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La paz, como sea, pero que vuelva

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Por Francisco Cuéllar Cardona

La paz, como sea, pero que vuelva

Cuando empezó su tercer campaña para llegar a la presidencia, Andrés Manuel López Obrador, ya había recorrido el país de cabo a rabo. Conocía como ningún político, todas las ciudades, comunidades, rancherías y parajes de la República, situación que lo llevó a conocer los problemas más delicados y sentidos de los mexicanos, y ahí se dio cuenta que el problema de inseguridad y la violencia, no era un asunto fácil que se resolvería apenas ganara y se sentara en la silla presidencial.

Lo de la Guardia Nacional, es sólo una medida para atacar parte del problema de la guerra del narco, por eso, desde entonces, el candidato presidencial de Morena, decidió preguntar y escuchar a todas las voces autorizadas y no autorizadas para ver cómo se podía solucionar el asunto de las matanzas que tenían y tienen aterrorizado al país entero. Y llegó a la conclusión que había que cambiar la estrategia y ponerle fin a esta guerra declarada por Felipe Calderón y que continuó Enrique Peña Nieto e iniciar a través de su propuesta de «amor y paz» y otros métodos controversiales y polémicos para pacificar el país.

El asunto de la violencia es estructural, corrompió desde hace años todo el andamiaje del Estado y a la sociedad misma, y no es con más recursos, ni más policías, ni más armas y ni más patrullas como se va a terminar con ella. A AMLO le dijeron que la gran ausencia de valores que tenía despedazada a la sociedad mexicana y sumida en la violencia, sólo podía combatirse desde el poder divino.

Sus encuentros con sacerdotes católicos, pastores cristianos y líderes religiosos con quienes habló del tema, le recomendaron que tenía que utilizar los recursos del Estado y de su gobierno para que aliado de todas las asociaciones y credos religiosos lanzaran una ofensiva nacional para recuperar la paz.

Le metieron en la cabeza que impulsará desde el poder presidencial el ecumenismo religioso, para que todos los credos se unieran e iniciaran una gran cruzada por la paz; es decir, que desde los púlpitos, usando la palabra divina se redimiera a los violentos y a los miles de jóvenes que hoy reclutados por las bandas del crimen. Que las familias, a través de la fe, muevan conciencias y contribuyan a la pacificación que el país necesita. De hecho en algunas iglesias, donde la violencia es terrible, ya se trabaja en eso, se hacen llamados y se celebran jornadas de oración por la paz.

De ahí surge también la polémica idea de entregarle a las asociaciones religiosas concesiones de radio y televisión para que desde esos medios, llamen a la paz y al orden social. En ese mismo contexto se considera que en las escuelas públicas se pueda enseñar la religión, promoviendo también una posible reforma al artículo a Tercero Constitucional.

Este asunto tan complejo ha desencadenado en una gran polémica nacional entre grupos liberales que ven al presunto ecumenismo lopezobradorista como un atentado al Estado Laico por el que Juárez luchó a través de las Leyes de Reforma.

No pocos, incluso, algunos liberales y conservadores, están desconcertados por lo que pretende hacer López Obrador, cuando uno de sus héroes favoritos es Juárez, «ya no le entendemos» han dicho, «no sabemos si AMLO es Liberal o Conservador; nos trae confundidos», admiten.

Los defensores del Estado Laico, dicen que atrás de esta argumentación del gobierno de la Cuarta Transformación de usar la religión y las iglesias para pacificar el país y poner fin a la violencia, hay una gran perversidad y oportunismo de algunas iglesias para recuperar el poder y los privilegios que tuvieron en el pasado con lo que el presidente, estaría de acuerdo.

Al margen de estos polémicos debates, la realidad en México es caótica y muy delicada. Los señores del narco, apoyados desde los gobiernos en sus tres niveles han impuesto su ley a punta de balas y muerte. La sociedad mexicana está en la más completa de las indefensiones y no existe autoridad en quien confiar porque casi todas están dominadas por la maldad.

En entidades como Tamaulipas, Sinaloa o Guerrero en donde a diario hay masacres, todos han perdido la confianza en sus gobiernos y no les queda otra más que «encomendarse a Dios» para ponerse a salvo de la violencia, aunque en las altas esferas del poder, liberales y conservadores se rasguen las vestiduras en debates estériles. La paz debe estar por encima de polémicas y desencuentros de grupos que nunca han padecido la violencia de cerca. La tranquilidad urge y debe alcanzarse a costa de lo que sea.

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