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Concentrarnos en el presente

 

MIRADA DE MUJER

Por Luz del Carmen Parra

Concentrarnos en el presente

 

¡Cuántas cosas impiden vivir con plena conciencia, y disfrutar, día a día, de todo lo que nos rodea! Apenas si percibimos lo hermoso del amanecer, o el aroma de las flores, el canto de los pájaros, o la risa de los niños. Es muy difícil permanecer en contacto con el presente y aprovechar al máximo los minutos de hoy; no solo el móvil, el ruido de los coches, o las prisas que imponen las múltiples tareas que nos ocupan en lo cotidiano, sino también las cargas de un pasado cercano, o las ilusiones de lo porvenir, dificultan la concentración en lo inmediato.

Un pasado, que nos refiere igualmente lo vivido años atrás, o aquello que hicimos o dejamos de hacer hace una semana, o apenas unas horas antes. Si lo que hicimos no resultó como esperábamos, si se complicaron las cosas, basta habernos equivocado para establecer un nivel de frustración difícil de superar, se ha quedado en la memoria con un sentimiento de insatisfacción, reproche o culpa. Una y otra vez volverá a ocupar nuestra atención, recordándonos irremediablemente que el hubiera” no existe. Lo vivido no cambia, no se reedita y mucho menos se puede borrar.

También tenemos la tendencia de anclarnos en imágenes llenas de melancolía y nostalgia; recuerdos de momentos inolvidables que nos llenaron de paz, alegría y seguridad, incluso, sugeridas por terapeutas, como un recurso que nos permita superar los desafíos del presente, pero que jamás se repetirán.

Y de la misma manera que nos encadenan malos y buenos recuerdos del pasado, también pensar en el futuro nos impide vivir y disfrutar del presente. Nos llenamos de ansiedad ante lo desconocido que está por venir, no sólo por lo que llegará dentro de varios años, sino del futuro inmediato, y sentimos prisa, y empezamos a visualizar situaciones que damos por sentado, pero que en realidad nunca sucederán, y que, sin embargo, nos provocan una fuerte carga de estrés, al tratar de prevenirlas.

Casi nos convertimos en videntes y nos llenamos de presentimientos; accidentes, despidos laborales, complicaciones en el tráfico, asaltos, enojos o rupturas sentimentales, las soñamos y nos preparamos para vivirlas, en cualquier momento, imaginando situaciones angustiosas que nos tienen al borde de un ataque de pánico, y todo por supuestos que parten de nuestras propias fobias, pero que no tienen nada que ver con la realidad.

Y en el día a día, estamos tan ocupados que no terminamos con la lista de pendientes y antes de concluir con lo que estamos haciendo, ya estamos pensando en lo que sigue. Son tantos asuntos y tan variados: familiares, laborales, sociales, el gimnasio, las compras, llamadas pendientes, en fin, corremos de un lado para otro sin que a veces tengamos conciencia de como llegamos a donde estamos. ¿Cómo lo hicimos? Ni idea, todo lo hicimos en piloto automático.

No nos detuvimos a ver el atardecer, oler los azahares, sentir el viento, escuchar los sonidos en el ambiente que nos rodea y mucho menos nos dimos la oportunidad para disfrutar el momento. No prestamos atención al espacio en que nos encontramos, ni a las personas con las que nos cruzamos. No atendimos nuestros sentidos, ni a nuestras emociones, que son la conexión de nuestro cuerpo, con la conciencia del presente.

Dicen que los viejos tienen mucho pasado y los jóvenes mucho porvenir, pero lo cierto es que unos como otros, nos hemos olvidado de vivir el presente, más en las condiciones que exige la vida moderna, con los resultados de todos conocidas. Christopher Paolini, lo resume magistralmente en su célebre frase que dice: Vive el presente, recuerda el pasado y no temas el futuro, porque no existe, ni existirá jamás. Solo existe el ahora”. Aseguran los científicos que tomar conciencia del hoy, permite que nuestro cerebro sea más productivo, reduce los niveles de ansiedad y como consecuencia, disfrutar más de la vida.

Consultando las recomendaciones para enfocar nuestra mente en el ahora, muchos coinciden en que lo más importante es atender una cosa a la vez, estar presente en cuerpo y alma en el momento de hacerlo, aprender a organizar nuestras actividades cotidianas en orden de prioridad y, sobre todo, darnos un espacio para meditar y descansar, con el objeto de mantenernos conectados con nuestras necesidades. Pareciera fácil y, sin embargo, me pregunto, ¿por qué nos resulta tan difícil llevarlo a la práctica?

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