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Y el ganador es…¡Mi compadre!

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Por Homero Hinojosa

Y el ganador es…¡Mi compadre!

El Caso Odebrecht representa en los últimos años, el ejemplo más notable de los alcances de la corrupción, cuando el sector privado y el Gobierno acuerdan “hacer negocios”.

Odebrecht es un grupo constructor de origen brasileño que se hizo famoso en esta década, por realizar sobornos a funcionarios públicos, en por lo menos 12 países del mundo, entre ellos México. El objetivo de sus operaciones, estaba dirigido a obtener beneficios económicos en contrataciones públicas mediante un sistema de “moches”, a diferentes niveles de gobierno.

El escándalo ha llegado hasta Estados Unidos, en donde el Departamento de Justicia abrió un expediente de investigación, que incluso dedica una buena cantidad de folios a nuestro país.

Se dice que en México la firma brasileña estuvo vinculado a pagos, por valor de 10.5 millones de dólares para ganar contratos de obras públicas mexicanas, que le generaron beneficios por más de 39 millones de dólares, sobre todo en la paraestatal Pemex.

Odebrecht es solo uno de los casos más sonados.

Durante todos estos años del México contemporáneo, los diferentes gobiernos (desde municipales hasta federales) no han dejado de practicar y fomentar la corrupción, el tráfico de influencias y los favoritismos.

La práctica de inscribir propuestas de empresas en concursos de obra pública, en donde se conoce al “ganador” desde antes es muy común. En este entretejido los sobornos a funcionarios están sobreentendidos, porque de otra manera no ganan los contratos.

Se crean así redes y cadenas de complicidades, compadrazgos y arreglos buscando la ansiada ruta del dinero y el poder. Y esto desgasta finalmente a la sociedad.

El nuevo —es un decir— lema de campaña del Gobierno morenista, es el ataque frontal a este mal. Pero de entrada, ya da por descontadas las prácticas de la misma, ejercida antes del 1 de diciembre de 2018.

O sea, borrón y cuenta nueva.

El simple hecho de no combatir la corrupción pasada, pero sobre todo reciente (digamos del 2015 a la fecha), envía una señal clara de respaldo y fomento a la impunidad.

Solo se ha hecho un señalamiento para ir a fondo en el Caso de Ayotzinapa con el establecimiento de una Comisión de la Verdad, esta semana. Se ha prometido hacer justicia para localizar los cuerpos de los 43 desaparecidos, en un caso en donde no solo se dio la corrupción, sino también el encubrimiento.

Como sociedad, México no avanzará hacia el progreso ni la justicia, mientras no existan mecanismos regulatorios y fiscalizadores que se dediquen a combatir estos males.

Habrá que hacer mucho esfuerzo a nivel básico, comenzando con alentar programas en las escuelas y universidades. La promoción de campañas y causas sociales en las aulas, es un buen comienzo.

Hoy contamos con un aliado tecnológico y de comunicación relevante: las redes sociales. Con el reciente combate a las llamadas “noticias falsas” (o fake news) los ciudadanos han adquirido más conciencia de la importancia de verificar la autenticidad de la información que reciben.

Estas mismas redes pueden tener un aprovechamiento diferente y positivo, es decir, servir de canales de difusión de programas y campañas sociales, para que los ciudadanos se unan a este esfuerzo nacional de combatir la corrupción y denunciar sus casos.

En Monterrey, por ejemplo, el Consejo Cívico lanzó este año la campaña “Soy Honesto Hoy” como movimiento de acción y concientización a nivel ciudadano. Gran parte de su campaña se promueve vía redes sociales, exhortando a la gente a ser honesta, como primer paso para evitar la corrupción.

No esperemos que en seis años ganemos una medalla mundial de oro y llegar a los estándares modelo de países que la castigan severamente, como Singapur.

Pero ahora es la oportunidad para hacer algo más concreto y significativo, que nuestros hijos nos lo agradezcan en los años por venir.

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