuita y otros derechos, quedaron plasmados en esta Constitución, de muy corta vigencia, pues duró hasta 1851 cuando Luis Bonaparte ejecutó un golpe de Estado. No obstante, como sabemos, el fantasma de la revolución social recorría entonces Europa.

Protección laboral y algunas restricciones al trabajo de niños y mujeres en espacios peligrosos como minas y fábricas de algodón, junto a otros cambios legislativos que reivindicaban ciertos derechos políticos, económicos y sociales, se otorgaron en Inglaterra, Bélgica, Alemania y por supuesto Francia. Tras la derrota militar de la Comuna de Paris en 1871 – un gobierno obrero y popular que estableció derechos sociales – y ante el temor de las clases dominantes a la Revolución, algunos gobiernos burgueses concedieron una política social y reformas legales para atemperar desigualdades. En Prusia-Alemania, Bismarck impulsó la actividad legislativa para crear diversos seguros, de enfermedad (1883)  y de accidentes (1885), hasta seguros de vejez e invalidez (1889). Estas medidas de protección social y otros mecanismos legales, no solo concretaron algunos derechos sociales, incidieron también en la transformación paulatina de la naturaleza y funciones del Estado.

 Fue en el contexto de la primera guerra mundial cuando se abrieron otros procesos de revolución social y los derechos sociales quedaron expresamente incorporados por primera vez en textos constitucionales; México fue el primer caso con la Constitución de Querétaro en 1917; y luego Alemania, con la Constitución de Weimar en 1919. Se iniciaba así el lento pero efectivo tránsito del Estado liberal al Estado social. Mención aparte merece la Revolución Bolchevique de 1917 en Rusia y la formulación de la primera Constitución Socialista que de ella emanó. Pero el paso definitivo al Estado social en occidente habría de completarse hasta los años cuarenta, después de la segunda guerra mundial. 

Sin entrar obligadamente en los textos constitucionales, los derechos sociales fueron considerados durante la posguerra: materia legislativa, normas objetivas y fines sociales; aunque se impuso, según Rodolfo Arango: “la tradición liberal de reconocer universalidad y fundamentalidad sólo a los derechos de libertad o de defensa.” A pesar de ello, avanzaron en el derecho internacional; así, la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948) incluyó diversos derechos sociales. Un fuerte debate entre liberales y socialistas marcó toda la segunda mitad del siglo XX, estuvo presente al seno de las Naciones Unidas (ONU), en los parlamentos y en las luchas sociales y políticas al interior de los países. Para unos, los derechos sociales son solo aspiraciones, atendibles legalmente en la medida de las posibilidades de cada Estado; para otros, son verdaderos derechos universales. La disputa por esta conceptualización continúa hasta nuestros días, no obstante la desaparición del llamado campo socialista, supuesto que el capitalismo global sufre aguda crisis y las políticas neoliberales no gozan de cabal salud al finalizar la segunda década del siglo XXI.


Pedro Alonso Pérezfebrero 18, 2021
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34min0

 

PASADO Y PRESENTE

Los últimos días de Madero

Pedro Alonso Pérez

 

Conocido es el martirio sufrido por el presidente Francisco I. Madero durante la llamada “decena trágica”. Marcado por engaños, traiciones y sobresaltos, este episodio de nuestra historia no obstante su denominación tradicional, en realidad duró más de diedías amargos: del 9 al 22 de febrero de 1913. Inició con el levantamiento o intentona de insurrección de la reacción porfirista encabezada por los generales Bernardo Reyes y Félix Díaz, y terminó en forma ominosa con el brutal asesinato de Madero y su vicepresidente José María Pino Suárez. Comedia y tragedia enmarcaron así aquel funesto episodio histórico.

Antes de estotras el triunfo revolucionario y posterior ascenso de Madero a la presidencia de la República, los mencionados jefes militares porfiristas habían huido al exilio, pero pronto regresaron para intentar, cada uno por su lado, sendos y fracasados levantamientos armados contra un gobierno legal y legítimoSeguro de su mandato y respaldo popular, el presidente Madero, magnánimo como siempre, había aceptado de buen talante se conmutara la pena de muerte dictada a estos facinerosos por la cárcel; así, Bernardo Reyes fue a parar a la prisión de Tlatelolco y Díaz a Lecumberri. Pero aquel 9 de febrero de 1913ambos volvieron a las andadas y, conspiración de por medio, sublevaron al Colegio de San Fernando en Tlalpan y al cuartel de Tacubaya; ya excarcelados ese mismo día iniciaron la subversión revanchista. Aunque en la primera refriega – durante el intento de tomar palacio Nacional – murió el general Bernardo Reyes, líder de la conjura contra revolucionaria, quedando al mando Felix Díaz – el sobrino de su tío- que tuvo que refugiarse en la Ciudadela, sin expectativa cierta hasta ese momento, solo atrincherarse esperando el desenlace fatal.

Varios textos se han publicado sobre aquellos dramáticos acontecimientos, pero un testimonio inolvidable de esos sucesos lo constituye el libro Los últimos días del presidente Francisco I. Madero escrito por el entonces embajador de Cuba en México, don Manuel Márquez Sterling. Protagonista de primera línea en la ciudad de México durante esos hechos, Márquez redactó posteriormente este testimonio que, publicado en 1917, se convirtió de inmediato en referencia obligada de esta historia. Llegado apenas un mes antes, el diplomático cubano fue testigo privilegiado de aquellos días traumáticos de 1913. Llegó al país por Veracruz el 16 de enero y el día 20 fue recibido para entregar credenciales, tres semanas después estaba envuelto en el maremágnum deequívocos violentos, intromisiones extranjeras, conjuras pactos secretos e inconfesables que durante esas fechas asolaron la capital mexicana; acciones que ponían a prueba cualquier labor diplomática, lealtad a principios y respeto a la soberanía mexicana; prueba, de la que el embajador caribeño salió bastante bien librado.

La sofisticada pluma del diplomático así retrata al presidente Madero desde que inicia su gobierno: “El nuevo mandatario, pese a sus enemigos, era un hombre virtuoso, apegado a sus ideales democráticos, que hacía de la Presidencia un altar de rosas en donde oficiaba el patriotismo.” Sin embargo, consideratambién Márquez Sterling que

“El país echaba de menos al sistema coercitivo de otra época; burlábanse los periódicos de la benignidad presidencial, y acentuóse, en todas las esferas burocráticas y, sobre todo, en el Congreso, la indisciplina. Sublevarse, a juicio de las gentes, era cosa de poca monta; destituir al Apóstol empresa muy sencilla; y brotaban, de continuo, apologistas de D. Porfirio, hombres libres en añoranzas de esclavitud.”  

Los generales involucrados en la traicionera conjura son dibujados con certeras palabras por el plenipotenciario cubano. Bernardo ReyesFelix Díaz, Manuel Mondragón, Aureliano Blanquet, Victoriano Huerta otros nombres para la ignominia, que hundieron al país en el caos y la muerte, desde el intento de levantamiento del viejo régimen, el cuartelazo, la simulada respuesta de Huerta a los bombardeos desde la ciudadela contra Palacio Nacional y no pocos blancos civiles, hasta llegar al violento derrocamiento del presidente Madero. La conducta imperialista del embajador norteamericano, Henry Lane Wilson también queda al descubierto, como un personaje siniestro que lo mismo intriga y se entromete con desvergüenza en la vida política de otro país que debía respetar, que insulta al propio presidente de la República “ese Madero es un loco, un fool, un lunátic” decía el embajador intervencionista, en cuya oficina se fraguó la traición y el conciliábulo que dio pie al pacto de la embajada para legitimar el golpe de Estado.

Leguaje pulcro y elegante utiliza el diplomático cubano en su narrativa, muy al estilo decimonónico, vigente entonces en las letras hispanoamericanas. Su relato despliega ante nuestros ojos acontecimientos terribles que casi sentimos vivir en carne propia; los detalla y analiza, reflexionando al mismo tiempo sobre el curso de los mismos; por ello, la lectura de su texto resulta esclarecedora, agradable o menos apesadumbrada, no obstante la descripción de horas aciagas que incluyeron los sufrimientos de consagrados personajes de nuestra historia patria: Francisco I. Madero, traicionado y asesinado con vileza; su hermano Gustavo, masacrado sin misericordia desde antes; el vicepresidente Pino Suárez también sacrificado a la par con el mandatario; la señora Sara Pérez, esposa del presidente, dama valiente y digna que nunca se arredró ante el peligro, no obstante el maltrato y los engaños de Huerta y del embajador Yanqui; sin olvidar al muy leal y siempre honorable general Felipe Ángeles, quien salvó la vida a pesar de querer acompañar al presidente hasta la propia muerte.

No tiene desperdicio alguno el libro de Márquez Sterling, su lectura es necesaria para conocer mejor y entender el significado de la llamada “decena trágica, y para admirar la labor del representante de un país hermano, que luchó hasta el último momento por salvaguardar las vidas de Madero, Pino Suárez y sus familias. Para ello tenía en el puerto de Veracruz un buque de bandera cubana, que debía rescatar a sus nacionales en riesgo y a las cabezas de un gobierno democrático aplastado por la soldadesca. Tengo especial cariño por el ejemplar que poseo de Los últimos días del presidente Francisco I. Madero, una edición cubana de 1960, editado en rustica por la Imprenta Nacional de Cuba al año del triunfo revolucionario fidelista. Lo adquirí en una librería de la calle del Medio en el centro de la ciudad de Matanzas y cada que lo leo me recuerda la firme amistad de nuestros pueblos y el brillante papel diplomático y humanitario de don Manuel Márquez Sterling en aquellos días oscuros y lamentables de México.


Pedro Alonso Pérezfebrero 11, 2021
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PASADO Y PRESENTE

La memoria de Carrera Torres

Pedro Alonso Pérez

 

“La historia la escriben los vencedores” dice un lugar común en parte cierto, pero repetido irreflexivamente. Más allá de cualquier historia oficial se abre paso la memoria de los vencidos y tarde o temprano es rescatada también, o mejor dicho, es construida su historia. Eso ocurrió con Alberto Carrera Torres, el general más recordado del movimiento revolucionario tamaulipeco.

Fusilado el 16 de febrero de 1917 en el panteón municipal de la capital de Tamaulipas, tras apresurado juicio montado para cubrir apariencias, sus enemigos carrancistas – encabezados por el general Luís Caballero-  se afianzaron en el poder y el jefe revolucionario fue condenado al olvido en los siguientes años. No obstante, derrotado el carrancismo con la revolución de la huertista que llevó al poder al grupo sonorense liderado por Álvaro Obregón, la situación dio un vuelco en la entidad. Durante la posrevolución, el gobernador Cesar López de Lara que había salido airoso de su pugna política con Luis Caballero, mandó exhumar en 1923 los restos de Alberto Carrera Torres y ordenó trasladarlos a la ciudad de Tula, recibidos ahí con honores por correligionarios y habitantes de diversas comunidades de Tamaulipas, Nuevo León y San Luis Potosí. Con este acto resurgía la memoria del general revolucionario. Memoria colectiva es concepto que refiere al recuerdo y la visión del pasado, construidos en el presente y expresados en monumentos, corridos, museos, etc., también en la historiografía.

En 1945, el historiador Gabriel Saldivar en Historia compendiada de Tamaulipas, aún con varias inexactitudes, situaba al general revolucionario en el mapa de la historia regionalSaldívar fue el primero en llevar esta figura a la historiografía y siguiendo este ejemplo, tiempo después cronistas e historiadores han estudiado y divulgado la gesta heroica de Carrera Torres, destacando algunos textos como los que enseguida mencionamos.

El ingeniero Vito Alessio Robles, coahuilense que militó bajo las órdenes de Carrera Torres y fue su representante en la Convención de Aguascalientes, escribió sobre el general en distintas épocas, en su columna periodística Gajos de Historia y en sus libros: La Convención Revolucionaria de Aguascalientes ydesde luego en  Memorias.  Vidal Efrén Covián Martínez, uno de los mejores cronistas tamaulipecos, publicó en 1969 un breve texto titulado Alberto Carrera Torres, idealista de la RevoluciónComo parte de eventos conmemorativos de su muerte en el sector educativoAlberto Alcocer Andalón dio a conocer en 1987 el folleto General Alberto Carrera Torres y el mismo año se publicó con este mismo título un escueto escrito de Miguel López Anaya.  La historia académica también se interesó en el personaje, abordándolo de distintas formas; en la década de 1980 se habían presentado varios textos, resaltando Beatriz Rojas con La pequeña guerra. Los Carrera Torres y los Cedillo publicado en 1983 y  Romana Falcón co Revolución y Caciquismo. San Luis Potosí 1910-1938un estudio de 1984. Recientemente los autores que han escrito sobre el tema son Carlos Mora con El general Alberto Carrera Torres y la Revolución Mexicana en Tamaulipas 1910-1917, publicado en 2007 y José Ángel Solorio con El carrerismo 1911-1917, La revolución en el triángulo ixtlero de 2010.Pero estas obras historiográficas no han agotado todas las vetas de la vida, historia y memoria del general revolucionario.

El pasado no es estático, cambia a la luz del presente, se modifica con nuevos conocimientos e interpretaciones diferentes. Y ello constituye un motor de la historia y la historiografía. Por lo anterior, traigo a colación el texto más reciente sobre el tema que nos ocupa. En 2013 el gobierno local, a través del Instituto Tamaulipeco para la Cultura y las Artes (ITCA), publicó un testimonio de Esteban Núñez Narváez titulado Las últimas horas del general Alberto Carrera Torres. El autor fue amigo del general, compañero de escuela en Tula y  testigo presencial del juicio en 1917. Entonces se desempeñaba como empleado – era escribientedel juzgado que condenó al paredón a Carrera Torres. Núñez escribió este testimonio en 1957, al cumplirse 40 años del fusilamiento. Desde entonces, el documento cuyo título original era La última vez que hablé con Carrera Torres,  había permanecido inédito durante más de 50 años.  Ahí se narran interesantes hechos en torno a este dramático acontecimiento. Por ejemplo, cuando Esteban Núñez redactó los últimos cuatro telegramas dictados por el general y además los depositó para su envío a los destinatarios: Venustiano Carranza, la esposa de éste Virginia Salinas de Carranza, el general Cándido Aguilar y el general Cesáreo Castro. En todos pidiendo un indulto que nunca llegó, o tal vez llegó demasiado tarde. Por algo se apresuraron sus adversarios en sentenciarlo a muerte.

Estos y otros datos no eran conocidos o al menos no se habían plasmado en la historiografía citada. Y por lo mismo, dan pauta para volver al estudio del juicio sumario contra Alberto Carrera Torres y para pensar otros aspectos de su vida y trayectoria que merecen ser profundizados; como la relación familiar y el status del futuro general al seno de la familia extensa de finales del siglo XIX, en aquel espacio de la región serrana tamaulipeca. En la formación de su carácter y los elementos conceptuales de la ideología que lo llevó a la revolución al iniciar la segunda década del siglo XX. Por señalar algunos puntos aún poco conocidos que bajo la óptica de la historia social o la historia intelectual podrían arrojar nuevos estudios y desarrollar el conocimiento del personaje y de su contexto o bien de su memoria y uso político del legado carrerista. En fin, como se advierte, el tema puede dar para más.

Lo cierto es que, hace más de cien años, cuando aún no cumplía treinta de edad, Alberto Carrera Torres caminó erguido – a pesar de su prótesis en lugar de pierna- desde la plaza de armas donde estaba el juzgado, hasta el panteón municipal donde fue fusilado. Las descargas de máuser que cegaron su vida, terminaron también con la revolución social que él representaba en TamaulipasPero no sepultaron por siempre su memoria; muchos años después, ya casi al final del siglo XX, mi abuelo paterno Manuel Alonso –un agrarista de la década 1920 y ejidatario el resto de su vida- con 90 años de edad todavía recordaba aquel triste acontecimiento ocurrido cuando él era un joven de apenas quince años.  Perdía la memoria a ratos, pero no olvidaba el fusilamiento de Carrera Torres.


Pedro Alonso Pérezfebrero 3, 2021
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PASADO Y PRESENTE

El oportunismo de las élites tamaulipecas

Por Pedro Alonso Pérez

 

La historia es maestra de la vida, apuntó alguna vez Cicerón desde la antigüedad. En tiempos contemporáneos, Arnaldo Córdova reformuló el apunte afirmando que la historia es maestra de la política, porque es memoria del pasado en el presente y enseña las formas particulares como se construyó el Estado, como la sociedad enfrentó tal o cual situación, generó un consenso social o resolvió problemas políticos; mostrando así el actuar de clases, grupos e individuos.

Lo anterior sirve de fondo para traer al presente un interesante episodio del pasado y observar el oportunismo de las élites, una constante en la historia política tamaulipeca. Hablamos de las primeras elecciones constitucionales para gobernador realizadas en la entidad después de la revolución maderista, cuando se iniciaba el reacomodo de las antiguas élites porfiristas con logrupos políticos emergentes, surgidos de la triunfante revolución

Aquellas elecciones locales del 5 de febrero de 1912 resultaron bastante conflictivas por varias razones. El último gobernador porfirista, don Juan B. Castelló -tío de la esposa de Díaz- renunció al caer el porfiriato y asumir el gobierno provisional Francisco León de la Barra, en cuyo gabinete federal se mantuvieron los porfiristas – resultado de los acuerdos de Ciudad Juárez- actuaron también dos tamaulipecos, los hermanos Vázquez Gómez: Emilio, fue ministro de gobernación y Francisco, ministro de Instrucción Pública. Apoyado por estos tamaulipecos encumbrados, Espiridión Lara fue el primer gobernador de la revolución, que en calidad de interino sustituyó a Castelló en junio de 1911.

Madero reorganizó su fuerza política nacional creando el Partido Constitucional Progresista, que reemplazaba al anterior Partido Antireeleccionista; y ajustó su fórmula electoral, incluyendo a Pino Suárez como vicepresidente en lugar de Francisco Vázquez Gómez, quien había figurado en 1910. Tras las primeras elecciones libres y democráticas en México, con gran apoyo popular Madero fue presidente de la República desde octubre de 1911 y de inmediato se agudizaron embestidas y conspiraciones en su contra, impulsadas por personeros del viejo régimen y en algunos casos, por revolucionarios descontentos.

En ambiente de inestabilidad y reacomodos políticos, se reorganizó en Tamaulipas el viejo Partido Liberal, integrado por antiguos porfiristas, hacendados, banqueros y comerciantes, con algunos intelectuales incluidos. El propio gobernador Lara, a pesar de su “vazquismo”, no fue ajeno a este proceso restaurador, en parte por identificarse con aquellos intereses y también por el distanciamiento de los Vázquez Gómez con Madero. Al no ser incluido en la fórmula presidencial maderista, Francisco Vázquez Gómez se dedicó con su hermano Emilio y otros, a jugarle contras al presidente, coqueteando lo mismo con revolucionarios que con los contrarios a la revolución. Espiridión Lara fue sustituido en noviembre por Matías Guerra, exporfirista que había sido secretario de gobierno con Castelló y se desempeñaba como magistrado en el Tribunal de Justicia de Tamaulipas. Siendo Guerra gobernador interino, a finales de 1911,dos candidatos en campaña polarizaban el escenario político: Fermín Legorreta y Francisco Gracia Medrano.

Legorreta era postulado por el Partido Liberal debido a sus vínculos con la élite porfiriana; había sido diputado local en 1890, década de auge del dictador; pero también por su popularidad, pues era un reconocido abogado victorense. En cambio, Gracia Medrano acompañaba a Madero desde que eran oposición; postulado por el Partido Constitucional Progresista, Gracia representaba a los grupos maderistas emergentes de corte civil; aunque había otros, que venían del levantamiento armado como Alberto Carrera Torres.

De por sí competida, la contienda electoral se complicó con la muerte del candidato Fermín Legorreta el 31 de enero de 1912, faltando pocos días para la elección. Las fuentes historiográficas en su gran mayoría dan cuenta de este hecho como resultado de causas naturales; la excepción es la cronología de Ciro R. de la Garza, que habla de “condiciones sospechosas” en esta muerte, sin aportar evidencias. Lo cierto es que tan desdichado acontecimiento enrareció más el ambiente político-electoral. El partido de Legorreta sufrió divisiones en sus filas, algunos desprendimientos se fueron con Gracia, otros con Narno Dorbeckerautocalificado de prominente porfirista y el resto se reagrupó para postular otro candidato, que resultó ser Matías Guerra; quién pasando por alto la Constitución, renunció de último momento a su cargo de gobernador interino para postularse por el rebautizado Partido Liberal Legorretista; meses después también tuvo que renunciar en forma extemporánea a su puesto de magistrado. 

El general Dorbecker cuenta en sus memorias que, durante la campaña electoral, estando en Ciudad Victoria recibió la visita de Fermín Legorreta, quién le dijo “que los trabajos a su favor estaban muy avanzados, por lo que no podía retroceder, pero que sí él triunfaba, deseaba mi cooperación, asegurándome un sueldo igual al de él”. El deceso de Legorreta impidió concretar este entendimiento personal y “la campaña para gobernador asumió un aspecto diferente”, según Dorbecker “a la democracia sucedió la intriga” pues un grupo de personas de Tampico promovió la candidatura de Matías Guerra – ya en funciones de gobernador – “posiblemente ” dice el autor, “fue sugestión de la Porra Maderista” grupo radicado en la Ciudad de México, a quienes tampoco identifica, pero afirma que no confiaban del todo en Gracia Medrano, por considerarlo “un reyista disfrazado de maderista”

En tan confusas condiciones se realizaron los comicios, compitiendo Francisco Gracia Medrano, Matías Guerra y Narno Dorbecker, el resultado en números favoreció a Guerra pero con la inconformidad de los otros candidatos y la entidad envuelta en agravada crisis política. Madero mandó llamar a Guerra y a Medrano – los más votados – al Castillo de Chapultepec para dialogar y buscar un acuerdo que superara el conflicto. Matías Guerra aceptaba una nueva elección, pero Gracia Medrano evaluó peligroso ese escenario por una posible guerra civil y prefirió dejarle el campo libre a su adversario; así, quien era considerado por las elites contrarias a la revolución como “el candidato de Madero”, dio muestras de madurez y generosidad políticas, al retirarse de la contienda y volver a su vida privada. Con ello, Madero respiraba confiado y la entidad aparentemente superaba la crisis, pero la oligarquía porfirista tamaulipeca se mantenía en el poder.

No obstante las irregularidades, Guerra fue investido de nueva cuenta como gobernador, ahora “constitucional” y tuvo que enfrentar varios intentos insurreccionales y rebeliones, documentadas por Carlos Mora en su libro La Revolución Mexicana en Tamaulipas. Durante varios meses, Guerra resistió o se allanó al maderismo gobernante, según conviniera a los intereses que representaba; hasta el golpe de Estado de febrero de 1913, cuando Victoriano Huerta y los porfiristas derrocaron – mediante traición y violencia- al presidente Madero. El gobernador tamaulipeco fue de los primeros en reconocer al gobierno usurpador y el Partido Liberal Legorretista postuló la fórmula presidencial de Félix Díaz –el sobrino de oro – y Francisco León de la Barra, para unas supuestas elecciones por venir. Pero Huerta tenía otros planes. Además, la Revolución constitucionalista estalló en el norte y pronto barrió con este y aquellos: los ciudadanos armados transformaron la vida pública, las camarillas oligárquicas del viejo régimen fueron desarticuladas y surgió una “sociedad de masas”. 

Han pasado más de cien años de este episodio histórico que muestra a integrantes de las élites como oportunistas que cambian de bando defendiendo intereses individuales o grupales; una clase política temerosa de perder privilegios y reacia a las transformaciones propuestas por un gobierno reformador. No debieran sorprendernos, por tanto, casos similares en 2021, pues los procesos electorales despiertan ambiciones. Ya vimos cambiar de bando a Oscar Almaraz, ex tesorero estatal y ex presidente municipal de la capital tamaulipeca, argumentando diversas razones para tan cuestionada decisión. Más cosas veremos. El contexto actual es diferente aunque parecido al del pasado: tenemos un presidente popular que encabeza transformaciones esperadas y élites del viejo régimen, aferradas al poder del que se han beneficiado, uniéndose sin recato a pesar de manifiestas diferencias, poniendo por delante sus intereses particulares


Pedro Alonso Pérezjulio 10, 2020
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PASADO Y PRESENTE

Frida en la memoria

Pedro Alonso Pérez

Ataviada con traje de tehuana, huipil, collares, aretes y otros productos de etnias originarias, Frida Kahlo llegó por última vez al Palacio de Bellas Artes. Su cuerpo inerte dentro de un ataúd gris, fue trasladado a esteemblemático recinto de la cultura para recibir homenaje fúnebre, eran las 7 de la tarde del 13 de julio de 1954.

Durante esa noche y la mañana siguiente desfilaron ante el féretro – adornado por grandes rosas rojas –familiares, amigos artistas, compañeros de lucha, admiradores y autoridades, dando el último adiós a la pintora. Las guardias silentes fueron múltiples, destacando en ellas grandes personalidades. Además de su esposo Diego Rivera, estuvieron el ex presidente Lázaro Cárdenas, Andrés Iduarte director del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), David Alfaro Siqueiros, Juan O´Gorman, Carlos Pellicer, Lola Álvarez Bravo y otros; desde luego, también varios militantes del Partido Comunista Mexicano (PCM), el partido de Diego y Frida. Uno de ellos y alumno de la artistaArturo García Bustos colocó sobre el ataúd una bandera roja con la hoz y el martillo, acción que generó polémica en la prensa conservadora y habría de provocar la renuncia del director del INBA a los pocos días. El anticomunismo se enseñoreaba en plena guerra fría.

Al mediodía, rumbo al Panteón Civil salió el cortejo fúnebre encabezado por Diego, Lázaro Cárdenas, Ituarte y el ingeniero Cesar Martino, entre la expectativa de la gente en la calle que observaba la marcha. Antes de la cremación, hablaron sobre la virtudes de Frida; Andrés Ituarte, Carlos Pellicer, Adelina Zendejas y Juan Pablo Haiz. Las cenizas de la pintora fueron entregadas al muralista Diego Rivera.

Todo lo anterior quedó registrado en la prensa de la Ciudad de México. Periódicos como Excelsior El Universal, recogieron información del deceso, homenaje e incineraciónRaquel Tibol en su libo: Frida Kahlo, una vida abierta agregaría que, saliendo del crematorio, los presentes entonaron La Internacionalbajo la dirección de Concha Michel. Querida y admirada por quienes le conocían, especialmente por sus más cercanos y camaradas, Frida solo era entonces una pintora, la esposa de Diego; pero lejos todavía de ser el icono que es ahora de la cultura mexicana, sin la fama y popularidad que ostenta en nuestro tiempoSu memoria se acrecentó con los añosy cristalizó su figura universal; no olvidemos que la primera obra de la pintura mexicana adquirida por el Museo Louvre de Paris, fue “El Marco” cuadro de Frida Kahlo.

Cuatro años después de su muerte, “la casa azul” de Coyoacán – lugar donde nació y murió nuestrasingular artista – se convirtió en el Museo Casa de Frida Kahlo. Inaugurado en julio de 1958 por Antonio Carrillo Flores, entonces secretario de Hacienda, Dolores Olmedo presidenta del Fideicomiso “Diego Rivera” y el ingeniero Marte R. Gómez, quién pronunció el discurso inaugural. Con dicho evento y el funcionamiento permanente de este espacio memorial se aceleró el conocimiento y valoración del legado cultural de Frida.

Recintos privilegiados de la memoria, los museos son parte del patrimonio cultural, que contribuyen a la investigación, conservación y difusión de la cultura. Precisamente, para conmemorar el 113 aniversario del natalicio de la pintora mexicana, los museos Casa Frida Kahlo y el Dolores Olmedoque integra la mayoría de colecciones de Frida, han organizado una serie de actividades culturales, artísticas y recreativasen sus plataformas digitales; este julio de 2020 no podría ser de otra manera por la pandemia que azota al mundo. No obstante, la “Semana de Frida” en realidad se extenderá por 10 días, incluyendo la fecha de su fallecimiento.

Con padre de ascendencia húngara, nacionalizado mexicano y madre oriunda de Morelia, Michoacán, Magdalena Carmen Frida Kahlo Calderón nació el 6 de julio de 1907 y murió el 13 de julio de 1954, a la edad de 47 años; su corta, atormentada, pero fructífera vida está íntimamente ligada a la historia de Diego Rivera y de la izquierda mexicana; y sobre todo la historia de nuestra cultura, no solo del arte. El pincel y la palabra de Frida, si bien pertenecen a México, rebasan las fronteras nacionales. En la faceta del ser mediado por el lenguaje, su biógrafa Raquel Tibol publicó en varias ediciones, desde 1999 hasta 2007, un libro titulado Escrituras de Frida Kahlo, donde recopila cartas y otros interesantes escritos de tan brillante mujer. Marte R. Gómez, amigo personal de Frida y Diego, y mecenas de ambos, disfrutó también esa relación humana, afecto, arte (Frida le hizo un retrato en 1944)y escritura de la reconocida pintora, como narra en Textos inéditos. Diego y sus mujeres. Por tal conocimiento y autoridad, las palabras pronunciadas sobre ella por el ingeniero tamaulipeco en 1958, el día de la inauguración del Museo Casa de Frida Kahlo,continúan resonando en nuestros días para la memoria mexicana:

“Se pintó a si misma más que a nadie y pintó también a quienes más quiso puesto que, por ejemplo, siempre tuvo a Diego en el pensamiento. Pero nunca se calcó, así es que en sus retratos fue introduciendo nuevos elementos y variantes, que hacen de su iconografía un inapreciable documento autobiográfico.

Así la verán las generaciones, siempre igual, pero siempre distinta, mostrando en cada caso facetas, reflejos y contrastes, que nos permiten entender hoy que a pesar de lo mucho que admiramos su arte; que independientemente del afecto amistoso con que supo ganarnos; jamás acabamos de conocerla y que se fue sin que apreciáramos la rica, variada, originalísima gama de matices, tonalidades y sonoridades en que su poliédrica originalidad rebosaba.”


La Talacha Norestejulio 2, 2020
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19min0

 

PASADO Y PRESENTE

Por Pedro Alonso Pérez 

Los misterios de Portes Gil 

 

Reconocido como uno de los constructores del Estado mexicano posrevolucionario, Emilio Portes Gil es también el político tamaulipeco más destacado del siglo XX. Fundador del Partido Socialista Fronterizo (PSF) en mayo de 1924, recorrió amplia gama de puestos públicos por elección o nombramiento. Fue gobernador de Tamaulipas dos veces; la primera, con carácter provisional, durante pocas semanas en 1920 cuando la rebelión sonorense; y la segunda, electo gobernador constitucional de 1925 a 1928. Tres veces diputado federalSecretario de Gobernación dos veces, procurador, secretario de Relaciones Exteriores, embajador, y presidente de la República (1 de diciembre de 1928 – 5 de febrero de 1930)durante su gobierno se constituyó el Partido Nacional Revolucionario (PNR), que fue presidido en dos ocasiones por don Emilio. 

A todas luces se trata de un personaje histórico que figura en diversas obras de la historiografía mexicana y extranjera. Portes Gil y el portesgilismo han sido estudiados por varios autores, pero no es este el lugar para extendernos en dichos trabajos. Interesa – más bien – reparar en un misterioso asunto, de los varios que tiene su vida y obra; en este caso, centrar la atención en el entorno familiar de nuestro personaje, observando un escabroso y poco conocido tema, sobre el cual él nunca habló o escribió y sus biógrafos han tratado de soslayo. 

Portes Gil trabajó con la pala- para construir – pero también con la pluma para defender puntos de vista y labrarse un lugar en la memoria colectiva. Tuvo en cuenta el “juicio de la historia” y quería ser recordado de forma especial, como se lo propuso. Escribió y publicó más de 30 libros sobre temas diversos. Entre los que destacan, Quince años de política mexicana (1940)Autobiografía de la revolución mexicana (1964) y Raigambre de la revolución en Tamaulipas. Autobiografía en acción (1972). Presentándose en sus textos como hombre sincero, político talentoso, estadista con ideales revolucionarios, rayando muchas veces en el autoelogio. Hay varios datos que sugieren el propio interés de tejer un mito en torno a su figura, pero no pocas veces los hechos lo desmienten, su palabra escrita no siempre se apega a la realidad histórica. 

Respecto de su biografía, persisten varias dudas acerca del nombre completo y fecha real de su nacimiento en Ciudad Victoria, Tamaulipas. Él siempre sostuvo que nació el 3 de octubre de 1890, día que, según nos dice, por primera vez arribaba el ferrocarril a esta ciudad, o sea ¡todo un acontecimiento histórico! También dice que su padre, Domingo Portes – su madre era Adelaida Gil – le puso por nombre Emilio Cándido, en honor a dos escritores franceses: Emilio, por la obra de Rousseau y Cándido, por la obra de Voltaire. Es decir, la estirpe liberal le vendría desde su nombre y de sus orígenes familiares, pues era nieto de Simón Portes quién llegó a Tamaulipas en la primera mitad del S. XIX, junto a Guillermo Núñez de Cáceres, ambos luchadores de la República Dominicana.   

     Estos mismos datos repiten en forma acrítica casi todos los autores que se ocupan de su aspecto biográfico. La excepción fue Vidal Covián Martínez, quien en Emilio Portes Gil, gobernador delahuertista en Tamaulipas (1967), consignó que el victorense nació el 19 de abril de 1884. En este breve texto reproduce copia de dos actas de nacimiento, una de 1885 a nombre de Emilio Crescencio nacido en1884; y otra muy extemporánea de 1947, de Emilio Portes Gil nacido en 1891. En nota aclaratoria Covián aventura: «la duplicidad de actas nos hace suponer que en 1884 nació el niño […] Emilio Crescencio […] pero este murió a pocos días o meses de vida, y que al procrear otro, el matrimonio le dio el nombre del primero para recordarlo». Suposición al fin, pero Portes gil nunca mencionó en sus escritos a este hermano y su prematura muerte; ni el dato, que pudiera ser relevante, de llevar tal nombre en su memoria. Misterio total. 

     Nuestras investigaciones constatan que en el Archivo Histórico del Registro Civil de Tamaulipas no existe acta de nacimiento a nombre de Emilio Cándido o de Emilio Portes Gil en los libros de 1884, 1890, 1891 o 1892, años utilizados indistintamente para fechar sus primeras luces. Pero encontramos esas dos actas, una de 1885 que registra a Emilio Crescencio nacido el 19 de abril de 1884; y otra de 1947, que fecha el nacimiento de Emilio Portes Gil en 1891, levantada en presencia del propio interesado – según este documento – que compareció acompañado de dos magistrados del estado: Jacobo Martínez y Maximiliano Hernández GarzaExtraño el trámite de esta última acta, pero ahí sigue. También en el Archivo General e Histórico del Estado de Tamaulipas (AGHET) hay copia del acta registrada en 1885 y el gobierno de Tamaulipas publicó en 2014 un libro conmemorativo de 155 años del Registro Civil, donde oficializa esta acta, con lo cual Emilio Portes Gil no sería Emilio Cándido, sino Emilio Crescencio, nacido no en 1890, sino en 1884. Este libro simplemente ignoró el acta de 1947. 

 Un estudio genealógico, cruzando actas de nacimiento y defunción cuando existen o cédulas bautismales y otras bases de datos como Family Searchcorrobora que Portes Gil tuvo dos hermanos: Domingo, nacido el 27 de diciembre de 1886Esperanza, nacida y fallecida en 1895; ambos mencionados en sus recuerdos; pero también tuvo una media hermana, Teodosia Portes Sánchez nacida en 1876 y fallecida en la Ciudad de México en 1903, a la que nadie había mencionado antes.  Como se advierte, los enigmas persisten. 

Despejar esas incógnitas resulta trascendente, no son minucias ni simple curiosidad del historiador, sino componentes fehacientes y de veracidad para forjarse imagen más objetiva del personaje histórico. Las dudas planteadas, algunas veces están aderezadas con elementos más propios de la leyenda que de la historia. Todavía hay quienes piensan que el acta original fue literalmente arrancada del libro correspondiente y que la de 1947 es espuria, sembrada con el propósito de involucrar a Portes Gil en el asesinato del periodista Vicente Villasana. Homicidio perpetrado por Julio Osuna de León,  – entonces Inspector de Policía y Tránsito en la entidad –  aquel fatídico 31 de marzo de 1947 en la capital tamaulipeca: el mismo día que Emilio Portes Gil supuestamente comparecía ante el Registro Civil para ese extraño trámite de su acta de nacimiento. Lo cierto es que, al margen de nieblas y “tenebras” del pasado, aquel hecho sería el inicio del fin del portesgilismo en Tamaulipas. 

 


Pedro Alonso Pérezjunio 25, 2020
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9min0
PASADO Y PRESENTE
Himno, identidad y poder portesgilista en 
Tamaulipas
Pedro Alonso Pérez
El 28 de enero de 1926, los acordes sonoros de un canto  victorioso colmaron el Teatro de la Reforma, ante la emoción y nutridos aplausos del respetable. Fuera del recinto decimonónico caía la noche fría sobre el río Bravo; pero dentro, el júbilo y el calor humano arreciaban. Ubicado en primera fila Emilio Portes Gil disfrutaba el espectáculo musical y, a punto estaba de tomar una decisión que, a la postre, resultaría trascendente para la entidad que gobernaba.
Casi concluía el primer año de su mandato constitucional cuando Portes Gil llegó a Matamoros, pues esta fronteriza ciudad celebraba entonces el centenario de su nombre moderno y el gobernador acudía para «coronar a Su Graciosa Majestad, la señorita doña Consuelo Zolezzi» reina de tan alegres fiestas, dice Arturo Zarate Ruiz en, Matamoros: textos y pretextos de identidad.
Aquella noche, el mandatario escuchó el Canto a Matamoros, interpretado oficialmente por vez primera, a cargo de un grupo coral y las bandas de música del estado y municipal. Parece que este canto se había estrenado antes en un ensayo o evento escolar el 18 de enero de 1926, en la Escuela Primaria Urbana “Juan José de la Garza” de aquella ciudad. Una antigua fotografía ubicada en el Archivo General e Histórico del Estado de Tamaulipas (AGHET) da testimonio de este acontecimiento educativo.
Lo cierto es que, al concluir tan singular número artístico de esa noche festiva, el ejecutivo tamaulipeco contagiado por la emoción, se levantó de su asiento y subió al escenario a dirigir florido discurso, donde agradecía y felicitaba a intérpretes, directores e integrantes de las bandas musicales; al mismo tiempo solicitaba al público y en particular a Jesús María Cárdenas, presidente municipal de Matamoros, le autorizaran proponer que ese canto se convirtiera en himno dedicado a todo Tamaulipas. Naturalmente nadie se negó a tal petición, menos viniendo del fortalecido gobernante y caudillo del Partido Socialista Fronterizo (PSF), recién fundado en mayo de 1924.
Ocurrencia o espontaneidad ejecutiva de Portes Gil – llamado “el Jefe Nato” – la decisión de aquella noche se tornaría visionaria. Al menos, serviría para que la entidad contara en lo sucesivo con un himno propio y superara la extravagancia legal de tener al Cielito Lindo como himno local, según lo ordenaba un decreto de 1918, emitido durante el breve gobierno de Emiliano P. Nafarrate. Con los trámites legales y otros arreglos necesarios aquel canto dedicado a Matamoros se convirtió en Himno a Tamaulipas, como lo propuso Portes Gil; y al paso del tiempo, se decantó en clara señal de identidad regional, cultura cívica y pertenencia federalista de los tamaulipecos. «Viva Tamaulipas altiva y heroica/ La región que dormita/ en la margen del río». Así inicia el himno referido, sustituyendo el verso original de “Viva Matamoros altiva y heroica”. Ya con sus acordes transportados de canto a himno, años después se realizaron otros cambios durante el gobierno de Norberto Treviño Zapata en 1957, y desde entonces data la partitura todavía vigente. Todo este proceso fue la “invención de la tradición” en el sentido planteado por Hobsbawm, que en el caso tamaulipeco – como puede verse – surgió desde arriba y no se explicaría sin la voluntad política del poder.
Autores del himno que pronto dio identidad y orgullo a los tamaulipecos, fueron los músicos yucatecos: Rafael Antonio Pérez compositor de la letra y Alfredo Tamayo Marín creador de la música; ellos habían laborado antes por otros rumbos del país en las misiones culturales de José Vasconcelos, pero se incorporaron plenamente al proyecto educativo-cultural de Portes Gil en esta entidad norteña. Programas donde también destacaron reconocidos artistas locales, como Lorenzo Barcelata, Ernesto Cortázar, Antonio García Planes, Alberto Caballero y luego Agustín Ramírez con Carlos Peña, que sustituyeron a los dos anteriores, muertos en penoso accidente; todos integraron el grupo musical «Los Trovadores Tamaulipecos» de éxito nacional e internacional, y a quienes debemos piezas como «El corrido del agrarista» y «El Cuerudo Tamaulipeco», iconos musicales en la entidad, según recuerda el mismo Emilio Portes Gil en, Raigambre de la revolución en Tamaulipas. Autobiografía en acción.
Aquella década de 1920, durante la posrevolución, fue tiempo donde el naciente nacionalismo revolucionario se expresaba en México con diversas manifestaciones culturales y artísticas; el muralismo y la pintura serían el mejor ejemplo de ello, con Diego Rivera y Frida Khalo, entre otros ilustres personajes. Mientras en Tamaulipas el gobierno portesgilista otorgaba impulso a la música vernácula, con temas y ritmos que fomentaban la “identidad popular”, lo cual marcó definitivamente la memoria colectiva en este estado del noreste mexicano.

El mismo año que nació el Himno a Tamaulipas, Emilio Portes Gil terminó por imponerse a sus competidores internos en cruentas disputas políticas y electorales; la hegemonía portegilista como dirección intelectual y moral sobre las masas fue conseguida no solo mediante consensos, según han creído varios. Este proceso no se redujo a crear la Dirección de Estética y nombrar titular de ella al profesor Alfredo Tamayo en febrero de 1926 o al mantenimiento de programas culturales y políticas sociales; la coerción y la fuerza acompañaron otras decisiones gubernamentales: en enero habían destituido al presidente del Congreso Local, teniente coronel Herminio Rodríguez, anterior presidente del PSF vuelto contrario al gobernador; en abril, Portes mando sitiar el recinto legislativo con centenares de agraristas, siendo expulsados la mayoría de los diputados, y en septiembre varios adversarios fueron encarcelados. Está claro, en 1926 se consolidó el poder de Portes Gil derrotando a ex gobernadores coaligados y a los residuos del viejo partido liberal; conteniendo la influencia de Morones representada por la CROM y el Partido Laborista Mexicano (PLM); neutralizando al cacicazgo de los Carrera Torres y su Partido Socialista de Tamaulipas (PST). En fin, apoyado entre otros, por Marte R. Gómez, Juan Rincón, Federico Martínez Rojas, Pedro González, Magdaleno Aguilar y el profesor Graciano Sánchez, líder agrario llegado de San Luis Potosí, el portesgilismo se convirtió en hegemónico y su poder autoritario duraría alrededor de veinte años en Tamaulipas…


La Talacha Norestejunio 18, 2020
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PASADO Y PRESENTE

El oro de Moscú

Pedro Alonso Pérez

 

Un día de octubre de 1919 discretamente llegó Mijail Borodin a México. En aquel año lejano este país vivía una revolución, que había desatado fuerte energía social con la participación de obreros y campesinos; no obstante, declinaba el primer gobierno constitucional que, encabezado por Carranza, ya había ejecutado fuerte represión a dos huelgas generales, incluyendo la disolución de la Casa del Obrero Mundial; el asesinato del general Emiliano Zapata estaba fresco y Álvaro Obregón andaba en plena campaña opositora. En este turbulento contexto llegaba Mijail Borodin como hombre de negocios o diplomático, según conviniera, cuando en realidad se trataba de un agente ruso, un representante de la Internacional Comunista (IC) enviado por Lenin a México. ¿Quién era ese misterioso personaje y a que venía a nuestro país?.

 

 

Borodin, cuyo verdadero nombre Mijail Markovich Gruzenberg, era un judío ruso que desde 1903 había militado en el movimiento obrero socialista y en el partido de Lenin. Participó en la frustrada revolución de 1905,  fue detenido por el gobierno zarista y tuvo que emigrar en 1906 hacia los Estados Unidos, vivió en Chicago y se afilió al Partido Socialista norteamericano. Tras la revolución bolchevique regresó a Rusia en 1918 y se incorporó al secretariado de la IC o Comintern, constituida en marzo de 1919.  Su buen manejo del inglés y del ruso, y algo del español, entre otros idiomas, fue considerado para la misión que le confiaba la Comintern. También influyó su experiencia en el comercio y negocios internacionales, adquirida cuando trabajó en la Unión Americana como representante de la “Railways Interest of the Rusian Government in the United States”. Además, Borodin conocía bien a la izquierda norteamericana, y en Moscú estableció muy buenas relaciones con el consulado mexicano, que llegó a utilizar para introducir clandestinamente agentes de la Tercera Internacional en Alemania y para dotar de sellos o pasaportes a comunistas extranjeros. El mismo Mijail tenía un pasaporte mexicano que usaba para viajar por Europa.

Nuestro interesante personaje salió de Rusia en abril de 1919 rumbo al nuevo mundo, tocó varios lugares antes de llegar a Nueva York y estar breve temporada en Chicago. Los servicios de inteligencia británicos le seguían la pista y las oficinas de seguridad, migración y justicia norteamericanas lo vigilaban; Borodin logró escabullirse y trasladarse a México, a donde llegó en octubre con dos propósitos: primero, sentar base para el trabajo revolucionario de la Comintern en este país y desde aquí influir en América Latina – téngase en cuenta que en ese tiempo, la Internacional Comunista promovía la revolución mundial –, por tanto, era necesario unir a los dispersos socialistas de izquierda y comunistas en un solo partido y lograr que enviara delegados al segundo congreso de la IC que iba a celebrarse en Moscú a finales de 1919; y segundo, generar condiciones adecuadas para que México estableciera pronto relaciones comerciales y diplomáticas con la Rusia Soviética, que entonces luchaba en todos los frentes por consolidarse.

El largo periplo y estancia durante dos meses y medio de Borodin en la capital mexicana están documentados por testimonios e informes de varios contemporáneos suyos como el norteamericano Richard F. Phillips (alias Frank Seaman o Manuel Gómez), el hindú Manabendra Nat Roy y los mexicanos José Allen y José C. Valadez, todos militantes del PCM;  luego por estudiosos e historiadores del comunismo mexicano, como Barry Car, Arnoldo Martínez Verdugo y Paco Ignacio Taibo, que construyeron sus textos basados en aquellas y otras fuentes primarias. Pues con la intervención de Mijail Borodin – primer emisario de la Comintern en México – el grupo dirigente del Partido Socialista Mexicano (apenas constituido en septiembre) decidió adoptar el nombre de Partido Comunista Mexicano (PCM) el 24 de noviembre de 1919 e incorporarse a la Tercera Internacional.

Mijail Borodin traía nombramiento de cónsul general de la República Socialista Federal Soviética y fue por tanto, el primer diplomático bolchevique en establecer contacto con el gobierno mexicano. Tuvo entrevistas con el presidente Carranza y también con Hilario Medina, ministro de Relaciones Exteriores; además se reunió por separado con Felipe Carrillo Puerto y con el general Francisco J. Múgica. Pero, más allá de lo relevante de esas actividades del enigmático enviado, su fama se convirtió en legendaria por una sorprendente anécdota: Borodin traía de Rusia una maleta con doble fondo, donde escondía un lote de joyas (que habían pertenecido a la esposa del Zar) con alto valor económico; algunas fuentes dicen que valían medio millón de dólares, otras, lo extienden hasta el millón; lo cierto es que era mucho dinero. Ese recurso estaba destinado a financiar la oficina soviética de negocios internacionales, instalada en Nueva York; y también para impulsar el trabajo organizativo de la Internacional en México y América Latina. El problema fue que dicha maleta se perdió en el camino. Al parecer, Borodin había logrado vender una parte de las joyas en Holanda y llegó con el resto a Santo Domingo, o tal vez Haiti, en uno de estos lugares encargó a otra persona la maleta antes de dirigirse a Nueva York, porque los servicios de inteligencia le pisaban los talones. El encargado –un aristócrata austriaco conocido en el viaje o un “amigo alemán” se dice – nunca envió la maleta a la esposa de Borodin que vivía en Chicago, como se lo había pedido el propietario.

Este incidente fue conocido en México, particularmente en los círculos políticos y en medios de la izquierda. Borodin trató de recuperar la famosa maleta y tuvo para esto el apoyo de sus amigos comunistas; Phillips o Frank Seaman, tal vez sin saber el contenido, se trasladó –“pistola en mano”- hasta La Habana y después a Santo Domingo y Haiti en busca de ella y de un anterior enviado que no regresaba. Seaman trajo a éste y la maleta, con tan mala suerte que el doble fondo había sido abierto y su contenido desaparecido. Dice Taibo en Bolshevikis. Historia narrativa de los orígenes del comunismo en México (1919-1925): “Sobre el destino de la joyas nuevamente las versiones discrepan. Mientras unos las dan por perdidas, otros las hacen aparecer en manos de la policía de La Habana que se las quitó a un “bolchevique ruso” y otros señalan que meses más tarde llegaron a Chicago a manos de la señora Borodin quien las remitió al Partido Comunista norteamericano. Si las joyas tenían como objeto financiar la revolución comunista en América Latina, nunca cumplieron su objetivo.”

Probablemente este “affaire” que comentamos constituya el arranque de la leyenda negra sobre el supuesto “oro de Moscú” y el financiamiento en rublos para los comunistas y la izquierda en América y el resto del mundo; innoble instrumento estigmatizante del anticomunismo y las derechas, más en los tiempos de la “guerra fría”. Lo cierto es que, aún sin “las joyas de la zarina”, Mijail Borodin cumplió su cometido: el Partido Comunista Mexicano, no fue el primer partido de este tipo fuera de Rusia como dice M. N. Roy, pero si el primero en constituirse en América Latina (1919); y México sería en 1924 – durante el gobierno de Obregón – el primer país del continente americano en reconocer al Estado Soviético e iniciar relaciones internacionales con él. Memorable episodio de nuestra historia diplomática.

 

 


La Talacha Norestejunio 12, 2020
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PASADO Y PRESENTE

Prensa conservadora y política en México

Por Pedro Alonso Pérez

 

Es generalizada la idea que la historia se repite. Al menos, el sentido común de mucha gente considera posible eso, que acontecimientos del pasado vuelven a ocurrir en el presente. Como si la vida fuera un recurrente “deja vu”.

Sin embargo, acontecimientos, hechos, situaciones o personajes de otros tiempos se parecen a veces a lo que ocurre ante nuestros ojos, en nuestros días. Por ejemplo, el gobierno constitucional de Francisco I. Madero entre 1911 y 1913 – el primer gobierno resultado de elecciones limpias en la historia mexicana – fue objeto de constante golpeteo de la prensa conservadora de aquel tiempo. Periódicos como El Imparcial o El País encabezaban una permanente campaña antimaderista, atacando directamente al presidente o a su familia, magnificando los errores, reales o supuestos de la administración, y creando un clima de inestabilidad y zozobra con sus titulares, notas e informaciones que hoy llamaríamos tendenciosas, incluso “amarillistas”.

 

 

Fundado en 1896, El Imparcial era el primer diario moderno, industrial, que existió en México; venía del porfiriato, de cuyos gobiernos había recibido voluminosos subsidios; era, por tanto, un medio de comunicación del antiguo régimen, que a pesar del nombre siempre había sido parcial a don Porfirio y al grupo político de “los científicos”. El País era un periódico católico, que había apoyado a Francisco León de la Barra (el presidente interino) como candidato contrario a Madero;

además, en la medida que este diario pugnaba por derogar las Leyes de Reforma vigentes desde el siglo XIX, más que conservador, en el sentido de conservar o mantener el “statu quo”, El País parecía un periódico reaccionario que, resentido con Madero, buscaba meter reversa a la historia.

Dice Charles Cumberland en su estudio clásico Madero y la Revolución Mexicana: “La prensa de la ciudad de México, que se volvía más violentamente antimaderista cada día, era fuente de constantes peligros para la administración. El gobierno comprometido con una política de respeto por las garantías constitucionales, vacilaba en cerrar algún periódico o imponer la censura, y por lo tanto la crítica era desenfrenada.” Para este autor, esa prensa “incapaz de distinguir entre la libertad y el libertinaje”, se oponía en bloque al gobierno maderista, con excepción de Nueva Era, – periódico fundado por Gustavo Madero- y unos pocos medios de menor importancia. Es decir, la gran prensa, – conservadora en su mayoría – con esta actitud permanentemente contraria al gobierno democrático y constitucional de Francisco I. Madero, formaba parte de una especie de bloque opositor amplio (boa) donde confluían además, políticos porfiristas desplazados del poder, militares golpistas, banqueros y empresarios locales o extranjeros, partidos conservadores, etc.; aquellos que, inconformes o disgustados con la revolución maderista e incapaces de adaptarse a las nuevas condiciones democráticas, trataban de derrocar a un gobierno legal y legítimamente electo.

Opinión similar, desprovista de cualquier simpatía maderista, es la de Francisco Bulnes – escritor y periodista porfirista, miembro en su tiempo de “los científicos” – que, en su libro, Toda la verdad acerca de la Revolución mexicana confirma lo

anterior: “Solo Madero era malo. Era un reptil que, de acuerdo con el consejo de El Heraldo, debía ser pisoteado. Debía ser derrocado, dijo La Tribuna; arrojado de inmediato, dijo El Mañana. Era una campaña salvaje en favor del regicidio.”

En efecto, terminaría en tragedia – el asesinato de Madero o “regicidio” – aquella intensa campaña periodística liderada por El Imparcial. Este periódico, que llegó a tirar 80 mil ejemplares durante esos años, no escatimaba crítica alguna, usando por igual verdades o mentiras: su edición del 3 de enero de 1912 – a escasos tres meses de iniciado el gobierno maderista – publicaba en portada una nota diciendo que muchos empleados públicos serían removidos de sus cargos; el gobierno de inmediato desmintió esto, pero el tema continuó porque El Imparcial volvió a publicar en portada la misma “información” el 10 de febrero, desmentida nuevamente en forma oficial; incluso, el periódico maderista Nueva Era afirmó en portada del 11 de febrero: “Estamos en aptitud de desmentir categóricamente esta malévola y falsa información, fraguada en un periódico que, en sus hipócritas editoriales clama por la paz, la conciliación y la concordia, y en sus notas informativas no desperdicia oportunidad para restar simpatías al Presidente”; no obstante, El Imparcial en su editorial del día siguiente insistía en el asunto y aprovechaba para defender a los empleados públicos del supuesto abuso maderista, sin registrar “ni antes ni después de febrero, ninguna noticia de despidos masivos de burócratas”, según nos hace saber el historiador Ariel Rodríguez Kuri en su artículo académico “El discurso del miedo: El Imparcial y Francisco I. Madero”.

Y así continuó su tarea desestabilizadora este medio de comunicación: vituperando a personajes del maderismo, como al vicepresidente Pino Suárez; defendiendo y promoviendo al ejército porfirista; acusando al gobierno de cualquier calamidad; exaltando el regreso de León de la Barra; en fin, golpeando y desgastando como el 8 de agosto de 1912, donde el editorial “La revolución en el parlamento; el primer congreso maderista” menospreciaba a los diputados electos, tildándolos de “ campesinos hechos demagogos jacobinos, socialistas librescos”. El rol de este periódico estaba definido en el complot antimaderista, de acuerdo con Rodríguez Kuri: “Crear un ambiente y exponer los temores de ciertos grupos privilegiados como si fueran los de toda la sociedad; hablar del porfiriato como de un pasado perfectible pero infinitamente superior a ese presente lleno de campesinos armados; preguntarse por el mañana con evidente y contagiable angustia, fue la tarea de El Imparcial.”

Desde luego, no fue esa agobiante campaña de prensa el único factor para el derrocamiento de Madero y la usurpación de Victoriano Huerta. La compleja situación política, los levantamientos armados, los errores del gobierno maderista y la conducta de Madero, considerada por muchos como “tibia” o indecisa, crearon el caldo de cultivo para el golpe de estado en febrero de 1913. Pero, el vendaval popular desatado por la Revolución constitucionalista terminó pronto con la dictadura huertista y reivindicó a Madero y al maderismo; también en 1914 – no hay que olvidarlo – clausuró para siempre a El Imparcial y El País, estandartes de la prensa conservadora.

Existe paralelismo o alguna similitud entre aquel pasado que comentamos y lo que sucede actualmente entre el gobierno de la llamada “cuarta transformación” y la prensa calificada de “conservadora” por el presidente López Obrador; lo cierto es que se trata de situaciones históricas diferentes. Los medios de comunicación siguen representando intereses políticos y económicos y ahora muchos están molestos porque no cuentan con las prebendas que tenían en gobiernos anteriores. La política de “barrer la corrupción” los afectó en serio y los cambios en curso, grandes o pequeños, les crean problemas o no los entienden ni aceptan. Pero estamos en 2020 no en 1912, y aunque ciertos periódicos impulsen una permanente campaña de prensa contra el presidente para desgastar este gobierno, acariciando la idea de derrocarlo; es necesario tener claro que Reforma, El Universal o El Financiero, no son El Imparcial o El País; ni López Obrador es Madero. No, la historia no se repite, por más que así parezca.


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PASADO Y PRESENTE

Historias de espionaje político

Pedro Alonso Pérez

 

Espías y sus procedimientos son realidad cotidiana que puebla libros de historia y novelas históricas o policiacas. Durante el periodo de la revolución en México hubo muchas manifestaciones de espionaje y contraespionaje político y, desde luego, militar. Se vivieron al interior de los bloques revolucionarios, partidos o grupos políticos, gobiernos e incluso a nivel exterior, en las relaciones internacionales. Más cuando el proceso mexicano empató con los tiempos de la primera guerra mundial (1914-1918). Como fue el ahora conocido caso del telegrama Zimmermann, tratado magistralmente por Friedrich Katz en su brillante historia, La Guerra Secreta en México.

 

 

Aquí voy a referir otra historia, más doméstica y poco conocida, pero también centrada en el uso del telégrafo para este tipo de actividades secretas o al menos discretas. Ocurre durante el último año de vida y gobierno constitucional de Venustiano Carranza, en ambiente enrarecido por la disputa política con el ascendente caudillo Álvaro Obregón y en medio de la sucesión presidencial de 1920. Los protagonistas son: un desapercibido empleado público, Trinidad Wenceslao Flores, jefe del Departamento de Hacienda de los Telégrafos Nacionales; Roque Estrada, político revolucionario vinculado al obregonismo y Mario Méndez, director general de Telégrafos Nacionales. Alrededor de este triángulo aparecen, Carranza, Obregón y la lucha por el poder como trasfondo; pero sobre todo, aparece la “camarilla” carrancista, según llama don Trinidad W. Flores al grupo más cercano al presidente; integrado por Luis Cabrera, secretario de Hacienda e ideólogo de Carranza; Cándido Aguilar, a veces gobernador de Veracruz, otras secretario de Relaciones Exteriores, siempre yerno de don Venustiano; Juan Barragán, jefe del Estado Mayor; Paulino Fontes, director de los Ferrocarriles y el mencionado Mario Méndez, de Telégrafos; Gil Farías, secretario particular del presidente y Roberto Millán, gobernador del estado de México. Como puede advertirse – por las posiciones ocupadas – el poder de dicha “camarilla” no era menor.

Pretendían Carranza y sus cercanos mantenerse en el gobierno o crear adecuadas condiciones para imponer un sucesor propio y manejable como el ingeniero Bonilla, embajador en Washington; para lo cual, requerían descarrilar el tren político que significaba Obregón, candidato en abierta campaña opositora desde octubre de 1919. Para dichos propósitos, el control y uso de los medios de comunicación y transporte públicos resultaban fundamentales. El telégrafo era, en ese tiempo, el medio más efectivo, porque a diferencia del teléfono, cuya red era urbana y más limitada, aquel comunicaba prácticamente todo el país, llegando hasta sitios rurales muy distantes y lo mejor, permitía crear redes de espionaje con los propios telegrafistas, todo bajo control de su director. Y en eso consiste la trama de esta historia. En como Mario Méndez utilizaba este servicio público para apuntalar el proyecto político del que formaba parte; al tiempo que, “espiando” captaba noticias e informes sobre movimientos opositores, y pretendía bloquear o tergiversar si fuera el caso la información obregonista; en fin, manejar a conveniencia telégrafo y telegramas. Lo que nunca supo el director general de Telégrafos Nacionales, fue que don Trinidad Flores, burócrata con más de 25 años de antigüedad y obregonista convencido, en el propio seno de esta institución realizaba intensa labor de contraespionaje, revisando telegramas e informes de la “camarilla” y notificando por carta el contenido de los mismos, igual que otras actividades de los adversarios políticos. Para estas tareas, Flores se apoyaba en familiares y elementos de su confianza, todos partidarios de Obregón.

Se conoce más de un centenar de estas cartas – del 24 de mayo de 1919 al 19 de junio de 1920 – escritas con claridad y buena prosa, pues el autor poseía cultura y conocimientos suficientes para realizar ciertos análisis y reflexiones e imaginar escenarios políticos. La mayoría de estas misivas fueron anónimas, hasta después se supo que el destinatario era Roque Estrada y el remitente Trinidad W. Flores, porque las últimas si fueron firmadas con su nombre. Para muestra, este botón: en la comunicación fechada el 27 de mayo de 1920, informa Flores sobre el intercambio telegráfico entre dos altos militares a nombre de los generales Herrero y Pablo González: “El general telegrafió al general González, la madrugada (entre 4 y 5), del mismo día 17, en mensaje de TRES MIL palabras en clave todo; tres días después moría asesinado el señor Carranza.” Además da cuenta que una telegrafista, la señorita Guadalupe Robles, estaba dispuesta a declarar sobre esto, ante Obregón si fuera necesario; y agrega: “Como el telegrama en clave y otros dos que también dirigió Herrero al general González, no se encuentran en los legajos correspondientes, es de suponer que hubo órdenes de hacerlos desaparecer”, pero considera que pueden recuperase en el lugar de origen y en la oficina de Villa Juárez, recomendando comisionar un telegrafista de confianza – y propone un nombre – para “hurgar” en esos archivos por tan “preciados documentos” y ver si estos “encierran la solución del enigma de actualidad”.

Conviene preguntar, a esta altura del relato, ¿Cómo llegaron estas comunicaciones hasta nosotros? Álvaro Matute Aguirre (1943-2017), reconocido historiador mexicano las encontró en un archivo que perteneció a su abuelo materno, el general e ingeniero Amado Aguirre y Santiago (1863-1949), “quien desempeñó dos cargos que explican porque existe copia del documento entre los papeles que consideró dignos de rescatar del olvido”. En efecto, Amado Aguirre fue vicepresidente del Centro Director Obregonista (CDO) en 1920 y en 1921 fue secretario de Comunicaciones y Obras Públicas, de donde dependían los telégrafos. En el mencionado archivo de su abuelo – donado por el Dr. Matute al Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) – entre otras cosas, había un legajo con copias al carbón de estos documentos bajo el nombre “Historia de los telegramas cruzados durante la propaganda del C. Álvaro Obregón en su campaña electoral para presidente de los Estados Unidos Mexicanos”. Con este corpus documental y una introducción de su puño y letra, Álvaro Matute preparó un libro en el ya lejano año de 1983, publicado dos años después por la UNAM con el título: Contraespionaje Político y Sucesión Presidencial. No es texto muy conocido – parece tener solo la primera edición de 1985 – pero ahí, rescatada por el querido maestro, la pluma de Trinidad W. Flores cobra vida en su labor de contraespionaje, mostrando los intríngulis de la política y la descarnada lucha por el poder en aquel turbulento tiempo.



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