Crónicas de la calle

Del convento a la perdición

Por Aarón Garcia Gonzalez

Consuelo era su verdadero nombre, pero poco conocido. Para clientes y compañeras era Corina.

Era una mujer menudita pero muy bien proporcionada, de rostro bello y mejores modales.

Desentonaba con la cantina dónde, según decía. Pagaba sus culpas, por una mala pasión.

Era de Guanajuato, desde niña conoció muy poco de afectos familiares, o de la vida, porque hasta los 16 años vivió internada en instituciones de monjas.

Fue ahí donde conoció al hombre que le cambió la vida.

El, eventualmente iba al internado a realizar reparaciones de carpintería, albañilería o electricidad.

Una tarde, según platicaba con frecuencia.. Era día de visitar familiares y la institución, se había quedado casi sola. Ella no tenía a quién visitar. Desde que tenía uso de razón, la hacían sentir como un estorbo para su familia, poco la visitaban. Menos sabía de ellos.

Aquella tarde Consuelo caminaba por el patio y se topó con él.

Era alto, de rostro agraciado y de mirada que inspiraba confianza.

La platica fue inevitable. Era el primer hombre con el que platicaba.

Ella se sentía cautivada, al escucharlo hablar de un mundo que desconocía, de salidas a un parque, al cine o a bailar.

Aquella platica fue el inició de encuentros a escondidas y luego de escapadas.

En una de tantas, él la llevó a un hotel. Ahí perdió su inocencia y la cordura.. Fue ella quién le propuso escapar, no volver más al internado.

Sentía que por primera vez en su vida, para alguien era importante.

A escondidas, sacó la poca ropa que tenía y los ahorros que había juntado con el dinero que le enviaba su familia.

Aquel hombre la esperó en la central y se fueron a Gudalajara.

Fueron varios los días que estuvieron encerrados en un hotel, sólo atinaban a mal comer.

Una tarde, él salió con el pretexto de comprar algunas cosas. Jamás volvió.

Lo esperó dos días más, pidió ayuda porque temía que algo le hubiese pasado, pero no aparecía ni en cárceles, ni en hospitales.

No conocía a nadie en la ciudad y el poco dinero que tenía, había desaparecido, junto con aquel hombre.

Tuvo que dejar la mayoría de sus pertenencias en el hotel, no tenía para pagar.. cargó unas cuantas prendas y anduvo en las calles de un lugar a otro.

Ni cómo pensar en regresar al internado, que a pocos días de libertad, veía como una cárcel.

Menos, en acudir con su familia, dónde sólo halló desamor.

Hambienta y cansada, así la encontró una mujer que la invitó unos tacos.

Le platicó su historia y la mujer le ofreció compartir su cuarto para vivir.

Fue ahí dónde se inició en el oficio inducida por aquella mujer, de quién aprendió la frase.

‘Antes que un hombre te joda. Bájale el dinero ‘

Al poco tiempo, había perdido no sólo sus principios religiosos . Si no hasta el nombre. Dejo de ser Consuelo, para llamarse ‘Corina’, porque según su amiga, era más de puta.

Aprendió trucos para no embarazarse y para no emborracharse cuando fichaba.

Con hambre por conocer mundo, se mudó a Tijuana, luego a Nuevo Laredo y Matamoros donde trabajó de mesera y fichando. Un día llegó a Ciudad Victoria dónde vivió en el zumbido hasta que lo cerraron. Así fue como acabó en los negocios de doña Chema.

Era una mujer muy limpia y ordenada de trato amable y educada.

Era la más demandada por los clientes.

Lo cual despertaba envidias y mofas.

Y no faltaban las indirectas.

‘Mta Chema, aquí vienen más cabrones a rezar, que a coger’.

-Pues enséñense. Primero a hincarse cabronas, replicaba Chema, haber si así agarran clientes.

Corina nunca se ganchó con las habladas .

Corina duró poco tiempo en el lugar, jamás se volvió a saber de ella, pero se ganó el afecto sincero de doña Chema, quién siempre la recordaba.

‘Corina fue puta por accidente. No por gusto. Lo bonito de ella es que nunca perdió su educación, ni su Don de gente. Dios perdona a pocas putas, creo que su perdón lo tiene bien ganado’.. sentenciaba, con un nudo de pesar atrapado en su garganta.

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